España

Pensionistas contra jóvenes: la estafa electoral del Bipartidismo

España es un país secuestrado por el voto gris. Los pensionistas se han convertido en el electorado mimado de los grandes partidos: PSOE y Partido Popular. Ambos, aunque debatan en el Congreso de los Diputados, comparten un mismo mantra: subir las pensiones cada año y blindar privilegios para asegurarse el voto del colectivo más fiel en las urnas. Y, mientras tanto, los jóvenes quedan relegados a la precariedad; sin vivienda, sin salarios dignos y sin horizonte.

El PSOE saca pecho cada año a base de titulares del tipo: “Las pensiones subirán, según el IPC, garantizando el poder adquisitivo de los mayores”. ¿Y qué pasa con los sueldos de los chavales? Nadie habla de una revalorización automática de los salarios mileuristas. Nadie garantiza que los jóvenes puedan emanciparse antes de los 30. Nadie les asegura un alquiler que no se lleve el 70 % de su sueldo.

Por su parte, el Partido Popular finge ser el partido de la responsabilidad, pero en la práctica hace exactamente lo mismo: blindar a los pensionistas con el fin de no perder su voto. Porque lo saben muy bien: los jóvenes votan poco y, cuando votan, lo hacen divididos, cosa que contrasta con los jubilados, que acuden en masa a las urnas… y esa disciplina es oro para cualquier partido que pretenda gobernar un país; en nuestro caso, España.

Los datos son claros: en la última década, los pensionistas han visto cómo sus ingresos reales han ido mejorando gracias a las subidas vinculadas al IPC y a múltiples servicios subvencionados -transporte, medicinas, ocio…-. En cambio, los jóvenes han heredado un mercado laboral de basura, una tasa de emancipación que supera los 29 años, una natalidad por los suelos y un acceso a la vivienda convertido en misión imposible.

Y, mientras tanto, surge una nueva categoría social que retrata mejor que ninguna otra el fracaso nacional: los ninis. Jóvenes y no tan jóvenes, que ni estudian ni trabajan. Al principio, el fenómeno se explicaba por la precariedad, la falta de oportunidades y la desmotivación. Pero hoy, muchos ninis ya rondan los 35-40 años y han hecho del “no hacer nada” un modo de vida. Dicen que los explotan, que los sueldos son indignos y que no vale la pena trabajar por mil euros. Y puede que, en parte, tengan razón, pero, mientras tanto, viven de la familia, de las ayudas públicas o de cualquier subsidio que se cruce por su camino. España, el país donde algunos se jubilan con 65… y otros lo hacen sin haber trabajado jamás.

El país ha creado una generación frustrada y otra instalada en la queja. Una mitad se deja la piel por sobrevivir en trabajos precarios y la otra ha decidido que, total, mejor no moverse: ¿para qué, si el Estado y mamá siguen pagando las facturas? El resultado es demoledor: una juventud sin presente, dividida entre los explotados y los resignados, mientras los políticos se reparten el mérito de seguir “protegiendo a nuestros mayores”. Y la pregunta del millón: ¿quién sostendrá el sistema de pensiones cuando estos mismos jóvenes, hoy con contratos basura -o sin contrato alguno-, lleguen a viejos? La respuesta es clara: nadie. Porque un país que ahoga a sus jóvenes mientras soborna con privilegios a los pensionistas está cavando su propia tumba.

El problema no es que los mayores vivan bien -faltaría más-; el problema es que los políticos han hecho del pensionista un cliente electoral, mientras los jóvenes son tratados como ciudadanos de segunda. El PSOE los compra con subidas garantizadas; el Partido Popular hace exactamente lo mismo, aunque lo disfrace de responsabilidad económica. La izquierda y la derecha se diferencian en el discurso, pero en lo esencial están de acuerdo: asegurar el voto de los que ya vivieron, aunque eso signifique arruinar el futuro de los que intentan construir la suya.

España está hipotecando su futuro por puro cálculo electoral. No hay proyecto de país, solo hay estrategia de campaña. Se protege a quienes ya disfrutaron su vida y se abandona a los que tienen que empezar a vivir la suya. Los ninis son el espejo más humillante de esa traición generacional: jóvenes desenganchados, unos por desesperanza y otros por costumbre, convertidos en el retrato perfecto de un país que ha perdido la ambición. Y lo más triste de todo es que, si los jóvenes no reaccionan, este círculo vicioso se repetirá elección tras elección hasta que ya no quede nada que repartir. Porque, al final, la realidad es esta: PSOE y PP han convertido a los pensionistas en su mina de votos y a los jóvenes en carne de precariedad.

Nuestro país camina directo hacia su propio suicidio demográfico: jubilados felices, ninis eternos y políticos brindando por su “gestión responsable”. Un país donde trabajar no compensa, estudiar no sirve y protestar no cambia nada. Pero, tranquilos: mientras haya pensiones y fútbol, la revolución puede esperar sentada.

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