Cultura

No mates la ilusión

En este mundo que se ha convertido en una jaula de grillos histéricos, llevar a los niños a ver la Cabalgata de Reyes es un acto de heroicidad y una declaración de principios. Pasas frío, está a reventar, pero tú sólo observas la cara de tu niño cuando la gente grita porque ya se acerca la carroza del primer Rey. Bien, pues todo esto, a la gente que gobierna en muchas ciudades y cuyos principios son amargar la vida a otros seres humanos, les revienta. 

Ellos empiezan con el manido discurso de poner en entredicho la figura de Jesús, ahora bien, te juran por lo más sagrado que Mahoma existió, así sin despeinarse. Luego que, si no eran Reyes, las fechas no les cuadran, la Biblia miente, según ellos, pero el Corán no. Y uno se pregunta ¿qué clase de infancia sufrieron? Quizás una con padres dándole al porro, machacando el capitalismo, negando juguetes al niño mientras ellos se compran farlopa de la buena. Y de aquellos barros… estos lodos. Gente sin ilusión a la que la Navidad le repatea. Sin embargo, babean con cualquier acto que lleve a cabo otra religión.  

Afortunadamente, la Navidad se celebra en medio mundo y la “ilusión” de millones de niños está garantizada a pesar de los aguafiestas. Padres que buscan juguetes con los que ver sonreír a sus hijos. Es por ello que no puedo dejar de recordar con el alma rota a todos esos otros niños explotados en las minas, vendidos al tráfico sexual o de órganos. Tampoco a aquellos otros que rebuscan en la basura todos los días contagiándose de enfermedades que los matan. Ellos nunca conocerán la Navidad, ni sabrán lo que es un Rey Mago. 

Debemos sentirnos agradecidos por poder proporcionar a nuestros hijos esa ilusión; la alegría del regalo, ver sus caritas y su inocencia al pensar que el Rey entró por el balcón, tan sólo para dejarle un paquete con su nombre. Si educamos a niños duros, descreídos y fríos, posiblemente, tengamos adultos psicópatas, crueles, rencorosos y tristes. Abrazad mucho a los nenes, protegedlos mientras también les enseñáis a defenderse de un mundo que, como los monstruos de los cuentos, quiere robarles la ilusión. A fin de cuentas, todos seguimos siendo niños en el fondo de nuestro corazón. 

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