Alberto Núñez Feijóo no es el problema del Partido Popular. Es el síntoma. El síntoma de una derecha acomplejada, domesticada y obsesionada con gustar a quienes jamás la van a votar. Un político que no lidera: administra. Administra silencios, administra gestos y, sobre todo, administra el miedo. Miedo a la izquierda, miedo a los titulares y pavor a que alguien le confunda con algo tan vulgar como un dirigente con ideas claras.
Feijóo representa al político que cree que gobernar consiste en no molestar. El que confunde estabilidad con inmovilismo y prudencia con inhibición. No lidera un proyecto: lo amortigua. Está convencido de que el principal peligro no es perder el país, sino perder el favor de los opinadores profesionales. Y así, paso a paso, ha convertido al PP en un partido que pide permiso hasta para discrepar.
Es el veleta perfecto porque carece de eje. Gira porque no tiene centro. Cambia porque no cree en nada. No rectifica por aprendizaje, sino por inseguridad. Y eso se nota en cada frase esterilizada, en cada silencio incómodo y en cada rectificación envuelta en falsa serenidad. Cuando habla no transmite convicción, transmite cálculo. No dice “esto es así”, dice “a ver si cuela y nadie se enfada demasiado”.
Desde que se quitó las gafas se le ven los ojos tan pequeños que parecen dos puñaladas en un cartón. Metáfora involuntaria pero precisa: políticamente está miope. Mira al frente sin enfocar nunca el conflicto real. España arde, el marco ideológico lo marca la izquierda, los consensos se rompen siempre en la misma dirección y Feijóo sigue buscando el punto medio, como si el problema fuera de simetría y no de fondo, como si el incendio se apagara moderando el tono.
Su famosa “moderación” no es una virtud: es una coartada. Moderado no es quien evita el conflicto, sino quien sabe cuándo merece la pena darlo. Feijóo evita siempre. No defiende nada porque defender implica asumir costes. Se limita a colocarse donde cree que hay menos riesgo personal. Si la izquierda aprieta, se desplaza. Si las encuestas se mueven, se adapta. Si hay que tragar, traga. Si hay que callar, calla. Y si hay que desdecirse, se desdice con la sonrisa de funcionario que firma sin leer.
Cuando confesó que votaba al PSOE, muchos lo tomaron como una anécdota, casi como una curiosidad simpática. Error. Fue una confesión ideológica. Ahí está la raíz del problema. Feijóo no es un infiltrado: es un converso mal disimulado. Cree sinceramente en el consenso progresista, en la agenda blanda, en la política sin aristas y sin enemigos claros. Por eso nunca combate el marco cultural de la izquierda: lo acepta, lo normaliza y lo gestiona en versión “responsable”. Feijóo no discute los dogmas, discute los ritmos. No cuestiona el fondo, solo pide que se haga “mejor explicado”. Y así, mientras la izquierda avanza posiciones culturales, legislativas y simbólicas, el gallego se limita a pedir pausa, diálogo y un poquito menos de ruido, como si el problema fuera el volumen y no el mensaje.
El resultado es grotesco: un Partido Popular dirigido por alguien que no cree del todo en su propio electorado. Que lo observa con una mezcla de desconfianza y condescendencia. Demasiado directo, demasiado claro, demasiado poco homologable en tertulia. Por eso siempre va por detrás, siempre con la mano temblando y siempre pidiendo disculpas por existir, como si gobernar fuera una molestia que hay que justificar. Y luego está lo evidente, lo que nadie se atreve a decir en voz alta… pero todos saben: Feijóo no manda. No impone, no arrastra, no ilusiona. No genera lealtad, genera espera.
No hay más que ver, en plena campaña electoral de Aragón, cómo su candidato se desmarca de lo que él promete. No hace mucho, en Murcia, Feijóo aseguraba que con él en el gobierno habría trasvase y ningún lugar de España estaría falto de agua. El líder del PP en Aragón promete que no habrá trasvase de ningún tipo después de aplaudir el discurso del presidente de su partido. Si no les gustan mis principios, tengo otros… Si no le hacen caso ni en su casa, es difícil que mueva el voto por sí mismo. Los votantes que gane el Partido Popular serán por hartazgo más que por ilusión.
España no necesita un presidente que funcione como un estudio demoscópico con piernas. No necesita un político que confunda consenso con rendición ni moderación con cobardía elegante. Necesita alguien que vea claro, hable claro y esté dispuesto a pagar el precio de hacerlo. Feijóo no ve claro. No habla claro. Y huye sistemáticamente de cualquier consecuencia. Por eso no es alternativa. Es continuidad en azul apagado, sin pulso, sin conflicto y sin ambición. El líder perfecto… para no liderar nada.
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