España

Óscar Muerte y la renovación integral… del engaño

En un país normal, Óscar Puente ya no sería ministro. Sería exministro, ex responsable y, con un poco de decencia, exopinador en redes sociales. Pero España no es un país normal, y Puente —al que muchos ya llaman, con más precisión, Óscar Muerte— sigue ahí, atornillado al cargo como si el sillón viniera con escritura notarial, cláusula de blindaje y derecho de pernada.

Lo suyo no es resistencia política: es cara dura en estado puro, una aleación desconocida hasta ahora, más dura que el diamante y bastante menos transparente. Porque dimitir, lo que se dice dimitir, aquí no dimite nadie. Y menos aún alguien que ha confundido el Ministerio de Transportes con una barra de bar con wifi, desde la que repartir chulería barata, sarcasmo de cuñado y soberbia institucional. Puente no gestiona: provoca. No explica: se burla. No asume errores: se pone gallito. Tiene la actitud de quien tira el jarrón al suelo y, mientras aún suenan los cristales, se gira indignado para preguntar quién ha sido.

Pero hay un salto cualitativo entre la chulería y la mentira, y Puente lo ha dado sin despeinarse. Dijo —y sigue diciendo— que el tramo Madrid–Sevilla es un tramo “completamente renovado”, fruto de una “renovación integral”. Lo afirmó con solemnidad ministerial, como quien bendice una obra faraónica. Lo repitió con suficiencia. Y lo mantiene aun cuando se ha demostrado que hay tramos de carril de 1989 que siguen en servicio. No es un matiz técnico. No es una discrepancia menor. Es una falsedad objetiva, del tamaño de una traviesa.

Eso convierte el asunto en algo más grave: no es incompetencia, es sinvergonzonería. Porque cuando un ministro sabe que le han pillado en la mentira y aun así insiste, ya no estamos ante un error de gestión, sino ante un desprecio abierto a la inteligencia del ciudadano. La “renovación integral” de Puente se parece mucho a esas reformas de piso donde solo cambian el felpudo, pero te cobran como si hubieran tirado el edificio y levantado otro nuevo.

Cada crisis, cada fallo, cada desastre bajo su competencia acaba siempre igual: con él señalando a otro, sacando pecho y hablando como si el problema fuera que la gente “no lo entiende”. Esa es la constante del sanchismo militante: el ciudadano nunca tiene razón y, si la tiene, es facha, desinformado o directamente idiota. Puente gobierna como quien pierde al parchís y, en lugar de aceptar la derrota, acusa al dado de conspirar.

Lo verdaderamente insultante no es solo que no dimita. Es que ni siquiera finge que debería hacerlo. En otros países europeos, ministros han presentado su dimisión por errores mucho menores, por respeto a la institución, no ya al votante. Aquí no: aquí se responde con un tuit chulesco y una sonrisa de suficiencia, como quien cree que la política es un concurso de ingenio y no un ejercicio de responsabilidad. Responsabilidad política, cero; ego, infinito.

Óscar Puente representa como pocos el nuevo perfil del político impune: arrogante, blindado por el líder y convencido de que el poder no se ejerce con gestión, sino con actitud. Da igual que los trenes fallen, que las infraestructuras chirríen o que el caos se repita: mientras el jefe lo proteja, el ministro se cree intocable. Aunque los raíles sean de otra época y la mentira esté documentada, como una chapuza tapada con pintura fresca.

Y ahí está el problema de fondo. No es solo Óscar Puente. Es el sistema que lo mantiene. Un sistema donde dimitir es de débiles, pedir perdón es de tontos y rectificar una mentira es impensable, porque pondría en cuestión todo el relato. Óscar Muerte no dimite porque no le dejan caer. Y no le dejan caer porque admitir errores —o reconocer que lo “integral” no lo era— haría saltar el decorado, como un cartón piedra mal sujeto. Así que seguirá: chulito, indemne y convencido de que la culpa siempre es de otro. Hasta que el daño sea tan grande que ya no haya tuit que lo tape. Y entonces, quizá entonces, alguien se pregunte por qué nadie dimitió cuando aún había tiempo.

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