María Guardiola es esa anomalía política que confirma que en el PP ya no seleccionan candidatos: los encuentran abandonados en contenedores ideológicos. La llaman “la podemita del Partido Popular” y, sinceramente, es lo más exacto que se ha dicho sobre ella; no porque sea progresista, sino porque tiene ese ímpetu histérico por parecer moralmente superior mientras nadie le hace puto caso.
Es como si el partido hubiera decidido hacer una versión low cost de Irene Montero, pero sin talento, sin discurso y sin la convicción fanática necesaria para, al menos, resultar peligrosa. Una Montero descafeinada, fabricada por un becario de Amazon con avería en el algoritmo. Guardiola intenta vender la imagen de una derecha “abierta, sensible y moderna”, lo cual suena tan creíble como vender brócoli con sabor a Nutella: nadie lo compra, nadie lo quiere y los pocos que lo prueban terminan vomitando.
Lo fascinante es que su partido la tolera con la misma resignación con la que aceptas que tu perro ha decidido comerse tus zapatos: no puedes matarlo, pero, joder, cómo jode. Y ella no se da cuenta. Va por ahí convencida de que está liderando una revolución intelectual, cuando lo único que lidera es un grupo de WhatsApp con tres simpatizantes y quince audios motivacionales.
Cada vez que habla de igualdad, libertad y derechos, se le ilumina la cara como si hubiera descubierto la pólvora… cuando, en realidad, ha descubierto algo menos épico: cómo perder votos a velocidad de Fórmula 1. Porque Guardiola tiene un don casi místico: convertir a votantes conservadores en abstencionistas y a votantes progresistas en espectadores de comedia.
Y lo mejor es cuando intenta sonar firme, como si fuera una Thatcher millennial, pero con la entonación de una profesora de yoga con déficit de serotonina. Te imaginas a su equipo detrás teniendo que tragarse el discurso: “Muy bien, María, has dicho palabras que suenan bonitas. Ahora faltaría que tuvieran sentido, pero, bueno, otro día avanzamos”. Es que da pena, de verdad. No pena humana, sino ese tipo de pena que da un vídeo viral de un robot que intenta subir escaleras y se cae una y otra vez. Sabes que lo diseñaron para funcionar, pero claramente alguien falló.
María Guardiola no es un proyecto político: es un experimento fallido, un crossover absurdo entre PP y Podemos que ningún espectador pidió y que nadie mantiene vivo más que por compromiso. Su legado será fácil de resumir: intentar gustar a todos y no gustar a nadie. Ser la izquierda para pijos y la derecha para progres. Ser todo, ser nada y ser profundamente olvidable. En una frase: María Guardiola es lo que pasa cuando pones buena intención en un cerebro de segunda mano.
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