España

Julio Iglesias y su abismo del placer

Julio José Iglesias de la Cueva nunca fue un hombre común entre el resto de los mortales, sino El Hombre destinado a mover el mundo. El 23 de septiembre de 1943 llegó a la vida con la determinación y el carisma propios de quienes parecen predestinados a dejar una huella profunda, sin importar el camino que elijan para forjarla.

Su habilidad para cautivar a cualquiera que se cruzara en su camino acabaría convirtiéndose en su sello personal: el de un ganador nato en cualquier terreno que osara pisar. Julio Iglesias fue, desde muy joven, un grande entre los grandes. Para los hombres representaba una figura magnética y digna de admiración; para las mujeres, en cambio, su carisma y su labia ejercían un atractivo irresistible, esa elegancia natural de gentleman que terminaría por convertirlo en un personaje tan seductor como inolvidable.

Desde muy temprano destacó en el ámbito deportivo. Como cancerbero del Real Madrid Castilla, su talento bajo los palos era incuestionable: lo detenía prácticamente todo. Sin embargo, un accidente de coche en 1963 truncó su prometedora carrera y lo obligó a colgar los guantes antes de tiempo. A aquel portero que había brillado desde la adolescencia le costó, con todo el dolor de su corazón, asimilar que nunca volvería a pisar un estadio como jugador. Aun así, lo intentó, fiel a la naturaleza combativa de un verdadero ganador.

Durante la larga recuperación de aquella lesión descubrió otro de sus dones, el que terminaría definiendo su vida pública: la música. Fue entonces cuando empezó a tocar la guitarra y a escribir canciones, iniciando un camino que lo llevaría a convertirse en uno de los artistas más influyentes de la historia musical de España. El Julio Iglesias portero dio paso al Julio Iglesias artista, un hombre renacido con una nueva hambre de motivación.

En 1968 alcanzó la fama al ganar el Festival de Benidorm con La vida sigue igual. Con más de 300 millones de discos vendidos en todo el mundo y una colección de premios que incluye Grammys y World Music Awards, Julio Iglesias ha construido, año tras año y década tras década, un legado que trasciende generaciones y fronteras. Tan arraigada está su figura en la cultura popular que incluso entre los más jóvenes su nombre sigue siendo reconocible, en parte gracias al célebre meme en el que aparece sonriente acompañado de la frase “y lo sabes”.

Pues bien, la imagen de uno de nuestros artistas más reconocidos —y de los que más orgullosos deberíamos sentirnos como españoles— está siendo cuestionada por medios y partidos políticos afines a la izquierda y extrema izquierda, sin una sentencia judicial, que buscan destruir su reputación basándose únicamente en testimonios. La presunción de inocencia, principio fundamental en cualquier Estado de derecho, ha sido arrojada por el desagüe en nombre de una consigna que exige creer siempre a la mujer, una dinámica que se viene observando desde, al menos, 2004 y que en pleno siglo XXI parece intensificarse.

En este contexto, conviene recordar quién ha sido realmente Julio Iglesias. Al igual que mi protagonista Jonko Blanco en la novela El abismo del placer, pero con veintipico años menos en su prime, ha amado y deseado a las mujeres como buen mujeriego que fue, tratándolas con respeto y anhelándolas como si no hubiera un mañana. Son muchas las mujeres que han pasado por su alcoba supuestamente y muy pocas las que hablan mal de su persona, un contraste que debería invitar a la prudencia antes de sumarse a campañas que buscan manchar su nombre sin pruebas concluyentes.

Del mismo modo, amar a una mujer —o a varias— no debería convertirse en motivo de señalamiento, menos aún de estigmatización. Ansiar sus labios o sus cuerpos desnudos tampoco. La galantería, el tonteo, el deseo y el respeto hacia quien tienes delante no son machismo, sino parte de la naturaleza humana. Hay ocasiones en las que el sexo es pasajero y otras en las que se convierte en el inicio de una historia de amor, como tantas que forman parte de eso que vivimos todos: la vida, con sus luces y sus sombras.

En definitiva, el abismo del placer al que ha sido arrastrado Julio Iglesias por intereses políticos que buscan desviar la atención de los verdaderos problemas de los españoles no debería pasar desapercibido. El propio Julio está emprendiendo acciones legales para que su imagen vuelva a ser la de un hombre todoterreno, cuya trayectoria —desde sus inicios en el fútbol hasta los 82 años que tiene ahora— permanezca impoluta. Porque sí, señoras, señores y no binarios: amar y desear a una mujer no es delito, ni lo será hasta que un juez no dictamine lo contrario.

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