España

Reseñas falsas y bots: el acoso ideológico de la izquierda radical

Lo que estamos viendo últimamente por tierras gallegas con el BNG y la ultraizquierda en general ya no es activismo digital, sino acoso ideológico de lo más organizado. Sin duda, han cruzado una línea roja que jamás debería rebasarse en nombre del Estado de derecho en el que nos encontramos.

De la propaganda producida a través de las redes sociales que podemos encontrar en este mundo de las redes sociales han pasado a algo muchísimo más grave: la persecución económica y reputacional de quienes no se arrodillan ante su dogma ideológico.

Cuando un restaurante, un negocio o un autónomo no comulga con su manera de ver el mundo, aparece la maquinaria opresora para señalarlo: reseñas falsas, campañas coordinadas y linchamientos digitales a raudales. No para debatir o discrepar desde el respeto, tampoco para convencer, sino para castigar por no pensar como ellos. Porque su fin es arruinar al disidente metiéndole miedo.

Esto no trata sobre libertad de expresión, sino autoritarismo de manual disfrazado de una supuesta superioridad moral. La izquierda radical, aquella que presume de ser demócrata, actúa como la policía del pensamiento: si no piensas como ellos, terminas señalado. Si no repites su discurso, el hundimiento se hace presente. Y todo ello desde la comodidad del anonimato, lanzando hordas de bots, porque dar la cara nunca ha sido su fuerte.

El BNG, en lugar de denunciar este tipo de actuaciones, se dedica a mirar hacia otro lado —y eso cuando no aplaude—,mientras su ecosistema digital convierte las redes sociales en un campo de batalla sucio, donde vale todo con tal de imponer su agenda ideológica. No es militancia, sino fanatismo. No es justicia social, sino puro matonismo político.

Ya está bien. La discrepancia no se combate con sabotaje. La democracia no se defiende arruinando a quien piensa distinto. Y quien utiliza estas prácticas no es progresista: es profundamente antidemocrático. Que nadie se engañe: hoy son reseñas falsas. Mañana puede llegar a ser otra cosa. Porque cuando el radicalismo se normaliza, la libertad siempre es la primera víctima.

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