Morbosía

De urgencias con la doctora Esther

Son las tres de la madrugada cuando mis ojos se abren sin previo aviso. De repente, las encías empiezan a dolerme con una intensidad comparable —o incluso superior— a la que sentí cuando las muelas del juicio decidieron manifestarse con ímpetu, exigiendo a gritos ser extraídas de una vez por todas.

Al tomarme un ibuprofeno consigo constatar, contra todo pronóstico, que el dolor persiste, como si una serenata de mariachis interpretara su repertorio más estridente dentro de mi boca. Mierda. No puedo dormir. El dolor es excesivo. No me queda otra que llamar a urgencias para que algún profesional encuentre una solución a semejante tormento bucal.

Entre que hago la llamada, arribo al hospital y la recepcionista confirma mi llegada para que el médico de guardia pueda atenderme, transcurren aproximadamente treinta minutos. Mis encías continúan con su bullicio vibrante mientras espero a ser atendido, intentando no poner caras delante del resto de pacientes.

Los tres que hay sentados son personas mayores: dos hombres y una mujer. Ninguno muestra un ápice de felicidad; más bien todo lo contrario. En momentos así uno comprende que la juventud es un divino tesoro: mis dolores, con suerte, desaparecerán en cuanto me atienda alguien, mientras que los suyos, en el mejor de los casos, solo les permitirán una calidad de vida moderada. Así lo evidencian los andadores apoyados a su lado y, en el caso de la mujer, el ventolín que sostiene en sus manos.

Con el paso de los minutos, de ser cuatro en la sala de espera paso a quedarme completamente solo. La enfermera, que ronda los sesenta y cinco, ha ido llamando uno a uno a los ancianos. Al salir, el semblante de los tres cambia ligeramente. No es que irradien felicidad, pero al menos parecen haber recuperado cierta calma. Eso debe de ser señal de que quien lleva la bata es una persona dulce y empática, alguien que les ha inspirado confianza. ¿Una mujer? Podría ser. ¿Joven? No lo descartaría.

Mientras avanzo, la veo dirigir una última mirada al médico que se encuentra en el interior, justo cuando la paciente anterior sale con esa actitud cansada pero serena que comparten tantos veteranos de batalla. Por lo que comenta la profesional, parece que soy el último paciente y que, aprovechando que no doy la impresión de ser especialmente vulnerable, va a retirarse a descansar, pues su jornada ha sido desbordante. La voz que escucho al fondo pertenece a una mujer joven. Solo falta que, además, sea guapa para que mi memoria —o mi libido— tengan material con el que entretenerse.

Una vez dentro, mis sospechas se confirman: una mujer morena de unos treinta y tantos, sonrisa cálida y pelo oscuro. En el cartel de su bata aparece su nombre: Esther. La escena encaja a la perfección con mis intuiciones previas, como si el destino hubiera decidido concederme al menos una alegría en mitad de esta madrugada dental.

Al sentarme frente a ella, Esther —dueña de una dentadura impecable—, con una actitud afable, se dedica a preguntarme qué es exactamente lo que me ocurre. Cuando le señalo las encías, observo cómo se incorpora con naturalidad y toma de la mesa un palito de madera y una linterna de aspecto peculiar. Con ambos instrumentos en la mano, avanza unos pasos hasta situarse a apenas unos centímetros de mí, dispuesta a examinar con detenimiento la zona que me provoca tanto dolor.

En cuanto termina de revisarme, se dirige al armario junto a la puerta. Su manera de moverse despierta en mí una reacción tan de improviso como inoportuna, recordándome que, a pesar del dolor, mi cuerpo sigue funcionando por su cuenta. Saca un jarabe y, con la misma serenidad con la que me ha explorado, me revela que debo tomarlo tres veces al día, cada ocho horas, y que la primera dosis debe ser inmediata.

Tras tomarla, noto cómo el dolor de encías empieza a disiparse, como si alguien hubiera pulsado un botón de pausa en semejante tormento. Lo que el ibuprofeno no consiguió, el tratamiento de Esther lo ha logrado en cuestión de minutos casi me atrevería a decir que en segundos. El alivio es tan inmediato que logra invadirme una gratitud impulsiva, casi irracional, que me empuja a querer acercarme a ella más de lo que debería.

Sin que lo espere, decido inclinarme hacia ella y rozo sus labios en un gesto espontáneo, fruto del agradecimiento y del cansancio acumulado. La doctora Esther queda, por un instante, tan sorprendida como inmóvil ante ese primer beso, torpe y robado, mientras otros comienzan a surgir con más calma: unos tímidos, otros cargados de una intensidad que ninguno de los dos parecía prever.

A pesar de que al principio Esther parece dudar, como si temiera que alguien pudiera descubrirnos, el recuerdo de que su compañera no regresará logra tranquilizarla. Poco a poco, la tensión inicial pasa a transformarse en una entrega compartida, dando paso a nuestra pasión desatada. Lo que empezó como una consulta de urgencias se ha convertido en una madrugada marcada por la cercanía, el deseo y una noche de sexo desenfrenado. Honestamente, no necesito saber nada más sobre ella para comprender lo que provoca en mí. Su sola presencia consigue desarmarme, haciendo que mi cuerpo reaccione con una intensidad sorprendente mientras la contemplo con una mezcla de asombro y deseo contenido.

Sus labios, llenos y cálidos, buscan los míos con un ritmo que parece guiado por algo más profundo que la casualidad. En este momento, todo se reduce a la fuerza del presente y a la certeza de que quiero vivirlo a su lado. Desconozco si tiene hijos, pareja o una vida completamente distinta a la que imagino o a la mía propia, pero nada de eso importa ahora; solo existe la conexión que nos envuelve y la sensación de que, una vez más sin reservas, debo permitirme disfrutar como un amante decidido a entregarse por completo al placer de una mujer.

Al final, mientras el mundo sigue su curso sin detenerse por nadie, descubro que lo único que realmente deseo es quedarme en este instante suspendido, donde todo parece posible y nada pesa demasiado. Quizás mañana cada uno regrese a su vida, con sus rutinas y sus claroscuros, pero hoy me permito creer que esta conexión —tan inesperada como poderosa— dejará una huella que no se borrará con facilidad. Y aunque no tenga constancia de lo que sucederá a partir de mañana, me basta con saber que este momento ya es nuestro, irrepetible, imborrable y luminoso en su propia fugacidad.

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