Antes de comenzar con el artículo, me gustaría dejar claro que soy un ferviente defensor de la música. De hecho, se podría decir que mis artistas favoritos son aquellos relacionados con el género: heavy metal, rock, pop de los 70, 80 y 90, así como artistas de la talla de Melendi, Fito y Manolo García. No obstante, el motivo por el que quiero exponer mi opinión en el día de hoy tiene que ver con el rechazo que consigue generarme el Festival de Música Viñarock.

Para quienes lo desconozcan, soy vecino de Villarrobledo, una localidad ubicada en la provincia de Albacete… y da la casualidad de que a finales de abril y principios de mayo, se celebra un festival de música aquí, en el que no solo vienen muchos artistas de rock a desplegar su talento, sino que además lo hacen miles y miles de personas de todo el mundo, en teoría para disfrutar de tal evento. En situaciones normales, todo me parecería normal porque, como es lógico, no sería partidario de ponerme en contra de un festival. Sin embargo, nada está más alejado de la realidad que lo previamente dicho, porque esto va más allá de ser un simple festival de música. Aquí va mi justificación.

Desde los años 90, el Viñarock se celebra en mi localidad y, a pesar del ocio y disfrute de los asistentes y de la cantidad de artistas que han acudido y llenado el cartel de presentación del festival, lo cierto es que desde hace un par de años hemos pasado de un festival a una batalla entre los defensores del “viña” y los vecinos de Villarrobledo.

Cada ocasión en la que este festival aterriza en Villarrobledo, el pueblo se paraliza a la vez que se prepara para lo que venga. Drogas, alcohol, basura, peleas, inseguridad, desenfreno… Un ambiente cargado de tensión en el que a veces no sucede, pero cuando sucede deja a Villarrobledo con una sensación grotesca, lo suficientemente terrible como para sentirnos desplazados del mundo real.

Durante una semana, los vecinos de Villarrobledo debemos convivir con miles de asistentes que llegan, se establecen, abarrotan las calles llenándolas de basura y, en muchísimas ocasiones, bloquean las calles para albergar dicho festival. Todo mientras los vecinos debemos aceptar por unos días que nuestro pueblo permanece okupado.

Bajo mi punto de vista, a pesar de que Villarrobledo, es un pueblo diminuto, cuenta con la suficiente expansión como para crecer, por lo que no necesita —o al menos esa es mi humilde opinión, insisto— de un festival como el de Viñarock, que no hace otra cosa que frenar el pueblo. Y más para aquellos lectores que desconozcáis la ubicación exacta en la que se celebra este festival… Porque sí, se celebra precisamente al lado del cementerio municipal. Un lugar que dejaría en shock a cualquier mortal que desconozca el dato y sea normal.

Precisamente, con motivo de esta ubicación, quiero poneros un ejemplo a todos los lectores. Supongamos que durante estos días en los que tiene lugar el festival, una persona fallece y debe ser llevada al cementerio para su debido entierro… y resulta que, como hay Viñarock, es imposible acceder; además, al no tener acreditación para ello, el paso terminarían por bloqueárselo tanto al personal funerario como al fallecido, y a los familiares del mismo. ¿A que es indignante?

Y eso por no hablar de la enorme falta de empatía y respeto que hay entre los promotores del festival con los vecinos y los fallecidos al celebrarlo al lado del camposanto. Sí, sin duda, todo un ejemplo de ética y moral que presuntamente dicen representar al considerarse un festival plenamente “antifascista”.

Pero dejando de lado las consignas políticas que el festival promueve, que me parecen vergonzosas, quiero ir más allá. Hablemos de los asistentes al mismo. De aquel público que viene a Villarrobledo durante una semana para disfrutar de este acontecimiento. No pretendo ser ofensivo con los organizadores, pero si Viñarock promueve el “antifascismo”, el “feminismo” y el “ecologismo”, lo mínimo que les pediría es que sean limpios, además de respetar el entorno y el medio ambiente. Vamos, que no dejen el pueblo repleto de basura por los alrededores.

Mucho dedicarse a hablar sobre ideología y el cambio climático, mientras los asistentes van oliendo a cuadras de caballos, mezclando olor de cannabis a la vez que depositan su basura por las calles de Villarrobledo. Aquí aprovecho para contaros, queridos lectores, una anécdota que viví durante este festival en el pasado: hace dos años, gente que formaba parte de los promotores del ‘Viña’ lanzó un cartel anunciando una macroorgía en medio de un barrio residencial. Sí, al aire libre, al lado del festival, aunque por suerte los vecinos conseguimos parar esa vergüenza teñida de libertad sexual.

En conclusión, como podéis observar, son muchos los motivos por los que estoy siendo crítico con un festival que es conocido en mi localidad; cada cual tiene el suficiente peso como para pedir y exigir de manera tajante su cese o, al menos, que se controle lo que hacen los que acuden al mismo, porque para que Villarrobledo pueda prosperar sin pasar vergüenza, los cambios deben producirse ya. No al Viñarock actual.

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