Esta semana los suizos rechazaron en referéndum una propuesta para limitar la población de su país a diez millones de habitantes. Durante meses discutieron sobre vivienda, infraestructuras, recursos, crecimiento y calidad de vida. Finalmente decidieron no poner un techo al futuro. Y fue entonces cuando me di cuenta de que aquella noticia no hablaba realmente de Suiza. Hablaba de nosotros. Porque detrás de los números, los votos y los titulares se escondía una pregunta mucho más interesante: ¿cuánto futuro estamos dispuestos a aceptar antes de empezar a tenerle miedo?
Vivimos en una época extraordinaria. Nunca habíamos disfrutado de tanta esperanza de vida, tanta seguridad, tanta tecnología, tanta medicina y tanto conocimiento acumulado. Si nuestros bisabuelos aparecieran mañana en cualquiera de nuestras ciudades probablemente pensarían que hemos ganado la partida. Y, sin embargo, nunca habíamos estado tan preocupados. Nos preocupa la inteligencia artificial. Nos preocupa el clima. Nos preocupa la economía. Nos preocupa la salud mental. Nos preocupa la educación. Nos preocupa el futuro de nuestros hijos. Y cuando terminamos de preocuparnos por todo eso, siempre aparece una nueva preocupación para rellenar el hueco.
Lo curioso es que el miedo nunca había gozado de tan buena reputación. Hoy se presenta como inteligencia, como responsabilidad, como conciencia y como compromiso. Parece que para demostrar que somos personas sensatas debemos estar inquietos por algo. Si no es la inteligencia artificial, será la economía. Si no es la economía, será el clima. Si no es el clima, encontraremos cualquier otra cosa. Lo importante es no abandonar nunca el estado de alerta. Tenemos aplicaciones que nos dicen cuántos pasos damos, cuánto hemos dormido, cuánto hemos caminado, cuántas calorías consumimos y hasta cuándo va a llover. Lo único que todavía no han conseguido decirnos es si merece la pena preocuparnos tanto.
Resulta agotador. Y también profundamente injusto. Porque la historia de la humanidad no es la historia de los miedos que tuvimos. Es la historia de las cosas que nos atrevimos a hacer a pesar de ellos. Nadie cruzó un océano porque tuviera garantías. Nadie creó una empresa porque conociera el resultado. Nadie escribió un libro porque estuviera seguro de que iba a gustar. Nadie se enamoró porque existiera una auditoría independiente capaz de certificar el éxito de la relación. Las mejores decisiones de nuestra vida suelen llegar acompañadas de incertidumbre.
Y quizá por eso me inquieta una tendencia que observo cada vez con más frecuencia. Hemos empezado a confundir prudencia con pesimismo. Pensamiento crítico con sospecha permanente. Realismo con miedo. Y no son lo mismo. Una persona prudente observa los riesgos. Una persona dominada por el miedo solo ve riesgos. La diferencia parece pequeña, pero cambia por completo la dirección del viaje. Porque cuando el miedo ocupa demasiado espacio ocurre algo curioso. Dejamos de construir el futuro y empezamos a defendernos de él. Dejamos de preguntarnos qué podemos lograr y comenzamos a preguntarnos únicamente qué podría salir mal.
Nuestros abuelos temían que ocurrieran cosas malas. Nosotros consumimos diariamente simulaciones de cosas malas que todavía no han ocurrido. Y no es exactamente lo mismo. Cada día recibimos predicciones, advertencias, escenarios, alertas y proyecciones sobre todo aquello que podría salir mal. Algunas serán útiles. Otras necesarias. Pero cuando una sociedad pasa demasiadas horas imaginando catástrofes acaba olvidando algo esencial: que el futuro también puede traer buenas noticias. Por eso, cuando leo noticias como la de Suiza, no veo únicamente un debate sobre población. Veo una pregunta mucho más importante. ¿Estamos tomando decisiones porque creemos en el futuro o porque le tenemos miedo? Porque sospecho que esa pregunta explica mucho mejor nuestro tiempo que cualquier encuesta o cualquier estadística.
Al final, la tecnología seguirá avanzando. Las sociedades seguirán cambiando. El mundo seguirá transformándose. Y el futuro seguirá llegando cada mañana, con nuestra aprobación o sin ella. La cuestión no es si existirán riesgos. Siempre han existido. La cuestión es si vamos a pasar la vida contemplando el horizonte como una amenaza o como una posibilidad. Porque quizá el futuro nunca fue ese lugar perfecto donde desaparecen todos los riesgos. Quizá el futuro siempre fue el lugar al que se llega caminando a pesar de ellos. Y sospecho que, dentro de unos años, no recordaremos cuántos habitantes tenía Suiza. Recordaremos algo mucho más importante. Si fuimos una generación que vivió mirando el horizonte con esperanza… o escondiéndose de él.
Autora de Siente y vive libre, Toda la verdad y Vive con propósito, Técnico de organización en Elecnor Servicios y Proyectos, S.A.U. Fundadora y Directora de BioNeuroSalud, Especialista en Bioneuroemoción en el Enric Corbera Institute, Hipnosis clínica Reparadora Método Scharowsky, Psicosomática-Clínica con el Dr. Salomón Sellam
Hartos estamos muchos del cinismo de muchos políticos que se contradicen en sus relatos, en…
Tras la visita del Papa a España, queda hacer balance: unos serios y otros más…
Si hay algo que resulta innegable, es precisamente cuando hablas con Raúl Santamaría o lo…
El cierre de la Feria del Libro de Madrid sirve como excusa perfecta para compartir…
Hubo un tiempo en el que una fotografía era una prueba. Si aparecía en una…
Cada vez que escucho, veo o leo noticias relacionadas con los casos de corrupción surgidos…