Cayetana y el Grisú

En la minería de carbón del siglo XIX y principios del XX se usaban animales, especialmente canarios, para advertir sobre la presencia del peligroso gas grisú, una mezcla de metano y dióxido de carbono, tan mortal como invisible e inodora. Como este gas es más pesado que el aire, se ponían los canarios en el suelo y si morían era la señal de que había que salir corriendo porque el ambiente se ponía irrespirable.

Cayetana Álvarez de Toledo ha sido durante los últimos dos años mi canario en el Partido Popular. Como Albiol y, en menor medida, como Iturgaiz. Hubo otros, como María San Gil, que notaron pronto ese gas.

Con ellos ahí, personas como yo o como Rosa Díez, por ejemplo, hemos confiado en que el PP podría haber superado sus miedos y autolimitaciones para abordar, ahora sí con valentía, los asuntos de Estado. Desde nuestras diferencias, porque no estamos en la misma línea política, algunos hemos visto que en ciertos asuntos el PP estaba ahora por la labor de dar la batalla al extremismo que nos amenaza, en lugar de meter la cabeza bajo el ala, como hiciera Mariano Rajoy.

Craso error, el nuestro y el de muchos más.

El poder paga bien a los suyos. Los dos partidos principales desde la Transición se han encargado de centrifugar a los llamados “versos sueltos”. Por no hablar de la corrupción, claro.  En el PSOE expulsaron a Pablo Castellano en 1987 por denunciar corrupción interna. Desde entonces, docenas de condenas han manchado al partido del puño y la rosa, entre ellas la de los ERE, la mayor condena por corrupción jamás impuesta en España. En el PP no necesitaron expulsar a nadie porque su selección de personal era mucho más certera: sólo subían los incondicionales y han tenido muy pocas denuncias internas, por no decir ninguna. Sólo gente extravagante como Marjaliza o Marcos Benavent, el “yonqui del dinero”, que han cantado cuando ya se han visto tras los barrotes, pero nadie desde dentro había advertido de nada de aquello públicamente.

Pero, sin necesidad de tocar temas monetarios que han dado para varios libros, tanto PP como PSOE mantienen una estructura férrea donde sólo está permitido el aplauso al jefe y lo demás se considera, como bien le ha dicho Casado a Álvarez de Toledo, “poner en cuestión la autoridad” del líder.

Los partidos instalados en el Congreso ahora no son la representación de un conjunto de personas con motivaciones políticas dispuestas a mejorar la situación de España, sino simples estructuras piramidales de poder, herramientas, muy subvencionadas por cierto, para alcanzar la cima y mantenerse. Y para eso no se necesitan librepensadores ni gente que diga la verdad, ni personas cultas, ni valientes… De hecho, estorban. Sólo se necesita obediencia. No quieren a nadie que le recuerde a su líder que es mortal.

Hace un tiempo se habló de la posibilidad de que Feijóo optara al puesto de Presidente del PP. El gallego no ha necesitado hacer eso personalmente y tiene todo atado y bien atado en Madrid. Para qué complicarse la vida cuando ya tiene en Génova a un propio para estas cosas.

El cese de Cayetana recuerda por fuerza a la salida de Rosa Díez del PSOE de Zapatero en 2007. No es casual que ambos hechos hayan sido por las mismas razones: el abandono por parte de sus partidos de sus ideas tradicionales, el acomplejamiento acomodaticio, el miedo a la opinión publicada, el dejarse llevar por una corriente progre y el acoso que ambas sufrieron desde las estructuras de su propio partido durante meses por parte de los genuflexos y de los que esperan la galleta y la palmada en la espalda del líder. Y la recompensa en forma de prebenda.

Ha ganado lo gris, lo acomodaticio, lo cobarde, lo vulgar. Incluso lo zafio. Han triunfado los templadores de gaitas, los marianistas que tanto mal han hecho a este centro derecha de cartón-piedra que demostró todo lo que sabe hacer en aquella aplicación acomplejada del art. 155 en Cataluña, que no sólo no sirvió para nada, sino que agravó la situación que, en teoría, pretendía remediar.

A Cayetana la ha cesado el dúo Sánchez-Iglesias en connivencia con los marianistas, la quinta columna de la socialdemocracia del PP, a la que siempre ha aludido Esperanza Aguirre y de cuyas afirmaciones se reían muchos. Casado sólo ha ejercido de portavoz de todos ellos.

Esta maniobra ha sido como si los británicos hubieran preferido en 1940 cesar a Churchill para poner a Chamberlain.

Con el cese de Cayetana no sólo ha perdido el Partido Popular, hemos perdido todos los que amamos España, las libertades individuales, la dignidad, la verdad y el verbo ágil, certero y valiente en el Congreso.

La última cobardía del PP es la de no apoyar a Cayetana con el recurso que ésta ha presentado ante el Constitucional contra el borrado de sus palabras de la sesión del Congreso en la que dijo que el padre de Iglesias era un terrorista. Y la última bajeza, la de pretender comprarla ofreciéndole la presidencia de una fundación.

Con Cayetana, a todos se nos ha muerto el canario del Partido Popular. Ahora sabemos, sin lugar a dudas, que el grisú ha vuelto, si es que alguna vez se fue, a la sede de Génova a hacer el ambiente irrespirable para la libertad y para la necesaria batalla de las ideas y de la cultura, como bien ha denunciado la ahora cesada.

El PP nunca se ha merecido a Álvarez de Toledo. Ni a nosotros.

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