Las Fallas de Valencia son tradición, germanor (hermandad en valenciano) y fe (en distintos actos se hacen ofrendas a la Virgen María y al Patriarca San José). En resumidas cuentas, una de las señas culturales del pueblo valenciano que abarcan gran parte de la provincia de Valencia, pero también se extienden a pueblos alicantinos y castellonenses.
Según la UNESCO-ONU, las Fallas de Valencia son Patrimonio Inmaterial de la Humanidad desde 2016, ideales para socializar, adentrarse en la idiosincrasia regional y, por qué no, la excusa perfecta para salir de fiesta y pasarlo, como decimos en Valencia, “de categoría”. Generan, además, muchísima riqueza y puestos de trabajo que repercuten no solo en puntos estratégicos, como son el puerto de Valencia o el aeropuerto de Manises, sino en la economía local. Es una festividad muy bonita.
Personalmente, disfruto yendo a la plaza de la Virgen el día después de la ofrenda para ver el original manto colorido de flores que cada año viste a la Mareta. También disfruto mucho perdiéndome por el barrio del Carmen y por Ruzafa viendo poderosos monumentos falleros y espectaculares iluminaciones. Es un orgullo como valenciano que la gente foránea reconozca mi tierra por tan noble tradición y expresión cultural, llena de sátira, ingenio, gracia y, en ocasiones, algo subida de tono.
Sin embargo, un punto deficiente en esta manifestación cultural tan importante siempre ha sido la convivencia entre falleros, vecinos, trabajadores/comerciantes y, en los últimos años, turistas. En los últimos años, en Valencia capital, los problemas de incivismo, delitos graves y colapso del tráfico rodado y ferroviario, y la falta de previsión y logística de las administraciones local, regional y estatal se han incrementado considerablemente.
Primeramente, abordaré el tema del incivismo: no es de recibo que Valencia y, por extensión, las localidades de su área metropolitana se conviertan en un macrofestival con derecho de pernada con respecto a los petardos y los actos incívicos. Las explosiones de pirotecnia menor son las menos controladas y por ello son muy peligrosas; tanto es así que las mascotas y las personas con neurodivergencias graves, sobre todo los infantes, no entienden el porqué de la fiesta y sufren episodios de estrés y ansiedad totalmente injustificados.
Otras conductas incívicas son, por ejemplo, la determinación de que el centro pasa a ser un botellódromo, donde el hedor de las micciones y del alcohol reseco se convierte en la estampa habitual durante la noche y gran parte del día (con el denominado “tardeo”). A falleros y turistas, en ocasiones, se les olvida que conviven con vecinos y comerciantes, que en muchos casos no tienen otra alternativa en Fallas que la de quedarse en la ciudad. No me quiero olvidar de los trabajadores de la seguridad privada que aguantan turnos maratonianos y a personas que se dedican a entorpecer su labor.
Los delitos como las agresiones sexuales se disparan. En las Fallas de este año le ocurrió a una niña a pocos metros de la Jefatura Superior de Policía, terrible. También está proliferando el turismo pirotécnico, que consiste en que hay grupos organizados que vienen a Valencia con material pirotécnico de gran intensidad, en muchas ocasiones elaborado artesanalmente, para sembrar desórdenes públicos y enfrentarse a la Policía. Actos que van más allá del incivismo y llegan a ser delictivos y criminales. Está claro que el consumo desorbitado de alcohol y pólvora no son buenos aliados de las celebraciones falleras. Serían impensables unas fiestas josefinas sin pólvora y cassalleta, pero actualmente se están rebasando todos los límites tolerables.
También comentaré la responsabilidad que tienen las administraciones en todo esto. Nuestros representantes son muy políticamente correctos en torno a este asunto. Sí que es cierto que su diagnóstico es el correcto: hay que hacer algo con la masificación en las mascletás (recordemos que desde donde se disparan coincide a muy pocos metros con la salida del metro y de trenes de Cercanías y de Media Distancia), pero a la hora de la verdad no existe una verdadera cooperación entre administraciones, dedicándose a enturbiar el ambiente festivo entre recíprocas acusaciones.
A las mascletás y el colapso del centro se le añaden los aproximadamente 800 monumentos falleros (infantiles y grandes) con sus respectivas carpas y verbenas; obstaculizando la entrada y salida de muchos vados permanentes que religiosamente pagan las comunidades de vecinos, además de muchas salidas de emergencia. Este año se han instalado las carpas falleras a principios de mes, perjudicando a vecinos y comerciantes de los barrios valencianos. La Administración Local ha intentado bienintencionadamente poner orden e informar por redes sociales y bandos falleros, pero han estado completamente desbordados y al final dieron la patada a seguir.
La finalidad de mi artículo no es instar a acabar con las Fallas, sino quizás repensarlas un poco. Que sean más inclusivas con las personas con patologías graves (ya sean de movilidad, percepción o neurodivergencias). Que se potencie más la seguridad de las mujeres, sí; pero también del resto de residentes, falleros y de cualquier persona que venga de paso a disfrutar de la tradición o fiesta. Debería de haber una cooperación más estrecha entre administraciones, que no sea todo por mero tacticismo político.
Respecto a los vados costeados por los vecinos: ¿no sería más lógico que obtuvieran a cambio una administración más eficiente con ellos? La clase política valenciana debería de ser más valiente e imponer el interés general y el derecho al descanso a lo políticamente correcto. Hace falta, además, una reeducación para que la fiesta se base en el respeto al prójimo, pero también para educar a padres e hijos en la importancia del buen uso de la pirotecnia.
La globalización tiene aspectos muy positivos para España, como son la potenciación de la interconectividad y de la cultura; por el contrario, la turistificación y consiguiente declive del sector primario y secundario nos ha abocado a depender exclusivamente del sector servicios. La ciudad ha evolucionado, pero su modelo fallero ha quedado obsoleto. Ojalá las Fallas en un futuro cercano cambien de modelo y se adapten a las necesidades actuales, conservando, por supuesto, su esencia. Porque unas «buenas fallas» no dependen exclusivamente de que haya hecho buen clima y del impacto económico que han generado, sino de tener además un modelo festivo respetuoso y seguro con las personas, los animales y el patrimonio.
Curso Derecho en la Universidad Católica de Valencia | Administrador de @DivulgoDerecho | CFGS de Producción de Audiovisuales, Espectáculos y Eventos
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