Decir mujer es decir belleza. Decir belleza es decir bondad. Siempre han ido juntas. Es algo que sabía el griego antiguo, para quien un hombre noble era kalós kaí agathós, hermoso y bueno. Lo sabe el metafísico, que ha solido integrar lo bello lo bueno como trascendentales del ser. Lo intuía el medieval, para quien el mejor es noble y su contrario es el villano. Incluso el séptimo arte ha rondado estas nociones: la finura estética de Charles Laughton es una prueba, pues hace decir a uno de los personajes de La noche del cazador que los malos desafinan cuando cantan.

Todo esto es cierto, pues la falta de estética y la ausencia de bien son inseparables. Las personalidades más sutiles que ha producido la raza humana, agrega Nietzsche, tienen gracia innata, mirada dominadora, manos hermosas y pies finos, además de cumplir su deber con orgullo.

Pero volvamos a la mujer, a su pasión, instinto, entrega y ternura, que hacen de ella el “pan y el agua de la vida” (V. Grossman), todo lo cual “nace en ella porque en este mundo hay maridos, hijos, padres, hermanos. Y lo que colma la vida de los hombres es la existencia de esposas, madres, hijas, hermanas”. Se entiende bien que el crimen de Edipo, sembrar en el surco que abrió su padre, sea un crimen espantoso, pues destruye ese orden al que todos pertenecemos. De todo esto, más otras cualidades que podrían añadirse, se sigue que no hay ninguna mujer que sea universalmente fea, como decía Montaigne. No hay ninguna que no sea recomendable por algo, sea por sus años, por su sonrisa, por sus movimientos o por sus atenciones. Bien lo acabó comprendiendo Manuel, el protagonista de Aurora roja, de Pío Baroja.

Esta es la última de mis citas que habrá de soportar hoy mi improbable lector. 

Un hombre de difícil adolescencia, Manuel, siempre al borde del delito, si no hundido en él, sometido a influencias contrarias, rodeado de seres fracasados, sin rumbo claro, movido alternativamente por fantasías anarquistas y socialistas, tiene su contrapunto en una mujer previsora, activa, prudente, reservada, guapa, que quiere fundar algo sobre suelo firme y que al final lo salva. Cuando todo ha oscurecido, él presiente en ella una tabla de salvación. Le propone matrimonio. Ella asiente. “-Entonces… déjame que te bese”, dice él; y ella: “-No; cuando estemos casados”. -¿Por qué? -Por los hijos. -¿Quieres tener hijos? -Sí, muchos -«¿No tienes miedo de tener hijos? “-No, para eso somos las mujeres”.

Ella se llama Salvadora, la Salvadora (así la nombra Baroja) un nombre no casual, porque ella redime finalmente a Manuel.

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