Cultura

No nos dejan defendernos, ¿acaso es que no debemos hacerlo?

Vivimos en tiempos extraños, donde defenderse parece haber pasado de moda. Nos enseñan que “ponerse a la defensiva” es de mal gusto, que lo correcto es “mantener la calma” y que hay que “ser superiores”, aunque te estén pisoteando. Curioso, ¿verdad? ¿Desde cuándo permitir que te usen como felpudo es señal de grandeza o madurez emocional? Porque, si somos honestos, defenderse no es violencia; es supervivencia y, más aún, es un acto de dignidad.

Piénsalo: consiguen explotarte en el trabajo pagándote mal. Te menosprecian y tú, por no “causar problemas”, lo aceptas. Pero un día decides hablar, marcar tu terreno. ¿Qué sucede entonces? De repente, el problema eres tú. Claro, claro… el que alza la voz siempre resulta ser el “conflictivo”. Porque lo cómodo para el sistema es aguantar y que te adaptes, que sonrías mientras este te exprime. Pero déjame decirte algo: si no marcas límites, el abuso se convierte en norma. Hoy te ningunean, mañana te ignoran y pasado ni siquiera recuerdan tu nombre.

Defenderse no es andar peleando por la vida, sino simplemente no dejarse devorar. Es no bajar la cabeza cada vez que alguien se beneficia de tu pasividad. Es trazar una línea y decir: “Hasta aquí”. Esa línea, por si no lo sabías, es sagrada. Porque, detrás de ella, está tu valor, tu dignidad. Y defender lo que es tuyo no es egoísmo, es sentido común.

Seguro que esta historia te suena, ¿verdad? La hemos vivido todos… y no solo una vez. Ese momento en que sientes que es hora de decir basta, aunque acaben tachándote de problemático. Porque, al fin y al cabo, poner límites no es otra cosa que una declaración de amor propio. Y sí, a veces esa declaración incomoda a quienes están demasiado cómodos a costa de tu silencio.

¿Te has fijado cómo, en muchas ocasiones, los que abusan se presentan como los más tranquilos del lugar? La falsa calma de quien nunca tiene que defenderse porque ya tiene el control. Esa espiritualidad mal entendida que nos predica que lo correcto es «dejarlo pasar». Perdona, pero no. No te engañes: quien no se defiende se borra. Pierde su voz, su respeto y, finalmente, su lugar en el mundo.

Nuestro cuerpo y nuestra mente están diseñados para protegernos. Forma parte de nuestra biología, de nuestra esencia más primitiva. No es cuestión de vivir con una armadura, pero tampoco de caminar desarmado entre lobos. Defenderse es justicia personal, no un signo de debilidad. Y si esa justicia incomoda, que así sea. Que incomode. Ahora dime: ¿qué prefieres? ¿Ser el que acepta y calla o el que defiende lo que es suyo? Porque, aunque te llamen conflictivo por no agachar la cabeza, la verdad es que, si no te defiendes, nadie lo hará por ti. Y cuando lo piensas bien, la respuesta es evidente.

La rabia no nace de defenderse. La verdadera rabia viene de no haberlo hecho a tiempo, de haber tragado demasiado, de haber aguantado en silencio hasta el punto de ebullición. Y, claro, cuando explotas, la culpa es tuya por no haber sabido “gestionar tus emociones”. No, la culpa está en haberte dejado pisotear hasta llegar al límite. Si a los demás les molesta que marques tu terreno, ese es su problema, no el tuyo. Porque tú sigues adelante, con la cabeza alta, sabiendo que no has dejado que te roben lo más importante: el respeto por ti mismo. Poner límites no es perder, es ganar en silencio, y esa es la mayor victoria que puedes reclamar.

Así que la próxima vez que te digan que te calmes, que «no merece la pena», que «lo dejes estar», no los escuches. Marca tu límite. No estás en este mundo para ser una víctima, sino para vivir con dignidad, para reclamar lo que te pertenece. No te quedes callado mientras otros deciden por ti. Porque si tú no te defiendes, nadie lo hará. Hoy es el día en que decides dibujar esa línea y dejar claro que aquí, en este punto, es donde termina el abuso y comienza tu libertad.

Ver comentarios

    • Decir tu verdad no siempre te lleva al éxito, cierto. A veces te lleva al exilio, al vacío, al silencio incómodo donde ya nadie te aplaude… ni te utiliza. Porque cuando dejas de decir lo que los demás quieren oír, dejas también de ser funcional a su relato. Y claro, el premio a veces no es una medalla, sino la invisibilidad.

      Pero te diré algo: el anonimato no es fracaso. Fracaso es vivir aplaudido por decir lo que no sientes. Fracaso es encajar tan bien que te pierdes. Fracaso es triunfar en un escenario que no es tuyo, repitiendo un guion que no escribiste tú.

      Decir tu verdad no siempre te lleva al éxito... pero siempre te lleva a ti. Y si tú no estás en lo que haces, en lo que dices, en lo que defiendes, entonces da igual cuántos te miren: no estás. Y eso sí que es desaparecer del todo.

      Así que sí, puede que tu verdad te deje solo… pero nunca vacío. El precio de la autenticidad no es bajo, pero el de la autocensura es altísimo: cuesta el alma.

      Y entre ser famoso por mentirme o anónimo por ser yo, elijo el silencio… pero con dignidad.

      Gracias Susana.

  • ¿Cómo podemos defendernos si nos están impidiendo hacerlo?

    Enter:

    • Una gran pregunta… tan necesaria como reveladora. Porque si ya estamos preguntando cómo, es que el sistema ha hecho bien su trabajo: domesticarnos con sonrisas, adiestrarnos con miedo, y convencernos de que la dignidad debe presentarse con cita previa.

      Pero vamos a ver, ¿desde cuándo defenderse requiere permiso? ¿Quién nos metió en la cabeza que hay que pedir autorización para decir basta? Porque eso no es madurez, eso es sumisión con vaselina.

      No te dejan defenderte porque no les conviene que lo hagas. Porque si tú hablas, se rompe el hechizo. Porque si tú te plantas, se les cae el chiringuito. Así que claro que no quieren que te defiendas: les sale más rentable tu silencio que tu coraje. Pero que no quieran, no significa que no puedas.

      ¿Y qué haces entonces? Pues lo haces igual. Sin pedir perdón, sin dar demasiadas explicaciones, sin bajar la voz para que no se ofendan. Te defiendes con hechos, con decisiones, con límites que no necesitan pancarta. Te defiendes sin ruido, pero con determinación. Porque a veces, lo más escandaloso es simplemente decir “hasta aquí”.

      Te llamarán conflictivo, exagerado, loco, radical. Perfecto. Porque cuando uno empieza a defenderse, empieza también a incomodar a quienes se aprovechaban de su docilidad. Es ley de vida: el que empieza a amarse, empieza a molestar. Y eso es buena señal.

      Así que, si no te dejan defenderte, hazlo igual. Porque no es una opción, es una necesidad. Una urgencia de esas que se notan en el estómago. Y si hay que elegir entre caer bien o sostenerse en pie, elígete a ti. Sin pedir permiso. Sin culpa. Con la cabeza alta y la línea bien dibujada.

      Gracias Archieboalf

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