En nuestras aulas, podemos evitar situaciones de maltrato si aquellos que observan dejan de ser pasivos y se convierten en actores activos en la lucha contra el acoso escolar. A veces, estos comportamientos no se llaman técnicamente acoso, maltrato o bullying, pero eso no debe importarnos. La clave está en detectar y actuar desde la primera señal, aunque ocurra una sola vez, para evitar situaciones mucho más graves.
El silencio es el mejor aliado del acoso escolar. Los perpetradores, los espectadores y, a menudo, las víctimas, mantienen un pacto tácito de silencio que perpetúa el ciclo de violencia. Las experiencias de acoso pueden llevar a consecuencias devastadoras, como pensamientos suicidas en los jóvenes. Según un estudio de la UNESCO, un tercio de los estudiantes en el mundo ha sido víctima de acoso escolar y sus efectos pueden incluir desde baja autoestima hasta depresión severa y ansiedad. Estos datos subrayan la urgencia de abordar el problema de manera proactiva.
El primer paso para combatir el acoso es la detección temprana. En la categoría de exclusión social, por ejemplo, podemos observar cómo se margina a un estudiante, ya sea en actividades deportivas o en la formación de grupos para trabajos. Comentarios como «No, yo con este no voy» son señales claras de exclusión. En las redes sociales, también se dan casos de acoso que pueden llevar a la víctima a la depresión y la autolesión. Por ejemplo, algunos estudiantes crean cuentas en redes sociales para expresar sus sentimientos, y cuando sus compañeros descubren estas cuentas, pueden acosarlos hasta el punto de hacerlos sentir terriblemente mal.
La agresión verbal es otra forma común de acoso. Insultos, motes y difamaciones pueden parecer inofensivos para algunos, pero dejan huellas profundas en quienes los sufren. Aunque tus amigos te digan «No le hagas caso, está de broma», estos comentarios duelen y pueden afectar gravemente la autoestima de la víctima. La agresión física, tanto directa como indirecta, también es frecuente. Golpear, empujar, romper pertenencias, esconder cosas o robar objetos son comportamientos que deben ser erradicados de nuestras escuelas. Algunos estudiantes pequeños sufren constantemente estas agresiones, y los que intervienen para ayudar a menudo se convierten en los próximos objetivos de los acosadores.
Otro aspecto preocupante es el acoso sexual. Comportamientos inapropiados, como tocar a alguien sin su consentimiento o compartir fotos íntimas sin permiso, no deben ser tolerados. Después de una separación, es común que algunos compartan fotos íntimas de sus exparejas, causando un enorme daño emocional. El acoso escolar tiene tres características principales: asimetría de poder, intencionalidad de hacer daño y reiteración.
Los acosadores suelen tener más poder que sus víctimas, ya sea físico, social o emocional. Su intención es clara: hacer daño. Y lo hacen repetidamente, generando un ciclo de violencia difícil de romper. Ante este panorama, ¿qué estrategias podemos seguir para intervenir como observadores? Es fundamental que en los centros educativos haya grupos de alumnos ayudantes o mediadores. Estos grupos deben estar dedicados a identificar y mediar en situaciones de acoso, promoviendo la empatía y el entendimiento mutuo.
La visibilización de estos problemas es crucial. Los centros deben enviar un mensaje claro de que ciertos comportamientos no son aceptables y que la respuesta activa es necesaria. Necesitamos crear una cultura de apoyo y acción. Cuando los estudiantes y el personal educativo ven un comportamiento dañino, deben actuar inmediatamente. Esto no solo protege a la víctima, sino que también envía un mensaje claro a los acosadores de que sus acciones no serán toleradas. Como madre de dos adolescentes, he visto de cerca los estragos que el acoso puede causar. Mi propuesta tiene que ver con la creación de un entorno donde cada estudiante se sienta seguro, valorado y escuchado. El cambio comienza con cada uno de nosotros, y juntos podemos marcar una diferencia significativa. El acoso escolar no ocurre en una esquina oscura de una clase, sino a la vista de todos.
Es nuestra responsabilidad, como comunidad educativa, actuar con firmeza y empatía para prevenir el maltrato y proteger a nuestros estudiantes. No podemos permitir que el miedo y la indiferencia definan nuestras escuelas. Cada acto de valentía, cada gesto de apoyo cuenta. Juntos, podemos construir un entorno donde la dignidad y el respeto prevalezcan. Ahora es el momento de actuar.
Autora de Siente y vive libre, Toda la verdad y Vive con propósito, Técnico de organización en Elecnor Servicios y Proyectos, S.A.U. Fundadora y Directora de BioNeuroSalud, Especialista en Bioneuroemoción en el Enric Corbera Institute, Hipnosis clínica Reparadora Método Scharowsky, Psicosomática-Clínica con el Dr. Salomón Sellam
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