Hoy escribo desde la tristeza. Recientemente han ajusticiado a un joven atleta de diecinueve años en Irán, y muchos más están a la espera de ser ahorcados tan sólo por pedir libertad.

A nuestro gobierno estas cosas le dejan indiferente: apoya a este país y dice no a la guerra y sí a la tortura y asesinato, presuntamente, son sus costumbres, dirán sentados cómodamente en sus despachos. No se puede intervenir en un país soberano, criticarán los otros, pero si fuera su hijo el que colgara de la grúa, otro gallo cantaría.

Evidentemente, hay leyes internacionales creadas para que un país no invada a otro alegremente, y aquí surge la duda moral: ¿es necesaria la intervención si ese país está masacrando literalmente a su pueblo? Sí, es correcto porque la vida humana está por encima de leyes y tratados.

Los gobiernos sanguinarios deben ser derrocados y sus sádicos gobernantes sometidos a juicios sumarísimos, con penas proporcionadas a sus crímenes. No puede ser que haya seres humanos todavía bajo el yugo de la barbarie de religiones que no han evolucionado, leyes creadas para la muerte o prácticas de tortura inhumanas.

Hace meses que el presidente de los EE. UU. ha empezado una cruzada contra genocidas reconocidos como Maduro, los ayatolás o el gobierno cubano, entre otros. En Venezuela hay un gobierno de transición y todos esperamos que por fin puedan elegir un presidente no corrupto. Quizás la tarea sea muy difícil, pero no imposible.

La guerra contra Irán, de donde era el joven deportista ajusticiado, toma mayores dimensiones y en ambos países la sombra de los barriles de petróleo es alargada. Porque el altruismo es muy bonito, pero no olvidemos que detrás siempre está en juego mucho dinero: las naciones buscan recursos propios y, si no son suficientes, los extraen de otros países, en la mayoría de los casos de forma fraudulenta.

Ante tal duda moral, el único que tiene vela en este entierro es el pueblo, oprimido, asesinado, vilmente masacrado. Ellos son los que tienen que decidir si ven con buenos ojos que alguien, poniéndose la capa de Superman, venga a salvarlos. El resto, silencio, porque quizás nosotros seamos los próximos.

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  • Sí tenemos que luchar contra todos los gobiernos injustos no tenemos bastantes srmas

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