Estimados y queridos lectores, como podéis comprobar, me he pasado al modo epistolar. Hay que estar actualizados, aunque no tanto como para adoptar el modo lastimero y victimoide el cual se ha colado legal e indecentemente en nuestras vidas, sin que demos crédito a lo que inusitadamente nos está ocurriendo. Eso sí, por carta.

Para ocurrencias, ya tiene una cohorte de galvanos vengadores que, cada minuto que pasa, nos ponen entre las cuerdas. Estrategas sí que son, porque saben tocar las teclas que conducen melodiosamente al degolladero. Cuando el diapasón desafina cambian rápidamente de clave -opinión- y vuelven a flotar sobre un magma cenagoso y movedizo que toda la fuerza de la razón no es capaz de absorber. Inteligencia política, dicen muchos, cuando sobrevuela por todas sus culpas, como si con otros fuera la cosa.

España, como nación unida, se va al garete, defendida secularmente y ahora fiel reflejo de las políticas más impúdicas que pudimos imaginar. Amigos, si algunos me concedéis el honor de leer mi reflexión, habréis reparado en mis reparos que solo serán reparables cuando toda esta serie de políticos, que nos llevan a mal traer, se hayan diluido tirando de la cadena. Nuestros vecinos Schengen, salvo alguna excepción, dejan en pañales a Pilatos. La excusa, no tener Ley ni licencia para inmiscuirse. ¡Qué cosas, oye! Pues yo os digo que sí, que se pueden hacer y que vayan remojándose las barbas. Nuestros territorios no tienen fronteras y el mal tampoco.

Les sigo diciendo, no a ellos, sino a mis queridos lectores, que con su pan se lo coman, que para qué sirve una carta, sino para comunicar o comunicarse y la palabra escrita tiene mucha fuerza porque encierra verdades. No me vale mirar para otro lado; la opinión es libre y exponiéndola correctamente llega muy lejos. Pero claro, deberían ser muchas como dije antes. ¿Dónde están? Qui lo sa.

Bueno, sigo con mi carta algo longa, pero como tampoco me prodigo demasiado, me explayo y, en todo caso, siempre podréis no leerme. Lo realmente cómplice de tanto desmán, llama azar. Les paren los machos, con una economía inflacionista donde no podemos tirar, el Gobierno de la Nación llena las arcas para seguir comprando… voluntades, entidades, sentires y pesares.

Cuando los trenes fallan más que una escopeta de feria, los Falcon van como una seda. Los trabajadores ya no están en el paro, sino que son fijos discontinuos… y cuando el nepotismo es tan visible y descarado, escriben cartas lacrimosas echando las culpas al primero que pasaba por allí. Sin más, espero que, al recibo de esta, estéis todo lo bien que yo os deseo. Yo bien, pero como veis, preocupada. ¡Ah! Mis disculpas por haberos robado vuestro precioso tiempo.

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