España

Sobre el mundo de las ondas, que no expansivas

Se acerca el verano y, con él, el habitual baile de nombres y movimientos que sacude cada temporada a los principales medios del universo radiofónico. Y precisamente por eso quiero detenerme a opinar sobre un terreno que conozco bien. La radio fue mi punto de partida tras licenciarme en Periodismo, un lugar al que, sinceramente, espero regresar algún día. Quizás, dentro de unos años, cuando me acerque peligrosamente a esa frontera equivalente al medio siglo.

Ahora bien, también conviene ser realista: si ese regreso llegara a producirse, probablemente sería en una empresa con una línea editorial muy distinta a la de mis inicios. Porque hay una verdad incómoda en este oficio: cuando un periodista se posiciona claramente en torno a determinados postulados ideológicos, las puertas “del otro lado” suelen cerrarse con una rapidez quirúrgica. Especialmente para quienes aspiramos, algún día, a liderar un programa frente a un micrófono.

Desde hace más de una década tengo la sensación de que la radio ha ido perdiendo fuerza, identidad y carácter a marchas forzadas. Y no hablo de ideologías ni de trincheras editoriales —en todas ellas siempre ha habido comunicadores brillantes, honestos o no, pero magnéticos—. Hablo de algo más básico y, al mismo tiempo, más difícil de construir: la capacidad de generar una conexión real con el oyente.

Incluso me atrevería a decir que, en el mejor de los casos, hoy encontramos profesionales que cumplen de forma “aceptable” con su función: unos con un aprobado raspado y otros con notable, pero ninguno alcanza esa “matrícula de honor” en magnetismo que convierte una voz en algo verdaderamente inolvidable. Tanto en las ondas “zurdas” como en las “diestras” predominan comunicadores eficaces, aunque rara vez deslumbrantes.

Dicho de otro cristiano: la excelencia parece haberse quedado atrás. Y ahí reside, en buena medida, el problema de uno de la radio de la cual sigo profundamente enamorado, aunque observe su evolución con una inevitable distancia crítica. Porque quien aprecia de verdad algo —o a alguien— también debe ser capaz de señalar sus defectos sin miedo y a los cuatro vientos.

A eso hay que añadir otro factor clave: el relevo generacional. Gran parte del público que consumía radio de forma masiva ha envejecido o, directamente, se ha ido al otro barrio. Mientras tanto, los jóvenes prefieren dirigir su atención hacia YouTube, Twitch y los formatos digitales. ¿Y por qué ocurre esto? No tiene ningún misterio: muchos creadores de contenido —sin formación periodística y, en ocasiones, sin grandes estructuras detrás— poseen algo que hoy escasea en las ondas tradicionales: magnetismo, autenticidad y capacidad de conexión.

Los “grandes nombres” actuales de la radio suelen ser veteranos que aún conservan oficio, tablas y reflejos, pero que han perdido parte del colmillo que un día los convirtió en referencias absolutas. Quedan pocas voces capaces de reunir algunas de las características que definen a un auténtico locutor estrella: carisma, personalidad, magnetismo y ese “punch” que obliga al oyente a volver al día siguiente casi por inercia. Porque la gran radio no consiste únicamente en informar u opinar, sino en ocupar el espacio sonoro y hacer que el oyente te perciba como un amigo de verdad.

Y ahí la comparación con el pasado resulta inevitable. Federico Jiménez Losantos o Carlos Herrera, en la derecha mediática, e Iñaki Gabilondo o Carles Francino, en la izquierda, marcaron en su prime una diferencia evidente no solo respecto a sus versiones actuales, sino también frente a buena parte de las voces que hoy dominan las parrillas. Ninguno se limitaba a comunicar: imponían estilo, creaban atmósfera y conseguían que la radio se viviera casi como una experiencia emocional. Eso es precisamente lo que echo en falta ahora.

Porque la radio, nos guste o no, también debe cautivar. El oyente tiene que sentir que, al otro lado del micrófono, hay alguien con quien conecta de verdad; alguien cuya voz termina formando parte de su rutina y, en cierto modo, de su vida. Informar puede hacerlo cualquiera con un altavoz y acceso a internet. Generar dependencia emocional, no. Y para lograrlo no basta con el oficio: hace falta estrella.

Ser una estrella no consiste en trabajar en un gran medio ni en beneficiarse del efecto paraguas de un programa de radio potente, algo que muchos confunden —por ego o por una percepción distorsionada de sí mismos— con relevancia real. Una estrella es quien consigue que cada intervención deje huella. Quien provoca que el espectador, el lector o el oyente piense: “quiero seguir escuchando a esta persona”.

Cuando el comunicador pesa tanto como el medio que lo alberga —o incluso logra trascenderlo—, entonces sí estamos hablando de alguien verdaderamente relevante. Todo lo demás es coyuntura, ruido o simple autoengaño de alguien con baja autoestima que se cree grande. Ahí reside uno de los grandes errores actuales de la radio: mirar demasiado el nombre y demasiado poco el fondo. Obsesionarse con el impacto inmediato, el click fácil o la polémica rentable, olvidando algo mucho más importante: construir vínculos duraderos con el oyente. Porque la popularidad prestada —la que depende exclusivamente del micrófono que te sostiene o de la marca que te amplifica— no es talento, sino contexto. Y el contexto, en radio, cambia de dial mucho más rápido de lo que algunos creen.

Precisamente por eso, para concluir mis impresiones, quiero decir que quizás haya llegado el momento de que las altas esferas de la comunicación radiofónica dejen de mirar únicamente los apellidos conocidos o los parentescos entre compañeros y empiecen a apostar por voces frescas, anónimas, con hambre, personalidad y verdadera capacidad de conectar. Porque las próximas grandes estrellas de la radio probablemente no estén hoy ocupando los grandes estudios, sino esperando una oportunidad que casi nadie está dispuesto a darles.

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