Encabezo el artículo con el título de una famosa película de Stanley Kramer. Se trata de una comedia en la que unas personas empiezan una demencial carrera para encontrar un botín enterrado, cometiendo todo tipo de actos, cada uno más loco que el anterior. Lo que ayer era el título y argumento de una comedia, hoy es el dramático día a día de nuestra sociedad.
¿Habéis visto las reacciones de cierta gente en Estados Unidos tras la victoria de Donald Trump? Completos dementes, porque no pueden ser llamados de otra forma. Están publicando sus reacciones en redes sociales, todas absolutamente disparatadas y con un notable grado de violencia: desde llantos y gritos, pasando por demenciales enajenaciones sobre el futuro, hasta preocupantes llamadas a ataques explícitos contra todo votante republicano. Incluso un hombre ha llegado a suicidarse tras matar a su exmujer, a sus dos hijos y a su actual pareja, y había manifestado comentarios psicopáticos respecto al triunfo de Trump. Claro, cómo no, se trata de un “enfermo mental”, un “caso aislado”, eso dicen los medios americanos. ¿Que tenía una patología mental? No cabe duda, pero está muy lejos de considerarse un caso aislado.
Nunca anteriormente en la historia se había vivido una locura similar a nivel mundial -obviando las guerras que, de por sí, ya son una magna locura- porque, incluso en España, hay algún que otro enajenado que ha declarado que “votar a Trump es un insulto a las víctimas de Valencia”. Naturalmente, quien hizo esas manifestaciones era otro granuja, contador de cuentos sobre el cambio climático. Sin embargo, no se está hablando del aumento exponencial de las enfermedades mentales a nivel de psicosis, narcisismo y graves psicopatías que, en otros tiempos, bien valdrían un necesario internamiento en un manicomio o un seguimiento diario por parte de psiquiatras.
Occidente se ha convertido en un psiquiátrico de puertas abiertas; las redes sociales, en el patio de recreo de todas esas personas inestables mentalmente, donde se reúne todo tipo de fauna desquiciada, mientras los que son -o parecen- mentalmente más estables están polarizados políticamente u obsesionados con el escalafón más primitivo de las pasiones humanas, el sexo, pero a un nivel vulgar, básico y ajeno a todo sentimiento. A grandes rasgos, el que no está loco se encuentra cabreado socialmente o haciéndose pajas, mentales y físicas.
Cuando Franco murió y tras cada cambio político o social, nunca vi en España que ardieran calles, que la gente se encerrara en sus propios nichos ideológicos o que se oyeran, tanto en el Congreso de los Diputados como en las televisiones, discursos ordinarios con groserías inimaginables. Huelga decir que, en Estados Unidos, no se ha llegado jamás a esta cota de delirio social por parte de los llamados demócratas; ni en las manifestaciones contra la guerra de Vietnam se llegaron a ver actitudes como en los últimos años. Han atentado contra un candidato a la presidencia y no pasa nada: es un meme, un hashtag, una noticia pasajera e incluso motivo de celebración mostrada públicamente. Cuando asesinaron a Kennedy o dispararon a Reagan -obviemos las razones- los ciudadanos, de un bando y otro, no se alegraron; lo vieron como un acto deleznable.
Naturalmente, mi indignación, rabia e impotencia hacen que, muchas veces, desee ver a más de un mandatario finalizar sus días como el personaje de James Woods en Érase una vez en América, pero realmente quiero que sean apresados, juzgados y encerrados de por vida; si fuera como Edmundo Dantés -el protagonista de la novela de Dumas, El conde de Montecristo-, mucho mejor. Si deseara ver cómo matan a palos a cualquiera de los viles políticos que nos aprietan cada vez más la soga, no sería mejor que los seres despreciables que apalearon hasta la muerte a Muamar el Gadafi.
Quiero grilletes y juicios, quiero que se les escupan sus mentiras y viles actos en la cara, que paguen con no disfrutar de un ápice de esa libertad que dicen defender. No quiero dejar de hablar con personas que no piensan políticamente como yo -me refiero a los pensantes-, sino que quiero que vuelvan los valores básicos y no, como está pasando, los instintos básicos. Quiero cultura, no carne barata expuesta por likes y atención. Quiero libertad y no libertinaje, una sociedad segura donde no te señalen como a una bruja si te sales del discurso social predominante. ¡Por el santo amor de Dios! Hay mujeres que se han rapado el pelo y proclaman dejar a sus parejas si han votado a Trump. ¿Pero en qué cabeza cabe semejante enajenación mental?
Pero ojo, que la locura salpica a todos, como he comentado anteriormente. Varios digitales publican que Susan Sarandon ha sido despedida de su agencia de representación tras una aparición suya en una manifestación de apoyo a Palestina, así como todos sus proyectos se han cancelado. A ver, era algo que se veía venir, ya que el dueño de la agencia es judío, pero ¿podemos abandonar esta “cultura de la cancelación”? Dejemos que la gente decida; Sarandon tiene 79 años y jamás ha ocultado sus ideas políticas y sociales, lo cual no resta que sea una actriz como la copa de un pino. Tampoco albergo dudas de que dicha cancelación se debe a su edad y a los gustos de la masa borreguil, que ya no están acostumbrados a ciertos intérpretes de peso, así que han tomado una decisión ventajosa económicamente, usando como excusa sus declaraciones, tal y como le sucedió hace unos años al excelso diseñador John Galliano.
Cierto es que siempre defiendo que el arte puede tener ideología, pero jamás estar politizado; que los artistas pueden mostrar descontento social, pero no defender una idea política unilateral de forma visceral. Aún así, no me parece bien que sean lapidados socialmente dependiendo del cambio de marea política o social, más aún si, como Sarandon, ha alzado la voz siempre. Eso no ocurrió con Barbra Streisand o con Jane Fonda. Nos quejamos de los vetos que sufre Mel Gibson. Sin embargo, aplaudimos si se aplican a los que teóricamente no son “de los nuestros”.
Las patologías mentales aumentan a pasos agigantados, maquilladas bajo el nombre de “contenido”, con una falsa libertad que no es otra cosa que propaganda para alimentar el ego y dejar morir el espíritu. Lo peor del ser humano sale a relucir, alentado, por unos y otros, en forma de minutos de fama, interacciones, falsos “amigos” o favoritismos políticos de gente que se olvida de ti o te ataca si te desvías de lo que creen es el camino o sus anhelos. Pero no hay que engañarse, esto también forma parte de la Agenda 2030, del plan, de ese de divide y vencerás, junto con avivar la violencia para poder justificar, con taimadas artimañas, más restricciones, controles y prohibiciones.
Dejad de dar cobertura a enajenados mentales, dejad de hacer famosa a gente inútil y limpiad vuestro entorno de cualquier basura cuya finalidad sea la de separar o, más comúnmente, idiotizar a la sociedad. Estamos siendo distraídos con violencia, sexo, humor fácil, enfrentamientos políticos, mientras nos llevan al redil de la miseria, tanto económica como intelectual y espiritualmente. También nos llevan a aceptar la segregación ideológica, normalizando una guerra civil diaria en cualquier ámbito social. Cierto es -nunca me canso de citarla- lo que dijo Brigitte Gabriel en una conferencia: “la mayoría pacífica es irrelevante”, dejando constancia de que por las buenas no se ha conseguido nada. La historia la han marcado las minorías violentas -véase como ejemplo esos logros comunistas o esa falsa revolución llamada “primavera árabe”-, pero la revolución de pensamiento, el actuar de forma contundente, que no visceral, debería ser crucial a estas alturas de lo que debería ser la civilización. No os olvidéis jamás de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo. No os dejéis manipular.
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