En un mundo donde todo parece mentira, esclarecer lo que es verdad o no acaba convirtiéndose en una tarea de lo más titánica. Porque manipular la noticia hasta hacer de ella un arma arrojadiza sale muy rentable, muchísimo, al menos políticamente hablando.
Los gobiernos lo saben: lo crédulos que pueden llegar a ser los ciudadanos y cómo manejar sus emociones. Lo vemos a diario en las imágenes que nos llegan de guerras lejanas: niños utilizados como víctimas, muertos que se levantan milagrosamente y acciones que no ocurren, pero parecen tan reales que la gente se lo traga boquiabierta.
Seudoperiodistas que afirman ser agredidas cuando el agresor ni tan siquiera le ha tocado un pelo; frases que nunca llegaron a decirse y algunos insultos que nadie pronunció, aunque el testigo comprado de turno asegure lo contrario. En el otro bando están los que presentan la realidad sin anestesia: imágenes duras de muertos de verdad, solo porque al gobierno de turno le interesa que salgan en horario de máxima audiencia.
En medio de esa vorágine de noticias que vienen y van estamos nosotros, los que desconfiamos de todo porque ya nos han engañado demasiadas veces. Escogemos la noticia que nos interesa y la analizamos detenidamente, al milímetro: de parte de quién viene, quién quiere que llegue a todos los rincones y cómo nos afecta personalmente a nosotros.
Por supuesto, somos excesivamente molestos: el dedo en el ojo, la oveja negra que todo lo desbarata porque no se cree la versión oficialista de turno. Nos llaman conspiranoicos, rebeldes, problemáticos y, a veces, incluso locos. A pesar de todo, el empeño por discernir y separar la verdad de mentira nos acompañará, me temo, hasta el final de nuestros días. Porque en un mundo de mentirosos decir la verdad resulta peligroso, pero te da un subidón de adrenalina difícil de evitar.
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