Dicen “cuerpo” y dicen “alma”, o “naturaleza» y «cultura”, o “materia” y “mente” (les parece que el primer par es algo religioso, católico, que debe ser abolido), como si se refirieran a cosas distintas. Son cartesianos, acaso sin saberlo: “para ser yo no necesitaba cosa alguna material ni cuerpo alguno en que me hallase”, afirmaba el filósofo que refundó el dualismo. Ellos afirman que uno puede sentirse hombre en el cuerpo de una mujer y viceversa. No les importa que para sentirse hombre o mujer tiene que haber antes hombre y mujer, algo que ha puesto de manifiesto en estas fechas un profesor de biología, por lo que ha sido castigado. Pero en su cabeza caben todas las peticiones de principio y todas las contradicciones.

A un ser que se siente XY en un XX, o al revés, le es forzoso, continúan diciendo, buscar el cuerpo en que acomodarse y, dado que la metempícosis les está todavía vedada y no hay otro cuerpo que el suyo, pese a Descartes, recurren a tratamientos hormonales y cirugías para hallarse a gusto en él, figurándose que lo han cambiado por otro. Pero son sólo figuraciones, por mucho que acuda en su auxilio la ley que ellos mismos redactan y promulgan, pues la ley no cambia la realidad.

Ellos, si pudieran, serían como Empédocles: “Recuerdo haber sido un matorral y un ave, una muchacha y un mudo pez en el agua”. Encarnarse a voluntad y capricho en una muchacha o en un joven, y, ya puestos, si borramos la línea que separa las especies en un ave o un pez. Son nuestros idealistas y espiritualistas actuales. Pero, por mucho que se empeñen, la red de ideas es la misma. No pertenece al alma, inexistente espíritu en la máquina, cambiar de habitáculo. Todas las células del suyo, unos cincuenta billones, están signadas por XX o XY. Contra esta sencilla realidad se estrellan sus pretensiones. Estos dualistas no comprenden que un ser humano es todo él cuerpo y todo él alma, porque, no siendo otra cosa el alma que la vida del cuerpo, no puede decirse que éste esté vivo en unas partes y no en otras. Pero dejemos esto.

El problema que se oculta cada vez menos en estas atrabiliarias ideas es mayor de lo que sus portadores sospechan. Es un problema que comenzó a mediados del siglo XIX, adoptó la forma de eugenesia y eutanasia, deseadas y programadas por todos los progresistas de entonces y eclosionó en toda su fuerza con las campañas biologicistas del nacionalsocialismo, pero los conocimientos de biología y las técnicas de aplicación de las mismas eran rudimentarias, a lo que se debieron las brutalidades sin cuento que todos conocemos, pero ahora está progresando la embriología, la biogenética, la biotecnología, etc., de modo que, mientras antes fue posible cambiar lo que el  dualista llama “alma”, es decir, sus convicciones, ideas, sentimientos e inclinaciones, mediante una dosis adecuada de mitos, ahora se vislumbra con claridad que es posible programar y cambiar el cuerpo, lo que genera mayor confusión y temor en muchos, porque parece alumbrarse una nueva era.

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