Puede ser que, con la edad, las mujeres nos volvamos más susceptibles a las atenciones de determinados hombres y, aunque nos moleste que un chico joven nos llame “señoras” o decida cedernos el asiento, sonreímos satisfechas por el trato amable y la caballerosidad. Sin embargo, desde hace unos años, colectivos de mujeres -normalmente poco agraciadas y vestidas como para hurgar en un contenedor- le han declarado la guerra a los hombres amables que deciden tratarnos como princesas.
Para ellas es un insulto que te abran la puerta, te cedan el paso o te ayuden ofreciéndote el brazo, por ejemplo. Eso sí, si se les pincha una rueda en medio de la nada y no saben cambiarla, rezan a San Reparador de todos los santos para que aparezca el hombre que las ayude y las saque del apuro. Raro pensamiento este, de creer que porque alguien tenga detalles contigo te esté infravalorando o piense que eres débil.
Y yo me pregunto: ¿acaso estas mujeres se criaron con energúmenos que las maltrataban o despreciaban y al lado de madres débiles o apáticas? Ese odio, siendo tan joven, tiene que provenir de traumas infantiles no resueltos; de lo contrario, no se comprende. Hay una corriente actual, peligrosa y dañina, que trata de enfrentar a hombres y mujeres como si se hubieran declarado la guerra.
Normalmente, las mujeres bien educadas aceptan al hombre sin exigirle que no las traten bien, con cariño. Ellas no necesitan reivindicar la igualdad, se sienten iguales y, si el chico muestra el deseo de agradar, lo aceptan o no, sin salir a la calle con tambores, el pelo morado o los pechos al aire.
Quizás todo se deba a la educación o a la falta de ella en las casas. En cualquier caso, nosotras, las mujeres de mi generación, que crecimos viendo a nuestro padre tratar a las mujeres con caballerosidad, preferimos un “señora” a un “tía, aparta”. Será que nos gusta ser princesas y no brujas.
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Yo creo que sus padres eran buenos. Por eso se aprovechan de su posición