Si alguien está convencido de que tirar piedras a los que no piensan como él es lo correcto, esa persona tiene un grave problema, y todos como sociedad un problema mayor. Tirar piedras a quien no piensa como tú no te hace antifascista, te hace un energúmeno por civilizar, con cero conocimientos de lo que es la democracia y sin ningún respeto a los demás. Es decir, esa acción te convierte en un terrorista callejero y no en un perfecto demócrata.

A lo largo de la vida, nos encontramos con miles de personas que no piensan, ni viven ni hacen lo que nosotros, y, ¿sabéis lo que hace la gente civilizada? Nada, simplemente sigue con su vida y deja que cada cual piense y viva como quiera, siempre que sea dentro de la ley, claro, pero no les tira piedras. Piedras tiran los que no pueden ni saben argumentar, aquellos a los que lo único que les mueve es el odio, los que han perdido la razón y a pedradas quieren imponer lo que son incapaces de hacer mediante otras formas. Piedras tiran los que ya han perdido, porque los que ganan no tienen necesidad, tiran piedras los que no tienen otra cosa que ofrecer.

Imagino que los talibanes tienen la misma sensación cuando tiran piedras sobre una mujer que ha enseñado el tobillo por provocar, es justo y necesario, pensarán. Te hablan de Karl Popper, con una piedra en la mano, los mismos que no entenderían a Popper ni, aunque su vida dependiera de ello. Te hablan de fascismo ajeno, aquellos que pretenden imponer sus ideas bajo la violencia.

Peores son aquellos que hablan de «unos y otros» equiparándolos, intentando hacer ver que son iguales, cuando lo único que tienen en común es que unos reciben las piedras que tiran los otros. Aún peores son aquellos que dicen cosas como que esta violencia les «viene bien». Claro, porque ¿quién no desea que le abran la cabeza por ejercer sus derechos? Basta ya, las calles, los barrios y las ciudades no le pertenecen a nadie. Desde luego no a las ideologías, pertenecen a sus ciudadanos, y los ciudadanos son libres y sólo ellos decidirán a quién vota y a quién no, todo lo demás es totalitarismo.

Pretenden traer lo peor de Cataluña y el País Vasco a Madrid, el miedo a significarse, la piedra y el terror, y ese es el plan, pero pinchan en hueso, porque los adoquines duelen… pero los votos en las urnas del 4 de mayo duelen más. Devolvamos pues esos adoquines en forma de votos, que es lo que diferencia a un demócrata de un totalitario, y es lo que realmente es efectivo.

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