La observación se presenta como una herramienta de aprendizaje excepcional. En este contexto, he estado analizando las interacciones que se llevan a cabo en diversas organizaciones sociales para contar con un espíritu crítico más que necesario. El ser humano, inherentemente gregario, tiende a agruparse por motivos religiosos, sociales, políticos y profesionales.
En estos contextos, los individuos que se unen comparten, en mayor o menor medida, una escala de valores semejante, a pesar de que las motivaciones de cada individuo puedan variar con el paso del tiempo y los vínculos establecidos. Personalmente, cuento con varios lemas que guían mis conductas y acciones: “No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti” y “Cumple siempre lo que hayas prometido”. Este último encapsula el resto de los principios que fundamentan mis motivaciones, ya que se trata de un compromiso con la integridad y la responsabilidad.
Cuando se establece una organización, independientemente de su naturaleza o propósito, los fundadores forman un sistema normativo que otorga estructura, estableciendo reglas e instituyendo mecanismos para su cumplimiento, a la vez que se promueve la autorregulación. Esta estructura normativa, junto con los órganos designados para hacerla efectiva, es lo que los nuevos integrantes aceptan al unirse y lo que deben acatar durante su permanencia en dicha organización.
Sin embargo, si los miembros, durante el tiempo en que se beneficiaron del respaldo de la organización, se sintieron cómodos bajo su proyección, pueden experimentar descontento una vez que perciben que ese “paraguas” se ha cerrado. En tal caso, las normas que previamente aceptaron pueden que ya no les resulten satisfactorias. La organización, de por sí, es un ente vivo y dinámico, sujeto a cambios y a las condiciones del entorno en el que opera, lo que inevitablemente terminará afectando a sus integrantes.
Estos cambios, salvo en contadas excepciones, tienden a ser difíciles de aceptar, motivo por el cual pueden generar desafección entre aquellos impactados. La reacción ante este descontento social puede gestionarse de dos maneras: constructivamente, agradeciendo la oportunidad con su vida, o de forma destructiva, manifestando su descontento de manera ostensible, llegando a un punto en el que a veces puede perjudicar incluso a la imagen de dicha organización.
Peor aún es cuando, tras haber mostrado abiertamente su descontento, un miembro intenta cambiar las reglas del juego en función de sus intereses. Si la organización, que cuenta con mecanismos para hacer cumplir las normas, decide no aplicarlos, sobre todo, ante la falta de disciplina ante un desacato manifiesto, puede dar la sensación de que se están incumpliendo conductas sin consecuencias. Esto podría llevar a otros a pensar que están “haciendo el primo”, lo que eventualmente desembocaría en el desgaste de la paciencia del individuo por seguir cumpliendo las normas o incluso en su decisión de abandonar la organización, ya que deja de ser, bajo su criterio, un entorno seguro.
Por otro lado, me genera bastante desconfianza observar la existencia de un absceso infeccioso que no recibe tratamiento alguno, que no se drena ni tampoco se aborda, enviando al paciente a casa con la misma “infección”. ¿Qué consecuencias creéis que podría enfrentar el paciente si persiste con una infección tan grave sin recibir la atención adecuada? Es probable que, si este apela al sentido común y al instinto de supervivencia, busque un nuevo médico que le proporcione el tratamiento necesario para curarse. Sin embargo, en el desafortunado caso de que, por confianza o por ser su médico de toda la vida, decida confiar en él, podría enfrentarse al agravamiento de un absceso debido a no ser tratado en el momento. Es peligroso elegir mal a ciertos acompañantes a lo largo de nuestra vida, ya que esto puede resultar letal para los negocios, las relaciones personales e incluso para la salud física o mental del individuo.
Siempre se ha dicho que: “agua revuelta, ganancia de pescadores”, y hay quienes incluso son muy hábiles en las artes de pescar en aguas turbulentas, creando ellos mismos esos remolinos o llevando su embarcación con destreza a tales corrientes. Ya se sabe que quien provoca el desorden, a menudo, se beneficia de él. Existe una frase que popularmente se le atribuye a Maquiavelo que dice: “quien, para evitar la guerra, evita el desorden, tendrá el desorden y después la guerra” … y viene a decirnos que, quien para evitar confrontar un conflicto, elude el problema que lo genera, tiene el conflicto y sigue teniendo el problema.
Un tenista que participa en un torneo como el de Wimbledon es consciente en todo momento de que debe incluir en su equipaje una raqueta, ya que es su herramienta de trabajo y forma parte de las normas de la competición para poder disputarla. Si tiene una en su haber, podrá participar sin problema, pero en caso de no tenerla, el juez de silla le indicará que no puede participar en el partido. De la misma manera, un juez en un tribunal debe portar la toga y, para que los abogados puedan comparecer ante él, también deben vestirla. Si el juez no se presenta debidamente ataviado al subir al estrado, ¿con qué autoridad moral podría reprender al abogado que no lleve la toga? Si no cumplimos con las reglas, no podemos exigir su cumplimiento en los demás.
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