La lealtad es la rectitud en un camino sinuoso. Es un deseo, un compromiso, una revelación y, sobre todo, un valor esencial para el conocimiento individual y colectivo.
La lealtad es la palabra que recibimos como derecho, y al mismo tiempo nos obliga a desarrollar y a conservar su esencia y significado. Es uno de los valores más preciados que nos regalan nuestros padres como educadores cuando traspasamos el umbral de la niñez y nos asomamos con ingenuidad y alborozo al primer envite de la vida.
La lealtad es también el lugar común donde acuden en busca de refugio: la fidelidad, la nobleza, la sinceridad, la honestidad, la decencia… Y, por último, y no menos importante, la lealtad es un valor de la voluntad que forja el carácter y determina la conducta individual. ¿Y la colectiva? ¿Qué ocurre con la lealtad que nos impone la sociedad?
¿Estamos obligados a guardar lealtad a los estamentos sociales, políticos y culturales? ¿Hasta qué punto la lealtad colectiva no es una mordaza a las decisiones individuales? Personalmente, me inquietan mucho las lealtades políticas y culturales puesto que quien discrepa de ellas, al instante es señalado, aislado y silenciado.
Decía Sándor Marai con amargura que, al no profesar lealtad al régimen comunista, le dejaron sin voz, sin palabras. Podía hablar, pero nadie le invitaría a dar conferencias. Podía escribir, pero ningún periódico publicaría sus artículos. Podía escribir novelas, pero ningún editor de Hungría las editaría.
¿De verdad debemos guardar lealtad a un partido político que afirma representarnos? ¿Si es así? ¿Qué ocurre cuando este partido traiciona su programa y por tanto a sus electores? ¿Debemos ser leales a unas promesas que nos agradan pero que más tarde, con toda probabilidad, serán cambiadas a conveniencia de quien las dicta y ejecuta? Al parecer, solo si renunciamos a la lealtad individual en beneficio de un supuesto fin común, seremos leales a una causa superior y justa…
Sé que muchos, demasiados, por una supuesta y mal entendida “lealtad” son capaces de vender su alma al diablo y embadurnarse de vileza. Otros, en cambio, fortalecen la lealtad en la amistad, y convierten su vida en un motor de altruismo y generosidad. Cualquier sentimiento que aflore en nuestro ser se materializa cuando somos leales.
Por esta razón, mi mayor lealtad es para mi familia. Mi mujer y mi hijo. Todo lo demás me resulta superfluo, engañoso y prescindible.
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