Se acerca el 8 de marzo, el día del lacito morado. Aunque, para moradas, cómo se ponen las asociaciones con subvenciones que, en teoría, buscan prevenir la violencia de género y que, en la práctica, sirven para que cuatro orcos, con más energía masculina que toda la selección neozelandesa de rugby, se pongan a hacer una haka para animar a las mujeres a empoderarse. ¿Qué considerarán estas lilas que es empoderarse?
Para mí, empoderarse es levantarme todos los días para hacer mis quehaceres diarios, algo que me hace sentir más empoderada que Wonder Woman. Nací dentro de la democracia actual, crecí toda mi vida educada en valores y en respeto. Me educaron en igualdad de condiciones y no recuerdo haber sentido discriminación alguna por ser mujer. Y es en esta época de neohembrismo fanático cuando realmente siento discriminación porque, si no opinas igual que las feministas, a pesar de también ser mujer, te devalúan hasta el punto de ningunearte o menospreciarte. Pues menos mal, porque me puede el “sentidiño” y no me gusta ignorar tratos injustos ni tampoco encubrir acosos.
A causa de este feminismo progre, se han creado una serie de leyes que me preocupan. El legado jurídico que están dejando repercute negativamente en mi profesión como jurista. Una de ellas es la Ley Orgánica de Igualdad, realizada en principio como desarrollo del artículo 14 de la Constitución Española en 2003, y otra es la Ley Integral de Violencia de Género.
En relación con la primera, cabe decir que se creó para imponer una nueva realidad jurídica, en los albores del neohembrismo al que hacía referencia en los párrafos anteriores, creando una ley de igualdad para “discriminar positivamente” al sexo femenino frente al masculino. Se trata de una ley que desarrolla el derecho fundamental recogido en el artículo 14 de la C.E., el cual prohíbe discriminar por razón de sexo, así que su ley de desarrollo no puede ni debe discriminar ningún aspecto de un sexo por encima del otro y que, según su exposición de motivos, es para poner al mismo nivel a mujeres y hombres. Esta ley es el paradigma de la ideología de género o, lo que es lo mismo, se inventan un problema que no existe para vender un producto que, a su vez, es un discurso falsario.
Por otro lado, la segunda, la Ley Integral de Violencia de Género, es el claro ejemplo de que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. En otras palabras, la idea puede parecer razonable, pero la ejecución ya no tanto. Tengo la rara costumbre de leerme los preámbulos o la exposición de motivos para entender el espíritu de la ley en cuestión y, en cuanto me leí la de Viogen, me pareció semejante a una sesión de espiritismo, porque se me llevaban los demonios. De hecho, la primera frase me indignó: “Violencia contra las mujeres por el mero hecho de serlo”. Y los adalides del lenguaje inclusivo, no tan tiquismiquis con el término «agresores», directamente referido a los hombres.
Pero no se queda aquí la cosa, porque voy a poner dos ejemplos más: el objeto de la ley es que el hombre es agresor por el mero hecho de ser hombre y la mujer víctima por el mero hecho de serlo. Esto es una flagrante vulneración del artículo 14 y de las garantías procesales en un eventual proceso penal del varón por el mero hecho de serlo. Y si a esto le sumamos que los crímenes asociados al marco del hogar entre miembros de parejas homosexuales están excluidos de esta ley, no se establecen las mismas medidas de protección, y la víctima mujer, en caso de parejas lésbicas, no está amparada. Aquí tenemos un problema inclusivo que nadie ha visto o, simplemente, no quieren ver. La presunción de inocencia de los varones se rompe por completo, invirtiéndose la carga de la prueba. En otras palabras, por el mero hecho de ser hombres, son agresores y tienen que probar que NO lo son. ¿Por qué? Porque una serie de leguleyas hembristas decidió hacer esto así.
¿Qué bienes jurídicos protege esta ley? La vida, la integridad física y moral. ¿De quiénes? De las mujeres. ¿Es que acaso la vida del varón no importa en absoluto? Parece que, al que redactó la ley, nada de nada. Durante este calvario procesal, muchos hombres denunciados han visto su vida personal, profesional y familiar denostada hasta que ha terminado el proceso, y no todos han conseguido evitar la prisión para luego, finalmente, ser absueltos. ¿Cuántos inocentes han sucumbido al suicidio antes de poder siquiera demostrar su inocencia?
Yo no niego que exista violencia en el ámbito doméstico, ni mucho menos. Existe y es muy real, pero considero que hay que proteger la familia y el hogar para que pueda ser un entorno seguro para todos sus integrantes, desde el niño hasta el abuelo. Además, los cónyuges o parejas de hecho, sin hacer distinciones en su orientación sexual, y si existen hijos menores o discapacitados a cargo, deben sentir que el hogar es un entorno seguro, ya que bastante inseguridad hay en el mundo exterior. Procesalmente, deberían existir las mismas garantías para el procesado, sea hombre o mujer, y las mismas medidas de protección para la víctima. La violencia no tiene sexo, toda violencia es intolerable, y el derecho a la igualdad real y efectiva debe serlo.
Bajo mi punto de vista, el hombre y la mujer deben convivir y colaborar para que esto sea posible y, de hecho, así se ha hecho normalmente, antes de que llegaran las feministas a colgarse medallas y sus marabuntas normativas, impregnadas a partes iguales de ideología e inconstitucionalidad intrínseca. Las personas, hombres y mujeres, siempre hemos convivido de manera civilizada. Por ese motivo, considero que esta lacra denominada violencia de género debe tratarse de forma correcta y que quien sea realmente responsable de un crimen pague por ello y, en caso de demostrarse lo contrario, quede absuelto.
Hablando de daños colaterales relacionados con la violencia de género, voy a entrar en otro camino repleto de espinas: las denuncias falsas existen y no solo hacen daño a los falsamente denunciados, a quienes les destrozan la vida a ellos y a su entorno, sino también a las verdaderas víctimas, que ven mermada su credibilidad por culpa de las oportunistas de género. Por este motivo, además, se pondrá en duda a la verdadera víctima, así como las medidas de protección, las cuales no se activarán debidamente, algo que ocasionará un riesgo muy alto ante su agresor.
Desde aquí, quiero mandar un beso y abrazos enormes a todas las víctimas reales de la violencia doméstica y a los hombres denunciados falsamente. Mi rotunda condena a toda clase de violencia, y con esto incluyo a las víctimas de la violencia procesal y jurídica de los falsamente denunciados.
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