Internacional

Ese amor al ‘Caudillo’

Pues ya está hecho, después de las primeras incertidumbres, después de que unos le pidieran al altísimo que no permitiera semejante tropelía y después de que los otros rogasen al dios de turno que intercediese para que se obrara el milagro, Elon Musk, el hombre más rico del mundo, ha comprado Twitter.

Hay muchas cosas que me llaman la atención en este asunto. La primera ha sido el valor que se le está dando a una red social que se sitúa en decimoquinta posición de las más usadas y es la séptima de las favoritas de la población (Fuente: We Are Social/Hootsuite, enero 2022). Facebook, Youtube, TikTok o Instagram están, si es que no queremos considerar al todopoderoso WhatsApp como red social, muy por encima en popularidad y en usuarios que Twitter.

Alguien puede decir y no sin razón, que el número de usuarios no tiene nada que ver con su capacidad de influir en la opinión pública, que cada red social tiene su cometido y el de generar un debate político es cosa de Twitter. Estoy de acuerdo en que cada red social parece tener un objetivo principal, pero desde todas ellas se hace política y se intentan generar tendencias, que se lo digan a Obama y el papel que tuvo Facebook en sus elecciones y si esto es cierto, la capacidad de influencia de Twitter no es de las mayores.

Está claro que Twitter vale y vale mucho, sino no hubiésemos asistido al cruce de declaraciones que se ha dado en estos días entre aquellos que están muy a favor de que el multimillonario se haga con el control y los que piensan justo lo contrario y, sobre todo, nadie hubiese pagado 44.000 millones de euros para asegurarse el control de algo que sirve para nada. Pero lo que más me llama la atención de todo esto y por dónde van los tiros del artículo, tiene que ver con la capacidad que los ciudadanos otorgamos a ciertos personajes para arreglarnos o arruinarnos la vida.

Tenemos una tremenda facilidad para conferir a determinadas personas el don, casi divino, de hacer de nuestras vidas un paraíso terrenal o el mismísimo inferno en vida. Y eso no es así, nosotros somos y debemos ser nuestros propios caudillos. De nada servirían los chorrocientos mil millones de dólares de Musk si mañana se salen todos sus detractores de Twitter, tampoco hubiese valido nada la red social si al día siguiente de cerrar la cuenta de Trump, los que se indignaron con aquel hecho, la hubiesen abandonado.

No somos conscientes de que podemos generar cambios, estamos esperando que venga alguien a arreglarnos la vida, un Musk, un Obama, un caudillo justo y honrado que nos facilite la vida y eso no va a suceder. Los cambios se generan cuando las cosas cambian y estos cambios han de empezar por nosotros mismos. El reciclaje, el ahorro en el consumo del agua o que se ponga de moda el traje nuevo del emperador, sólo tendrán éxito si todos vamos a una.

Seamos dueños de nuestros actos. Si no nos gusta algo no lo consumamos, que esto no es como comer verdura que es algo muy sano, esto es otra cosa y somos libres. Por otra parte, si algo nos convence y nos parece justo, apoyémoslo, aunque nadie lo haga, son nuestros criterios, nuestra manera de pensar, ahí reside nuestra soberanía e independencia. Defendamos la república independiente de nuestras ideas que diría el sueco. No al caudillo.

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