Libros y videojuegos: ¿culpables de qué?

Hace un par de semanas la noticia de un triple parricidio en la costa alicantina sacudió el país. Y es que si de por si el arrebatarle la vida a alguien no es suficientemente horrible, el aliciente de que sea familia del que lo ha cometido lo transforma en algo muchísimo peor; para lo cual no encuentro palabra que le haga justicia al describirlo. En el 2000 tuvimos un suceso parecido en Murcia con otro adolescente y una katana en las que se mencionaba sin cesar la obsesión por los videojuegos del parricida en cuestión. En el caso más reciente, me ha sorprendido leer en diversas fuentes que además de lo virtual también se citaba un libro.

En la declaración de Santi llama la atención su frialdad al describir los hechos, y además lo cuenta como si no fuera el autor del crimen; más bien refleja que él es un mero espectador de sus propios actos. Sin embargo, causa escalofríos la forma en que lo tenía calculado y premeditado; mi madre me castigó; así que sobra, mi hermano me puede delatar; adiós y muy buenas, mi padre se va a cabrear; me lo quito de en medio. Sin más. Contestó Whatsaps, se deshizo de los cuerpos, limpió todo e incluso era consciente de lo que iba a ocurrirle cuando saliera a la luz. A mi modo de ver es el peor de los crímenes porque; ¿qué progenitores pueden llegar a pensar que su hijo lo va a matar? Y ojo, no es mi intención el insinuar que este adolescente no tenga problemas psicológicos, que los tendrá fijo, pero de ahí a «culpar» a un libro o un videojuego me parece exageradísimo.

Expertos en estas materias comentan la pérdida de la realidad a la que te expones cuando te obsesionas con algo, y tienen toda la razón, no obstante ¿nadie se pregunta porqué un joven de quince años sabe cargar una escopeta y disparar con ella? O peor, ¿qué hacía cargada un arma en la casa? (La verdad es que desconozco si ya lo estaba o no, por eso me planteo ambas preguntas) Porque entiendo que el padre fuera aficionado a la caza y tuviera sus permisos, pero ¿no pensáis que un adolescente no debería de saber ese tipo de cosas? Y para rizar más el rizo, si todavía es posible, no sé si sabéis que podemos encontrar un sin fin de tutoriales en internet de libre acceso para todo el mundo en los que se muestra con bastante exactitud cómo cargar y limpiar armas, acción que me parece un auténtico despropósito si no van acompañadas al menos de un control parental adecuado.

Sin embargo, a pesar de todos estos factores, se mencionan los libros y videojuegos como posibles «culpables» del crimen a nivel psicológico; y yo no veo esa culpabilidad por ningún sitio, lo lamento. Es cierto que se deben de controlar las edades recomendadas para los distintos tipos de contenidos y el uso moderado de las tecnologías para que el impacto en nuestras mentes más jóvenes no sea tan fuerte; ya que sus cerebros son esponjas y cualquier cosa que les impresione de manera negativa puede implantar una semilla imperceptible al principio, que crezca de forma peligrosa y sin control después.

Considero importante que nuestra responsabilidad como padres no falle en este punto, puesto que la sociedad nos guía por un camino repleto de extremismos, de recursos tecnológicos de los cuales dependemos cada vez más, de relaciones personales deficientes y de no saber pensar por nosotros mismos aprendiendo a usar la imaginación. Todo ello tiene un único propósito en las nuevas generaciones; ganar popularidad, followers, dinero y un largo etc de sin sentidos en los que creo fervientemente que no se está preparando a la juventud para afrontar un futuro real social. Situación que a su vez me parece surrealista, porque ahora que tenemos libre acceso al conocimiento en general, es cuando más desinformados estamos, es cuando menos empatía poseemos y la frialdad se apodera de nuestro alrededor con sutileza.

Yo me crié sumergida en libros, inventándome historias jugando en la calle, haciendo cuencos de arcilla y poniéndome perdida con mis amigos. Lo de los videojuegos llegó después, y aun así mi madre nos dejaba una hora al día, no más. Recuerdo, que cuando tenía trece años, me leí un libro de mil páginas de una sentada y mi padre me dijo que no me daría otro hasta que descansara dos días y realizara otras actividades; escuchar música, perderme por el monte, construir cabañas o bañarme en la piscina eran algunas de mis favoritas, un lujazo que sin duda añoro con intensidad.

En definitiva, me duele mucho darme cuenta de que a veces se le echa la culpa a quien menos la tiene y también previsualizar el futuro tan negro que le depara al ser humano como sigamos así. Es una pena que con el increíble potencial que tenemos para crear cosas maravillosas, seamos capaces de destruir con tanta facilidad acompañados siempre de nuestras fieles hipocresías y egocentrismos. Esos jamás nos fallan, el caso es que alguien o algo la debe de tener y lo único que estamos consiguiendo es que nuestra venda sea cada vez más grande.

Por favor, eduquemos mentes fuertes con autonomía propia que no tengan miedo de la crítica, que no se vean acorralados ni humillados por baja autoestima, que les mostremos que el diálogo es posible y que no está mal equivocarse, que crean en ellos mismos y que no se derrumben a la mínima, que encuentren y luchen por sus sueños, que alcancen esa calidad de vida en la que aprendan de sus errores sin sentirse empequeñecidos por historias que no les conciernen. En general; eduquemos para erigir un mundo mejor y mantenerlo, puesto que lleva años construir algo hermoso y tan solo un segundo destruirlo.

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2 Comments

    • Hola Susana, gracias por leer mi artículo.
      Un cuchillo de cocina sirve para preparar los alimentos, sin embargo también se puede convertir en un arma, ¿no? Todo depende del uso responsable o irresponsable que le demos. Los videojuegos y libros tienen un propósito: entretener. Pero si los usamos de forma negativa, todo se puede convertir en un arma, aunque no signifique( como el cuchillo) que tengan la culpa. Los extremismos son malos y hay que usar las cosas con responsabilidad. Al menos es mi humilde opinión. Muchas gracias.

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