Estamos viviendo tiempos complicados. Esto es una perogrullada que no creo que nadie pueda rebatir. Desde nuestro sofá de casa, mientras vemos la última serie de moda, leemos en nuestro teléfono inteligente que el mundo que conocemos se tambalea y amenaza con desaparecer. Son tiempos complicados porque a esta terrible pandemia que ha sido capaz de que aceptemos reclusiones domiciliarias y de que cambien por completo nuestros modos de relacionarnos, se le ha unido el hecho de que tengamos los políticos más perversos de las últimas décadas.

Perversos, esa es la palabra. No son incapaces, ni poco preparados, ni tan siquiera ingenuos. Son perversos ya que lejos de querer proponer soluciones para mejorar nuestro día a día, a lo que se dedican es a sembrar tempestades entre los propios ciudadanos. Se les llena la boca de concordia, pero no para ponerla en práctica sino como cortina de humo que confunda y tape sus vergüenzas. El último ejemplo de esto que digo lo ha protagonizado la ministra de trabajo, Yolanda Díaz, y su propuesta de uso de la palabra “matria”.

Con unos nacionalismos cada día más fortalecidos, no sólo en España sino en toda Europa, el que un ministro proponga el uso de una palabra más inclusiva, tierna y amable para referirse a la nación o al estado me parece, en principio, una buena idea y es precisamente ese sentido en el que al menos va la defensa que hace Yolanda Díaz de su propuesta. Ella, al defender este concepto, ha hablado de tratar en España por igual a todas las partes, de no discriminar por causa de la lengua, ha defendido el diálogo. Ha abogado por una sociedad que no discurra entre términos identitarios sino de convivencia y de acogimiento. Esto a mí me parece perfecto, el problema han sido las reacciones perversas que han venido después.

Lo que inicialmente es una propuesta que nos une y nos permite acercar posturas, se ha convertido en horas, en un arma arrojadiza para alejarnos más. No ha tardado Juan Carlos Monedero en agitar la bandera de los hombres malos y las mujeres buenas, diciendo que “la patria (de «patrimonio», los bienes vinculados al páter familias) reclama la virilidad del patriarcado”. Si había alguna posibilidad de que la idea inclusiva que subyace en la palabra propuesta calase en la sociedad, le ha faltado tiempo a los agitadores para darle la vuelta al asunto y presentarlo como una lucha entre ciudadanos, en una cuestión sentimental de papá y mamá.

Tampoco ha faltado por el otro bando los que, con el mismo objetivo de confundir al ciudadano, juntan churras con merinas y nos presentan relaciones causa efecto que no hay por dónde cogerlas pero que sirven para desviar la atención de lo verdaderamente importante: Tratar de acercar posturas. De este modo Toni Cantó decía: Lideramos todas las tasas de paro de la Unión Europea. Y Yolanda Díaz, la ministra de Trabajo, preocupándose de lo importante. Abandonar el concepto Patria y trabajar en el concepto ‘Matría’. No sólo es perfectamente posible preocuparse de ambas cosas, sino que puede que una mayor paz social invitase a las empresas a asumir riesgos y contratar más personal. Y esta es la cruda realidad.

Nuestros políticos se empeñan en dividirnos, en enfrentarnos e incluso cuando aciertan, ya se encargan de estropearlo todo.  En nuestra mano está cambiarlo, en definitiva, a ellos les votamos nosotros.

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