No se prohíbe por poder. Se prohíbe por tu bien. Así empiezan las transformaciones que luego nadie sabe revertir. Esta semana, bajo la bandera impecable de la protección infantil, el Gobierno ha anunciado la prohibición de redes sociales a menores de 16 años y la implantación de sistemas más estrictos de verificación de edad. El argumento es casi incontestable: proteger a los jóvenes del algoritmo adictivo, del contenido dañino, de la intemperie digital. Y nadie con un mínimo de sensatez puede oponerse a proteger a los menores. Yo tampoco.
Yo también quiero que estén a salvo. Yo también siento alivio cuando alguien promete orden en medio del caos digital. Yo también entiendo la angustia de padres que no saben contra qué compiten cuando un algoritmo conoce mejor a sus hijos que ellos mismos. Ese alivio es humano. Y precisamente por eso funciona. El problema no es la intención. El problema es la arquitectura que se construye alrededor de esa intención.
Para impedir que un menor acceda a una red social hay que hacer algo muy concreto: identificarlo. Y cuando identificas a unos, acabas identificando a todos. Cuando participar exige validación previa, el espacio deja de ser libre y pasa a ser condicionado. La red nació como territorio abierto e imperfecto. Hoy se redefine como entorno peligroso que necesita guardianes. Y cada guardián necesita datos. Y cada dato requiere registro. Y cada registro consolida poder. No hace falta dramatizar. Basta con observar.
El Estado amplía capacidad de supervisión bajo la narrativa del cuidado. Las tecnológicas venden sistemas de verificación e identidad digital. Los reguladores ganan legitimidad moral. Y nosotros, tranquilos, entregamos la llave sin preguntar qué puertas se abrirán después. No se trata de defender el caos digital ni de negar problemas reales. Se trata de comprender que toda solución técnica genera una consecuencia política. Hoy es la verificación de edad. Mañana será la identidad obligatoria para frenar la desinformación. Después, la trazabilidad total “para proteger la convivencia”. Siempre es razonable. Siempre es gradual. Siempre es por seguridad.
La historia del poder no avanza con golpes espectaculares. Avanza con normalizaciones suaves. Con pequeñas cesiones que parecen prudentes. Y cuando queremos reaccionar, la infraestructura ya está instalada. Y la infraestructura rara vez se desmonta. Lo inquietante no es la ley. Es la docilidad con la que la aceptamos. El verdadero triunfo del sistema no es imponer control, sino lograr que lo solicitemos. Que confundamos cuidado con tutela permanente. Que celebremos la verificación como progreso. Que empecemos a ver el anonimato como sospecha y la identidad obligatoria como virtud.
Cuando para participar en la conversación pública necesitas autenticarte, la conversación cambia. Se vuelve más cauta. Más previsible. Más domesticada. Y lo más sofisticado es que todo esto se presenta como avance. La pregunta adulta no es si debemos proteger a los menores. Claro que debemos. La pregunta incómoda es qué modelo de poder estamos ensayando mientras creemos protegerlos.
Porque cuando existir digitalmente exige permiso, el espacio público deja de ser público. Se convierte en concesión. No hablamos de conspiraciones extravagantes. Hablamos de memoria histórica. Las libertades no desaparecen de golpe. Se intercambian por seguridad, por comodidad, por la tranquilidad de que “alguien se está ocupando”. Y un día miramos atrás y ya no recordamos cuándo aceptamos que para opinar había que identificarse.
Tal vez esta medida reduzca ciertos daños. Tal vez tenga efectos positivos. Pero la cuestión decisiva no es si funciona. La cuestión es qué normaliza. Porque todo sistema de control creado para una causa justa puede ampliarse mañana con fines menos nobles. El poder nunca dice “voy a vigilarte”. Dice: “voy a protegerte”. Y ahí reside la diferencia entre una sociedad adulta y una sociedad tutelada.
No confundamos protección con control. No confundamos regulación con dependencia. No confundamos seguridad con obediencia digital. La libertad no se pierde cuando la prohíben. Se pierde cuando empieza a parecernos prescindible. Respira. Y antes de aplaudir, hazte una pregunta que ningún sistema responderá por ti: ¿Quién controla al que dice protegerte? Porque el control más eficaz no es el que se impone. Es el que se agradece. Y ese es el que más cuesta reconocer cuando ya forma parte de nuestra normalidad.
Autora de Siente y vive libre, Toda la verdad y Vive con propósito, Técnico de organización en Elecnor Servicios y Proyectos, S.A.U. Fundadora y Directora de BioNeuroSalud, Especialista en Bioneuroemoción en el Enric Corbera Institute, Hipnosis clínica Reparadora Método Scharowsky, Psicosomática-Clínica con el Dr. Salomón Sellam
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