Lo de la Policía Nacional ya no es una crisis de institución, es una película de terror con presupuesto del Estado. La dimisión del DAO por violar, presuntamente —que lo diga el juez, porque nosotros ya lo olemos—, a una subordinada es el clavo ardiendo en el ataúd de la decencia de este Ministerio del Interior. Aquí no ha dimitido nadie por honor; aquí han pegado una patada al tablero porque el escándalo salpica tanto que ni con la manguera de los antidisturbios limpian la sangre.
¿Dónde está el gran adalid del feminismo de carné? ¿Dónde está Fernando Grande-Marlaska, ese ministro que purga a coroneles por cumplir la ley… pero asciende a tipos que confunden el mando con el derecho de pernada? Marlaska no es una víctima de las circunstancias, es el arquitecto de esta pocilga. Para llegar a DAO en este Gobierno no hace falta un currículum brillante, hace falta ser «de los suyos». Y resulta que «los suyos», cuando apagan la luz del despacho oficial, se dedican, según la denuncia, a cazar a sus propias subordinadas. Si pones a un lobo a cuidar el gallinero y el lobo se cena a las gallinas, el culpable no es solo el bicho: es el imbécil que le dio las llaves de la jaula.
Imaginemos el escenario: un despacho pagado con nuestros impuestos, moqueta oficial, la bandera de España al fondo y, justo ahí, el máximo responsable operativo de la seguridad del país forzando a una mujer que, por jerarquía, le debe obediencia. Es una imagen que provoca náuseas físicas. ¿Qué cojones pasa en esa cúpula? ¿Qué clase de test psicotécnico pasan estos tíos? Ah, no, espera, que el único test que pasan es el de la lealtad perruna al ministro. Si eres fiel a Marlaska, te ponemos los galones de oro; si luego usas esos galones para someter a una compañera, ya buscaremos una «dimisión por motivos personales» para que te vayas a casa con la cara lavada y la cuenta llena.
Señores del Gobierno, no nos vendáis la moto de que «la institución funciona». Si ha tenido que ser una subordinada la que le eche huevos —más de los que tienen muchos comisarios en sus sillones— para denunciar al Intocable, es porque el sistema está diseñado para que te calles y tragues. En la Policía de Marlaska, el que se mueve no sale en la foto, y la que denuncia al jefe se juega la carrera, la salud y la vida. Esto no es un «error de casting». Esto es el resultado de años de nepotismo, purgas ideológicas y una endogamia asquerosa donde se protegen entre ellos mientras el resto del cuerpo se rompe la cara en la calle por cuatro duros.
Marlaska debería estar haciendo las maletas mientras lees esto. Un ministro que permite que su número dos convierta la Dirección General en un escenario de agresión sexual es un cadáver político que camina. Basta de paños calientes. Queremos ver al DAO en el banquillo y a Marlaska en su casa —o en el juzgado dando explicaciones—.
La placa de la Policía Nacional no está para tapar las vergüenzas de un presunto violador ni para salvarle el culo a un ministro que ha convertido el Ministerio del Interior en su cortijo particular de favores y silencios. ¡A la calle todos! Y que dejen de ensuciar un uniforme que miles de agentes honrados todavía intentan dignificar mientras sus jefes se lo quitan para cometer salvajadas.
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