
Actualmente, y visto lo visto, el comunismo solo genera millonarios, y no hablo del pueblo llano, sino de los dirigentes que los representan. En la teoría y sobre el papel, las ideas de un iluminado que, por cierto, terminó dejando morir de hambre a sus hijos y vivía de gorronear a sus mejores amigos, se veían maravillosas: todos trabajaremos la tierra, la industria y nos repartiremos a partes iguales los beneficios.
Pero, en la práctica, las ideas también tienen fisuras cuando tropiezan con la ignorancia y la falta de conocimientos por parte del ser humano, porque, si no sabes matemáticas básicas, te engañan; además, alguien tenía que repartir las ganancias… y otro era sumamente necesario para comprobar que ese que repartía, repartía bien, además de otro para vigilar al vigilante, y, sin darse cuenta, fueron depositando su confianza en un grupo de hombres que, inexplicablemente, contaban cada vez con más riqueza, mientras al trabajador le llegaba cada vez menos.
En este punto de la historia, lo normal hubiera sido quemar ‘El Capital’ en la hoguera e inventar otro sistema más justo, pero la pereza es mala consejera y, mientras había un plato de comida en la mesa, poco importaba que hubiera dos en la mesa del capataz.
Ustedes dirán que todo este rollo ya nos lo sabemos de memoria. Vaya novedad… y tienen toda la razón del mundo, pero lamentablemente, en España, tenemos ministros comunistas, una de ellas, ministra de Trabajo, que pasó de vestir zarrapastrosa a lucir modelitos carísimos en eventos a los cuales suele asistir. Pero ya saben, aunque la mona se vista de seda, mona se queda.
Sin embargo, la historia del capataz y sus dos platos sobre la mesa vuelve a repetirse: todo para el pueblo, pero sin el pueblo y, nuevamente, hay gente tragando con ello, soportándolo todo, no haciéndose preguntas, incluso admirando al cínico que sigue vendiéndoles el cuento de la igualdad, y esos, sin duda, son los más peligrosos: prefieren una pobreza generalizada y cuatro dirigentes millonarios al esfuerzo individual y, por tanto, a las ganancias particulares.
Bajo mi punto de vista, pienso que, cuantas menos personas dirijan este país, menor será el riesgo de que estas se vuelvan codiciosas, quedándose con la mejor parte; ya saben, el que reparte y reparte…Esto nos llevaría a la casilla de salida. Necesitamos a alguien que vigile a quien reparte; la pregunta sería: ¿el mundo podría ser dirigido por máquinas que gobernaran de forma honrada? Sin duda alguna, creo que sí, porque, además, las máquinas no necesitan de modelos caros para asistir a eventos. No obstante, ante esta contestación, nos quedaría un cabo suelto: ¿quién sería el que dirigiría la máquina?
El sistema capitalista no es que sea mucho mejor que el comunista, pero, al menos, nos deja un resquicio para la libertad individual: un individuo posee aspiraciones; si quiere llegar lejos, trabaja duro, pone su inteligencia a crear, y ese será su resultado para poder comprarse un piso de trescientos metros cuadrados. que al menos sea fruto de su esfuerzo y no del voto de cuatro descerebrados.






Trescientos metros son muchos