España

Que hablen, aunque sea bueno

Que es primavera, comienza hoy, así lo dice el calendario y mi coriza insiste en mejorar las acciones de la empresa Kleenex. Bueno, pues, que entre, con su floración con sus trinos, con sus obligados y bucólicos pensamientos; el problema es que se encuentra con mi mente de limpieza, todo por alto, desordenado… bueno, no tanto como los libros de Tamames al que esperamos, como el que tiene la entrada y está tan nervioso como ansioso por ver en qué se basa para tanto egolatrismo.

Necesito orden mental y entonces, dejaré pasar por la alfombra roja las canciones de amor italianas, los poemas de Gustavo Adolfo Bécquer. Me iré al poema compulsivamente con rima asonante, como a mí me gusta, con métrica trabajada, palabras poco usuales, dulces y amorosas, que son como violetas con rocío en la enciclopedia de la Real Academia de la Lengua, de aquellas que le gustaban a Miguel de Cervantes.

Pero os digo, amigos, que me cuesta un inmenso trabajo abstraerme a una realidad que se aleja del romanticismo, donde ahora el amor se viste de tantas acepciones extrañas, tantas como pelos tengo en la cabeza. Hablamos tan mal, pero tan mal… Ojo, que el hablar mal puede interpretarse morfológicamente con palabras gruesas y soeces, pero también sintácticamente. O sea, rajando a otros, pero es lo que se lleva.

El antiguo Adagio que rezaba “que hablen, aunque sea malo”, ha pasado a ser “aunque sea bueno”. Eso ya lo dijo Oscar Wilde e incluso nuestro gran Salvador Dalí, quien aseguraba que prefería que se hablara mal, ya que eso, además, añadía a fomentar su notoriedad con un plus de envidia, dejando más evidente su valía. Tampoco esto sería mi caso de desorden mental, aunque ya sabéis que meto muchas derivadas sobre la marcha. Y creo que es que no sé por dónde meterle mano.

No es cierto que mi mente sea un armario, como decimos metafóricamente, porque, en ese caso, lo habría vaciado para volver a meterlo todo bien compartimentado. Esto es lo que voy a hacer con mis ropas en cuanto tenga hueco. Mi mente busca espacios abiertos al positivismo esperanzado, quiere hacer hueco a la que constituye fortaleza y alegría de vivir… y qué queréis que os diga, me está resultando tarea ardua y difícil por cuánto nos nutrimos de lo exterior en buena parte. Los que saben, los seudocientíficos, nos dicen para alentarnos que tenemos poder sobre nuestra mente, además, absoluto y que todo es cuestión de voluntad y actitud.

Sobre la marcha, ya me vienen dos noticias alentadoras y estimulantes. Como murcianica de adopción, la primera tiene que ver con nuestro fenómeno de la raqueta Carlitos Alcaraz, quien acaba de reinar nuevamente por el mundo gracias a su conquista en el torneo de Indian Wells. Olé por este prodigio de persona. La otra, una más divertida, porque pienso que así lo será la insólita intervención en el Congreso, con su moción de censura, o lo que sea, del longevo, pero, sin embargo, audaz y vital profesor Ramón Tamames.

Añorante de aplausos, autor de más de ochenta publicaciones pedagógico-didáctico-políticas, que vendrán a satisfacer su evidente egolatría, su desorbitada autoestima, que quiere que se hable de él, aunque sea bueno. Pero que, a este desgraciado país, en manos de mangantes y desaprensivos oportunistas, ambiciosos y embusteros, le trae al fresco y que están, como yo, a la espera de ese divertimento que, además, les viene de perlas para tapar sus vergüenzas. Por mi parte, sigo intentando ponerme en modo primavera.

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