Ahora que hace un tiempo que Nicolás Maduro fue detenido, podemos analizar cómo ese hecho ha provocado un fenómeno tan previsible como obsceno: la izquierda occidental ha salido en tromba a llorar por los derechos humanos… de Maduro. Sí, de Maduro. El mismo al que durante años no le exigieron elecciones limpias, ni separación de poderes, ni respeto a la oposición. El mismo bajo cuyo mandato se torturó, se encarceló y se empujó al exilio a millones.
De repente, el problema no es lo que hizo Maduro, sino cómo lo han capturado. Ahora importa el procedimiento. Ahora hay prisa por recordar el derecho internacional, las garantías, el debido proceso. Ahora aparecen comunicados solemnes, cejas fruncidas y palabras como “precedente peligroso”. El despertar moral llega siempre tarde… como el seguro del hogar cuando ya estás buscando piso en Idealista.
En España, este ejercicio de hipocresía tiene nombres y apellidos. Ahí está Juan Carlos Monedero que, durante años, cobró del chavismo mientras daba lecciones de democracia desde platós y facultades. Muy preocupado ahora por las formas, muy poco entonces por las colas del hambre, los presos políticos o las urnas amañadas. Como quien protesta porque le han puesto mal la tapa al ataúd, pero nunca preguntó por qué había un cadáver dentro.
Ahí está Pablo Iglesias, que convirtió a Venezuela en un “proceso interesante” mientras desde Vallecas se teoriza muy bien sobre la dignidad, pero desde Caracas se vive muy mal. Mucha lágrima por el dictador detenido, cero por los venezolanos que cruzaron medio continente andando. Analizar dictaduras desde un estudio de televisión es como dar lecciones de alpinismo desde la cinta del gimnasio. Y cómo no, Zapatero, el gran chamán del diálogo eterno. El hombre que no vio dictadura donde había represión, ni fraude donde había trampa, ni miseria donde había propaganda.
Hoy, cuando Maduro cae, Zapatero calla, porque hablar obligaría a explicarse. Y explicarse obligaría a admitir que se equivocó… o que sabía perfectamente lo que hacía. El silencio, en su caso, funciona como una manta: tapa mucho, pero no calienta conciencias. Ahora todos ellos coinciden en el mismo argumento: que no se han respetado los derechos humanos de Maduro.
Y aquí llega la pregunta que les incomoda, la que nunca responden: ¿Dirían lo mismo si Estados Unidos hubiera entrado en la España franquista y hubiera capturado a Franco? ¿Habrían salido Monedero, Iglesias y compañía a exigir garantías procesales para el Caudillo? ¿Habrían pedido respeto a su integridad, a su soberanía, a su “contexto histórico”? ¿O habrían hablado de liberación, justicia y fin de la dictadura?
La respuesta es evidente, aunque finjan no verla. La coherencia, para algunos, es como el wifi del metro: aparece y desaparece justo cuando más la necesitas. Y aquí conviene recordar un pequeño detalle histórico que hoy todos parecen haber olvidado convenientemente. Barack Obama ordenó la operación que acabó con Osama Bin Laden. No hubo juicio. No hubo extradición. No hubo tribunal internacional. Bin Laden fue abatido y su cadáver arrojado al mar. Punto final. Y no, la izquierda global no salió entonces a rasgarse las vestiduras por el derecho internacional ni a exigir garantías procesales para el líder de Al Qaeda.
Al contrario, a Obama le dieron el Premio Nobel de la Paz. Como si matar a un terrorista sin juicio fuera un acto poético de reconciliación universal. Ningún comunicado indignado, ninguna ceja fruncida, ningún “precedente peligroso”. Cuando el objetivo encajaba en el relato, el procedimiento se convirtió mágicamente en un detalle técnico, como las letras pequeñas del contrato que solo lees cuando te perjudican.
Porque para esta izquierda, los derechos humanos no son universales: son selectivos. Un dictador de derechas es un criminal. Uno de izquierdas es un “líder complejo”. A uno hay que juzgarlo. Al otro, protegerlo del juicio. Es como un árbitro que solo pita faltas en una mitad del campo y luego se sorprende de que el partido acabe en bronca. Es obsceno que el dolor solo importe cuando estropea la narrativa. Como si el incendio no importara, siempre que no salga en la foto. Maduro está detenido. Las víctimas siguen esperando justicia. Y algunos, como Zapatero, Monedero o Iglesias, siguen esperando a que el silencio vuelva a ser rentable.
Mentira, engaño, embuste, patraña, habladuría, camelo, infundio, bola, trola, cuento, paparrucha, chisme, rumor, voz, hablilla…
La derecha mediática parece haberse instalado en una peligrosa comodidad: la del repliegue constante. Mientras…
Mucha gente tiene miedo a envejecer por todo lo que conlleva: pérdida de autonomía, mayor…
En el día de hoy tengo pensado escribiros sobre mi novela titulada “Reflejos de mi…
En un país normal, Óscar Puente ya no sería ministro. Sería exministro, ex responsable y,…
El pasado 25 de enero se estrenó a nivel mundial el tráiler de Super Mario…