Cultura

La IA o la Ley del Mínimo Esfuerzo

La gran mayoría de las personas que habitamos el planeta Tierra, en algún momento de nuestras vidas, hemos visto imágenes y videos modificados mediante inteligencia artificial. Seguramente, a más de uno se le habrá escapado una sonrisa, una carcajada o un gesto de asombro al contemplar contenido asociado a esta tecnología a través de sus ordenadores, móviles o tabletas.

La inteligencia artificial, también conocida como IA, es una herramienta que puede resultar muy útil e incluso cómoda de usar. Solo tenemos que pulsar un botón después de escribir una frase o hacer una petición, y la aplicación se encarga de desarrollar lo que deseamos, satisfaciendo así todas nuestras necesidades

Claro que, en sí misma, la inteligencia artificial resulta maravillosa… hasta que nuestros hijos y nietos dejen de leer porque ya tienen hecho el resumen del libro o el trabajo que les han encargado en el colegio o instituto con solo pulsar una tecla. ¡Qué graciosos son esos videos en los que ponen voz a animalitos y bonitos paisajes… hasta que empiecen a hacerlo con vosotros y conmigo! ¿Qué sucederá entonces cuando, mediante la tecnología, alguien nos atribuya palabras que en ningún momento hemos pronunciado?

Los avances desarrollados mediante la IA son muy útiles, eso no lo voy a negar en este artículo, pero siempre que la sociedad la utilice de manera dosificada, evitando acostumbrarnos a que una máquina haga todo por nosotros. Porque decidme: ¿estáis completamente seguros de que lo que veréis o escucharéis en el futuro será real, u os generará dudas como a mí?

Según un estudio previo de la multinacional Microsoft y diversos artículos científicos sobre inteligencia artificial, esta tecnología influye en nosotros, en nuestro pensamiento crítico y en la toma de decisiones. De acuerdo con lo que señalan, aproximadamente dentro de diez años, la capacidad para pensar en conceptos complejos, los rasgos mentales y el bienestar emocional se verán afectados, al igual que la empatía, la moralidad y nuestra forma de tomar decisiones.

Dicho de otra manera, las herramientas asociadas a la inteligencia artificial podrían generar en los seres humanos una gran dependencia, impidiendo el desarrollo de nuestra creatividad y también de nuestra capacidad para resolver problemas, como ocurría antes. Por eso, considero más que necesario regular su uso, además de dosificarlo para mitigar sus efectos negativos.

Hace unos meses se realizó un experimento con estudiantes de cinco universidades de Boston, Estados Unidos, divididos en tres grupos: uno que utilizaba ChatGPT para hacer sus tareas, otro que recurría a Google, y un tercero que apelaba únicamente a sus propios conocimientos. Durante cuatro meses, midieron la actividad cerebral de los participantes mientras escribían, y comprobaron que el primer grupo, el que usaba ChatGPT, no recordaba lo que acababa de escribir. De hecho, por increíble que parezca, el 83 % no pudo citar ninguna frase de sus ensayos, mientras que los otros grupos no tuvieron ese problema.

En resumen, la inteligencia artificial nos afecta directamente a las personas. Para ser exactos, impacta en el hipocampo del cerebro, impidiendo la correcta codificación de los recuerdos; además, la corteza prefrontal deja de funcionar plenamente, lo que compromete nuestra capacidad de planificación. Pero esto no es todo: lo más preocupante es que, aunque se deje de utilizar la IA, los «músculos mentales» atrofiados difícilmente terminarán recuperándose, a menos que se realicen ejercicios cognitivos durante varios meses. Y aun así, no hay garantías de que todo vuelva a su lugar.

Así que, podéis llamarme anticuada, pero prefiero la naturalidad del ser humano. La imperfección nos hace perfectos, y prefiero sentirme imperfecta pero sin que las tecnologías alteren mi capacidad de pensar, reflexionar, investigar y expresarme por mí misma. Porque eso es lo único que, en el futuro, nos distinguirá de las máquinas; lo único que seguirá haciéndonos humanos, con nuestros defectos y virtudes, pero llenos de pasión y sentimientos.

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