Iryna Zarutska había llegado a Estados Unidos procedente de Kiev, su ciudad natal, aproximadamente hace dos años. Antes de que la arrebataran la vida, contaba con 23 años y un sueño: convertirse en veterinaria. Pero, desgraciadamente, su vida terminó truncándose a causa de un crimen sin sentido, a más de 8.000 kilómetros de su hogar, por cometer un único error: encontrarse en el lugar equivocado, en el momento equivocado, y darle la espalda a un criminal reincidente; uno más de tantos que deambulan libremente por las calles de cualquier ciudad del mundo.
Perdió la vida en otro estercolero multicultural, sola en un vagón de tren. Era la única mujer blanca entre los pasajeros presentes. Su asesinato quedó registrado por las cámaras de seguridad, mientras los demás pasajeros -todos del mismo color de piel que su agresor- observaban todo con pura indiferencia. Nadie intervino. Nadie se dedicó a socorrerla mientras la vida se le escapaba en cuestión de segundos. La muerte llegó en silencio, con lágrimas en los ojos al comprender, demasiado tarde, lo que estaba ocurriendo: murió en un entorno marcado por la suciedad, la deshumanización y la apatía. Nadie reaccionó en absoluto. Su sufrimiento fue presenciado con la misma frialdad con la que se mira un video banal a través de las redes sociales.
Sin duda, el crimen contra Irina resulta ser tan espeluznante y brutal que debería haber despertado conciencias entre los pasajeros… pero no lo hizo. No ha habido manifestaciones masivas, ni rodillas hincadas en tierra, ni se erigirán estatuas en su honor, como sí ocurrió con el delincuente George Floyd: aquel indeseable que, bajo los efectos del fentanilo, encañonó a una mujer embarazada para, posteriormente, dedicarse a atracar una tienda a punta de pistola, antes de morir durante una intervención policial.
¿Cuál es la diferencia entre sendos casos? Iryna Zarutska era blanca, europea, y su asesinato no genera beneficios económicos. La muerte de Floyd activó la maquinaria del movimiento Black Lives Matter, que fue convertido en dogma cultural porque encajaba con el relato del racismo sistémico: una narrativa útil para dividir, controlar, sembrar odio y discordia y, por supuesto, transformarse en un negocio que genera beneficios millonarios.
La verdad incómoda es que unas muertes son convertidas en banderas para enarbolar con la más mínima excusa, aprovechándolas para sembrar el caos en las calles, saquear comercios y jalear proclamas aprendidas, mientras que otras quedan en el olvido, no por justicia, sino por rentabilidad política. Lo cierto es que a Iryna la han matado dos veces: una, a puñaladas, y otra, con la indiferencia de una sociedad que selecciona qué vidas valen la pena y cuáles deben ser archivadas en silencio. El relato perfecto de la hipocresía mediática y política.
Lo único que nos puede dejar tranquilos es que haya ocurrido en Estados Unidos y que el criminal recibirá su castigo. Si este crimen hubiera sucedido en España o en cualquier otro país europeo, nadie hablaría de él, los medios lo silenciarían y blanquearían al asesino, disculpándolo con la excusa de los problemas mentales… Mañana estaría olvidado, como el caso de la niña de Igualada, la de Torre Pacheco, la que recientemente fue quemada viva, como las miles de niñas a las que nadie da voz en Reino Unido, y un sinfín más de casos que suceden a diario y que los medios se empeñan en ocultar. Que sus nombres nunca caigan en el olvido.
Yo aún era de izquierdas cuando Zapatero en 2010 tuvo que adelantar elecciones porque no…
Hay algo deliciosamente contradictorio en nuestro tiempo. Nos alarma la posibilidad de que alguien examine…
En las sociedades democráticas contemporáneas, pocas cuestiones generan tanta controversia y se convierten en ojo…
Estamos entrando a la recta final del año 2026. En estos dos milenios ha sucedido…
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Gracias por este sentido homenaje
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