España

León XIV en Madrid: la generación que ya no creía en nada

Hay noticias que cuentan lo que ha ocurrido y otras que cuentan lo que nos está ocurriendo. La visita de León XIV a Madrid pertenece a la segunda categoría, porque la noticia no es que cientos de miles de jóvenes se hayan reunido para verle. La noticia tampoco es que las redes sociales se hayan llenado de vídeos, fotografías y comentarios sobre el evento. La noticia realmente interesante es otra: llevamos años escuchando que los jóvenes ya no creen en nada y, sin embargo, miles de ellos han recorrido kilómetros para escuchar hablar de esperanza, propósito y sentido.

Resulta curioso. Durante décadas nos dijeron que la tecnología sustituiría muchas de las cosas que habían acompañado al ser humano durante siglos. Internet sustituiría las plazas. Las redes sociales sustituirían las conversaciones. Los algoritmos sustituirían a los líderes. Las pantallas sustituirían la necesidad de pertenecer. Y nosotros, encantados, nos lo creímos. Parecía lógico. Después de todo, nunca habíamos tenido tanta información, tantas formas de comunicarnos ni tantas posibilidades de entretenimiento. Todo estaba al alcance de un clic. Todo parecía diseñado para que ya no necesitáramos nada más. Sin embargo, la realidad tiene una costumbre irritante: aparece, de vez en cuando, para llevar la contraria a las teorías de moda.

Porque mientras algunos seguían explicándonos que las nuevas generaciones habían dejado de creer en cualquier cosa que no pudiera medirse, monetizarse o convertirse en tendencia, miles y miles de jóvenes hacían exactamente lo contrario. Salían de casa. Se reunían. Compartían una experiencia. Buscaban algo que ninguna aplicación ha conseguido ofrecer todavía. Y quizá ahí empiece lo verdaderamente interesante.

Llevamos años diciendo que los jóvenes no creen en nada. Quizá el problema es que confundimos no creer en lo mismo que nosotros con no creer en nada. Porque, si algo demuestra esta historia, es que el ser humano sigue necesitando exactamente lo mismo que necesitaba hace cien años. Seguimos buscando motivos para emocionarnos, causas que nos inspiren y personas en las que confiar. Qué decepción para algunos futuristas y qué magnífica noticia para el resto.

De hecho, cuanto más observo lo que ocurre a nuestro alrededor, más me convenzo de que hemos confundido muchas cosas. Hemos confundido información con sabiduría. Entretenimiento con felicidad. Conexión con cercanía. Y ruido con significado. Nunca habíamos tenido tantas formas de conectar y nunca habíamos hablado tanto de soledad. Nunca habíamos tenido acceso a tanta información y nunca habíamos buscado tanto sentido. Esa es la paradoja que nadie vio venir.

Inventamos las redes sociales para sentirnos más cerca y terminamos necesitando encuentros multitudinarios para recordar que seguimos siendo humanos. Durante años se anunció el fin de la religión, el fin de las comunidades y el fin de las grandes causas. Curiosamente, quienes más insistían en ello han terminado convirtiendo la política, las redes sociales, determinadas ideologías e incluso algunas marcas en auténticas religiones de sustitución.

Y quizá por eso esta historia tiene una lectura mucho más amplia de lo que parece. No habla únicamente de religión. Habla de una necesidad profundamente humana que ninguna revolución tecnológica ha conseguido eliminar: la necesidad de encontrar significado. Porque el ser humano puede vivir sin muchas cosas. Lo que lleva peor es vivir sin un motivo que le haga levantarse por la mañana.

Por eso me resulta tan difícil compartir el pesimismo de quienes contemplan esta noticia como una simple anécdota. Yo veo justo lo contrario. Veo a una generación a la que llevamos años diagnosticando apatía demostrar que sigue siendo capaz de movilizarse. Veo a una generación a la que acusamos de vivir encerrada en una pantalla demostrar que sigue necesitando experiencias reales. Y veo algo todavía más esperanzador: que, debajo de toda la tecnología, de todos los algoritmos y de todas las modas, el corazón humano sigue funcionando exactamente igual que siempre.

Quizá la noticia nunca fue León XIV. Quizá la noticia es descubrir que, después de internet, después de las redes sociales y después de la inteligencia artificial, seguimos buscando exactamente lo mismo que buscaban nuestros abuelos: alguien que nos inspire, alguien que nos comprenda y alguien que nos recuerde que no estamos solos. Y, sinceramente, me parece una magnífica noticia, porque significa que todavía hay algo que ninguna pantalla ha conseguido sustituir: la necesidad profundamente humana de creer que la vida puede ser algo más que una sucesión de notificaciones. Y eso, viendo cómo están algunas cosas, ya es casi revolucionario.

Ver comentarios

  • Yo no soy tan optimista. Creo que luego van al fútbol o a un concierto de bad bunny

Entradas recientes

El día que Nerón Sánchez quemó Romapsoe

Si hay una cosa que todos aquellos que han estado en los últimos años cerca…

3 días hace

¡Qué cruz de Gobierno!

¿Puede un gobierno, sea de la ideología que sea, destruir un monumento nacional con la…

5 días hace

Marlaska en IFAS2026: cuando una imagen dice más que cien crónicas silenciadas

En política hay ausencias que pesan. Pero todavía más lo hacen ciertas presencias cuando nadie…

6 días hace

Tanto talante para terminar ante el juez, ¿verdad, Zapatero?

Tras varias semanas de descanso que me han venido bastante bien, no pensaba que iba…

7 días hace

La IA iba a quitarnos el trabajo… y se equivocaron

Hace apenas unos años, nos advirtieron de que la inteligencia artificial iba a provocar una…

1 semana hace

Sánchez para secula seculorum

Anda la izquierda tan dislocada con los asuntos de corrupción del PSOE, o del “number…

1 semana hace