Hay una escena que no sale en los informativos y que, sin embargo, se ha convertido en una de las imágenes más precisas de este país: alguien mirando el móvil con esa mezcla de esperanza y cansancio, una familia sentada sobre la maleta como si fuera un banco improvisado, un trabajador calculando cuánto margen le queda antes de tener que llamar —otra vez— para decir que no llega. Nadie grita. Nadie monta un escándalo. Solo reorganizamos la vida en silencio.
Nos dijeron que éramos un país de alta velocidad. Y lo somos. Tenemos trenes que atraviesan el mapa como una promesa cumplida, estaciones que parecen aeropuertos y cifras que se pronuncian con orgullo técnico. Todo funciona en el discurso. Hasta que deja de funcionar en tu día. Miras el panel y tu tren ya no está. No retrasado. No averiado. Cancelado por huelga. Y en ese instante entiendes que no estás ante un problema ferroviario. Estás ante una forma de vivir. Porque la huelga tiene motivos. Como los tiene la empresa. Como los tiene la administración.
Todo el mundo tiene argumentos. Informes. Porcentajes. Declaraciones medidas. Y, sin embargo, hay alguien que siempre pierde: el que ya ha pagado el billete y solo quería llegar a su vida. Ese que sale antes de casa “por si acaso”. Ese que pide perdón en el trabajo por algo que no controla. Ese que pierde una cita médica imposible de reprogramar. Ese que viaja con niños y acaba explicándoles que no pasa nada, que ya saldrá otro. Ese somos todos.
Nos han enseñado a entenderlo todo. A ser razonables. A repetir que son conflictos complejos, que hay que tener empatía, que las negociaciones son necesarias. Y mientras somos comprensivos, adultos y civilizados… nuestra vida se queda en pausa en un andén. Lo hemos normalizado tanto que ya forma parte de nuestra logística emocional. Miramos la aplicación antes de salir de casa como quien mira el tiempo. Calculamos rutas alternativas como quien asume que lo normal es que falle algo. Llegamos una hora antes no por previsión, sino por desconfianza.
La paciencia es nuestro verdadero sistema de transporte. Y hay algo profundamente injusto en eso. No en la huelga. No en la protesta. No en el conflicto. En la certeza de que el sistema solo se detiene cuando alguien con poder para hacerlo se levanta de la mesa… y que tú, que sostienes todo con tus horarios, tus impuestos y tu puntualidad, no tienes ese botón. Pagamos más que nunca por movernos y, sin embargo, cada vez necesitamos más margen emocional para hacerlo. Porque ya no compras un billete. Compras la posibilidad de llegar. Y eso cambia la relación con un país.
No estamos hablando de trenes que no salen. Estamos hablando de horas de trabajo perdidas, de oportunidades que no vuelven, de vidas pequeñas que nadie cuantifica en los balances. En España no se negocian solo convenios: se negocia el tiempo de quien no está en la mesa. Ese ciudadano que no inaugura líneas, que no firma acuerdos, que no comparece ante los medios y que, sin embargo, es el único que cumple siempre su parte. El que llega. El que paga. El que espera.
Y lo más inquietante no es el colapso. No es la huelga. No es el caos. Es que hemos aprendido a vivir alrededor de todo eso como si fuera una característica del servicio. Bromeamos. Lo asumimos. Decimos “es lo que hay” con esa mezcla de resignación y madurez mal entendida. Un país no se mide por la velocidad de sus trenes. Se mide por el respeto que siente por el tiempo de su gente. Por la tranquilidad con la que alguien puede organizar su día sabiendo que ese día va a suceder. Por la certeza de que lo esencial funciona sin depender de un calendario de conflicto.
El verdadero lujo no es viajar a trescientos por hora. El verdadero lujo es saber que tu vida no está en manos de una incidencia. Y ahora mismo no lo sabemos. Por eso la escena del andén no es una anécdota. Es un retrato. Gente educada, paciente, comprensiva, mirando una pantalla que decide por ellos mientras reorganizan su existencia con una dignidad que ya no es virtud: es supervivencia. No hay gritos. No hay épica. No hay ruptura. Solo una aceptación silenciosa que dice mucho más que cualquier protesta.
Porque un país empieza a romperse cuando su gente deja de sentir que su tiempo vale algo. Cuando llega el día en que asumirlo todo parece más razonable que exigir lo mínimo. Cuando la resignación se convierte en costumbre. Y un país que acostumbra a su gente a esperar no es un país moderno, por muy rápido que sean sus trenes: es un país donde el ciudadano siempre llega el último, incluso cuando el viaje era suyo.
Autora de Siente y vive libre, Toda la verdad y Vive con propósito, Técnico de organización en Elecnor Servicios y Proyectos, S.A.U. Fundadora y Directora de BioNeuroSalud, Especialista en Bioneuroemoción en el Enric Corbera Institute, Hipnosis clínica Reparadora Método Scharowsky, Psicosomática-Clínica con el Dr. Salomón Sellam
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