Subvención: el techo de la excelencia

Estamos inmersos en una época en la que, en distintos ámbitos mediáticos, se depende en gran medida de una “teta” de la que muchos se alimentan y otros sostienen. Probablemente esta metáfora no sea de las más elegantes, pero sí lo suficientemente precisa como para utilizarla en este artículo de opinión. Esa “teta” resulta tentadora para quienes la disfrutan y profundamente irritante para quienes la financian mediante impuestos para que terceros la aprovechen en su propio beneficio. Su nombre no es otro que subvención, un término que podría rimar con ascensión, aunque en la práctica ese “ascenso” tiende a ser más individual que colectivo.

Son numerosas las profesiones que viven directa o indirectamente de subvenciones y que, por desgracia, acaban viendo cómo esas ayudas, en lugar de fomentar la excelencia, terminan erosionándola. Esto se hace especialmente visible en aquellos ámbitos donde la proyección pública es el eje central, como el periodismo o el mundo de la cultura, entre otros sectores en los que una financiación asegurada sustituye la exigencia profesional por una cómoda rutina de mínimos. Salvo en ámbitos asociados a la sanidad, lo digo con total honestidad, me sobran las subvenciones.

Porque, queridos lectores, seamos claros: ¿quién va a esforzarse a la hora de desempeñar su labor con excelencia si, independientemente de que el resultado sea brillante, mediocre o directamente deficiente, la retribución llega al bolsillo por el simple hecho de “cumplir” unos mínimos? Honestamente, nadie con talento estará dispuesto a lucirse en su trabajo cuando el incentivo queda desconectado del mérito, lo que además favorece, por desgracia, una mayor presencia de mediocridad a nuestro alrededor, nos dediquemos a lo que nos dediquemos.

Cuando escucho a determinados profesionales —actores, presentadores o incluso compañeros del gremio— defender con entusiasmo este sistema, además de generarme rechazo, siento vergüenza ajena. Que existan personalidades capaces de normalizar la mediocridad bajo el paraguas de la estabilidad, sustituyendo la exigencia del público o del mercado por una seguridad garantizada por parte de “lo divino”, resulta deprimente. Este hecho plantea, bajo mi punto de vista, otra cuestión ineludible: si la calidad profesional depende de una financiación externa asegurada desde lo público, ¿qué incentivo real queda para la excelencia? Yo me atrevería a decir que ninguno.

Quienes estáis acostumbrados a leerme sabéis que suelo escribir sobre temas políticos con una frecuencia semanal o quincenal, salvo en casos muy excepcionales. Sin embargo, hasta el día de hoy llevaba más de un mes sin hacerlo por una sencilla razón: en la vida hay ocasiones en las que uno debe priorizar, y durante estas semanas mi prioridad ha sido centrarme en mi faceta como escritor… hasta que he escuchado la defensa entusiasta de las subvenciones por parte del actor Fernando Tejero, motivo por el cual me veo moralmente obligado a abordar este tema tan incómodo como necesario.

Porque sí, tanto el propio Tejero como otros de su gremio o incluso del mío tenemos un precio —quien diga lo contrario miente—, pero ese precio debe fijarlo el mercado o, lo que es lo mismo, la gente que consume nuestro trabajo, y no el gobierno de turno a cambio de apoyar sus intereses. Mi yo periodista/analista no quiere depender de políticos para desempeñar su trabajo, sino del juicio libre del público o de la iniciativa privada, porque la independencia real no es gratuita, sino incómoda, exigente y, precisamente por eso, triplemente valiosa. Esas son las cosas que distinguen a un profesional respetado de un propagandista afín a siglas políticas: la autenticidad de ser incómodo para muchos y respetado por el público.

En definitiva, mi opinión sobre la subvención —salvo en ámbitos como la sanidad— es que resulta perjudicial a la hora de potenciar las diversas profesiones existentes, ya que puede convertirse en un refugio cómodo donde la mediocridad termine por instalarse. Cuando ese mismo cobijo es excesivamente confortable, deja de ser un impulso para convertirse en un techo. El resultado no es otro que un ecosistema en el que cuesta distinguir la excelencia, a causa de la disolución de la exigencia. Porque, amigos, si algo es realmente bueno o competitivo no necesita muletas para sostenerse; y, si es mediocre, la subvención no lo mejora, sino que lo prolonga indefinidamente, perjudicando a todos: tanto a quien trabaja como a quien consume dicho servicio. Porque no, no se llama Asunción: se llama Subvención.

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