Han pasado tres semanas desde que se paró de lleno la vida de cientos de miles de valencianos. Tres semanas que, en muchos casos, han transcurrido como una eternidad entre dolor y fango, y en otros tantos, como un solo instante en el que vieron cómo lo perdían todo. Mientras, el resto de España no debemos olvidar esto, porque el mundo sigue girando y las noticias de actualidad van ocupando cada vez más tiempo en el telediario y más páginas en los periódicos, dejando al pueblo valenciano relegado a una nota a pie de página. Pero nosotros no podemos seguir con nuestra vida sin recordar, sin ayudar y sin poner voz a todas esas personas que todavía siguen pidiendo auxilio.
Por su parte, nuestra clase política sigue en la lucha de quién actuó ‘menos mal’. Ilusa de mí, pensé que, en este caso, la población estábamos muy por encima de ellos y, al igual que organizamos mejor la ayuda y vimos a todos los voluntarios unidos, estaba convencida de que, posteriormente, sabríamos a quién reclamar responsabilidades y que también lo haríamos como un pueblo unido. Pues nada más lejos de la realidad. Una vez más, la izquierda de este país se ha centrado únicamente en controlar el relato y expandirlo a través de todas sus herramientas: desde periodistas afines hasta campañas publicitarias en redes sociales para que, hasta el último joven que sube fotos a Instagram, viera un anuncio del PSOE explicando la competencia que tiene Mazón como presidente de la Generalidad Valenciana.
Hubiera estado bien que, por una vez, se antepusieran a sus siglas, trabajaran juntos y demostraran algo de humanidad y esa búsqueda del interés general que, en teoría, es para lo que deberían estar. Pero, cuando, en lugar de emplear recursos para los ciudadanos afectados, los empleas en campañas de publicidad, se demuestra lo que te preocupa. En cuanto a marketing, hay que reconocerles que son los mejores, porque hace mucho tiempo que dieron por perdido cualquier atisbo de moralidad y límite ético si estos juegan en contra de su interés político.
Como consecuencia de todo esto, nos encontramos nuevamente con un país más dividido que nunca, en el que ni una desgracia como la que nos ocupa ha conseguido destruir los dos bandos. Porque, mientras una parte del país pide responsabilidades a todos y cada uno de los políticos y altos cargos que, debiendo actuar, no lo hicieron o lo hicieron mal, otros, siguiendo ese discurso que se emite desde la Moncloa, preguntan primero cuál es el partido para, posteriormente, manifestarse solo contra los que no son de los suyos.
Lo más triste de la situación es que la división no se ha quedado ahí, sino que esa parte del país que se fija primero en las siglas del partido se ha dedicado a hacer la misma distinción con la ayuda. De forma que se ha pasado a señalar y a criticar la ayuda según su procedencia: si venía de una asociación afín a un determinado partido político, de youtubers según su residencia fiscal, de influencers según su ideología o de grandes empresarios únicamente por pertenecer a ese gremio.
Me gustaría saber, según esos supervisores de la moral progresista, qué esperaban que hicieran los valencianos con la comida que les hacían llegar los jóvenes de Revuelta, cuando fueron de los primeros en llegar, o qué quieren que hagan los trabajadores de Mercadona a los que Juan Roig les va a pagar hasta el patinete. Porque, si esperan la ayuda del Estado, tenemos como ejemplo a los afectados de La Palma, que siguen viviendo en contenedores. Por tanto, si las deficiencias en el funcionamiento del Estado evidenciaban un estado fallido, las actuaciones posteriores de según qué parte del país son, bajo mi punto de vista, un síntoma de una población tremendamente polarizada y sectaria, con una nula capacidad de crítica y que sigue la política como si se tratase de su equipo deportivo, lo que supone un gran problema tanto para superar las adversidades como para mejorar y evolucionar como sociedad.
A pesar de esto, sigo siendo optimista y confío en que cada vez más gente está abriendo los ojos y saliendo de esa masa manipulada constantemente por unos y otros, que son conscientes de que no pueden confiar su vida a un grupo de políticos que solo se preocupan por mantener su sillón una legislatura más, y que el futuro lo tenemos que construir nosotros, trabajando juntos, escuchando al que piensa distinto, porque nos aportará una nueva perspectiva que ayudará a ampliar nuestra visión y, lo más importante, que no somos enemigos, que no hay que dividirnos con un muro que deje fuera a más de la mitad del país, porque todos nos necesitamos. Así, y solo así, llegaremos a ser un país mejor.
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