“Cuando el diablo no tiene nada que hacer, con el rabo mata moscas”. Este dicho popular, tan castizo, resume a la perfección las técnicas informativas en los meses estivales. Nos encontramos a mediados de julio y venimos sufriendo numerosos culebrones informativos para tapar, interesadamente, los casos de corrupción de nuestros gobernantes.
Me gustaría abordar la propaganda que está generando la izquierda mediática e informativa con la excusa del Mundial de EE. UU., Canadá y México. Concretamente, en dos episodios que nos está regalando esta competición: la celebración de Keyne al ver a su hermano, Lamine Yamal, salir victorioso frente a Austria, y la polémica decisión de Donald Trump de, supuestamente, llamar al presidente de la FIFA para condonar una sanción de expulsión a un jugador estadounidense.
En el primer caso, me gustaría declarar que fui uno del 99% de españoles que se enterneció al ver a un niño de apenas tres años vibrar con un partido decisivo de la Selección Española. Casi todo el mundo vio eso: un niño español afrodescendiente que sentía, más que muchos otros autóctonos, los colores rojigualdos de España. Por el contrario, políticos como Ione Belarra o Pablo Fernández, de Podemos, y comunicadores afines al PSOE, como Sarah Santaolalla, utilizaron la raza del menor de edad para arremeter contra sus adversarios políticos.
Considero que a la izquierda española se le dan muy bien dos cosas: controlar el relato político y mediático para no ser autocríticos con sus casos de corrupción —tendiendo a tildar todo lo que le desfavorezca de «lawfare»—, además de usar políticamente a los «colectivos minoritarios»; en el caso de Keyne, a los afrodescendientes en España y a los menores. Se les llena la boca con la palabra «consentimiento», que por una parte está estupendo que lo haya, pero por otra parte olvidan que, al chaval, como es obvio, nadie le ha preguntado su posición ideológica. Me parece lamentable el uso político de los menores de edad.
Donald Trump también tiene bailando a gran parte de los progres en España. La izquierda española parece haber descubierto que el fútbol es un negocio de multimillonarios y un auténtico Risk —mítico juego de mesa de estrategia— de la geopolítica. Mi intención no es justificar los delirios del magnate estadounidense, pero sí animar a que los que controlan a nuestros gobernantes y periodistas del sistema se aúnen reclamando el peso que se merece España en el próximo Mundial del año 2030, y defendiendo la final en España en vez de que sea en Casablanca —Marruecos—. Donald Trump no hace otra cosa que poner a EE. UU. lo primero; luchemos para que España también sea el centro de las políticas nacionales y del escaparate que supondrá el Mundial 2030, organizado por España, Portugal y Marruecos.
En definitiva, considero que no deberíamos dejarnos ganar culturalmente por personajes mediáticos como Sarah Santaolalla o Ione Belarra. A la hora de la verdad, cuando se abren las urnas, sus propuestas políticas obtienen cada vez menos apoyos y, a medida que avanzan los días, despertamos con más motivos para dejar atrás a los supuestos adalides del juego limpio en la política; quizás ellos son los que más vergüenzas deberían callar.
Curso Derecho en la Universidad Católica de Valencia | Administrador de @DivulgoDerecho | CFGS de Producción de Audiovisuales, Espectáculos y Eventos
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