España siempre ha presumido de ingenio, pero lo de nuestros estrategas energéticos ya roza el arte conceptual: cerrar nucleares sin tener alternativa es como tirarse de un avión confiando en que ya aparecerá un paracaídas por voluntad divina. Una genialidad que solo puede nacer en despachos donde la realidad entra, mira, suspira y se marcha.
Y ahí está el legado de Teresa Ribera, que dejó el calendario nuclear más inflexible que un seminarista en cuaresma y se largó a Europa tan fresca, como quien deja la lavadora encendida antes de irse de vacaciones. A España le dejó un sistema eléctrico con más tensión que un cable pelado en plena tormenta… y ella tan pancha, disfrutando de su nuevo sillón europeo mientras aquí nos quedamos con el temporizador del desastre contando hacia abajo.
Mientras tanto, Pedro Sánchez sigue defendiendo el plan con la convicción del que se mira al espejo y se aplaude solo. Cree, de verdad, que el viento va a echar horas extra y que el sol no pedirá convenio colectivo. Es adorable, si uno ignora que está jugando con la red eléctrica de 47 millones de personas como si fuera un Scalextric.
Los técnicos del operador del sistema, por otro lado, están directamente en modo Vietnam, vigilando los indicadores como quien escucha pasos en la selva. Y claro, luego te dicen que todo es muy sostenible, muy verde, muy guay… siempre y cuando no tengas la desgracia de necesitar electricidad cuando no hace sol o cuando el viento se toma el día libre.
Ahí aparece Jordi Sevilla, socialista… pero con neuronas operativas -algo rarísimo, casi un unicornio- diciendo que cerrar las nucleares era una barbaridad. Pero nada: sus compañeros prefirieron seguir la ciencia de PowerPoint, esa donde los electrones obedecen la voluntad progresista y el almacenamiento se consigue con “fe energética”.
El resultado ya lo ves: la factura de la luz subiendo como la espuma, pero no la del mar, sino la de un jacuzzi en ebullición. Y cuando preguntas, te marean con palabrejas: “volatilidad”, “curva de precios”, “ajustes de mercado”. Traducción para humanos: sin nuclear, tiramos de gas; el gas cuesta un riñón; tú pagas la orgía ideológica.
Y aquí viene la guinda del desastre: cuando llegue el apagón inevitable, las consecuencias económicas no se las van a comer ellos, no, señor. Somos nosotros, los ciudadanos de a pie, los que nos tragamos el sapo porque nos la meten directamente en la factura de la luz. Todo el país financiando la torpeza con sonrisa institucional incluida.
Y cuando el sistema pegue un susto -porque lo hará- ya sabemos cómo funcionará el manual del Gobierno: “Nadie podía preverlo”, “Ha sido puntual”, “Estamos estudiando el incidente”. Mentira cochina: lo sabía hasta el becario del becario, pero claro, es más cómodo sacarse fotos con molinos de fondo que mirar gráficas de verdad.
Eso sí, tranquilidad: Ribera, desde Europa, lo verá todo de lejos, como quien dejó el horno encendido y observa desde el portal cómo empieza a salir humo por la ventana. Un apagón gourmet, sí. Sostenible en el caos, sostenible en el precio, sostenible en la estupidez… y sostenible en arruinarnos a todos. El único proyecto energético que este Gobierno ha hecho bien.
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