Fátima llegó a España junto a su familia hace 5 años. Para la marroquí, los primeros meses en nuestro país, no fueron fáciles. No sólo por el cambio cultural, sino también por el clima. La incesante lluvia del norte de la península le traía por la calle de la amargura.
A pesar de todo, no tardó en adaptarse. Tanto es así que comenzó a soñar con dejar que su bonito cabello color azabache se enfrentara libremente a las fuerzas de la naturaleza. Un día, mientras regresaba de hacer la compra, le sorprendió una tormenta primaveral. Tanto llovía que tuvo que buscar refugio en un portal. El agua había traspasado su hiyab, la humedad se acumulaba dentro del “trapo “y le resultaba insoportable, sin pensarlo se lo quitó.
Fátima sintió una sensación nueva que no pudo reconocer al momento. Quiso llorar, tuvo miedo, temblando salió del portal y se enfrentó a la lluvia. Se dio cuenta de que pese a llevar el pelo al descubierto nadie la miraba, nadie la insultaba. Los transeúntes se afanaban en resguardarse del chaparrón, bien bajo el abrigo de un paraguas o bien cubriéndose la cabeza con chaquetas o incluso periódicos, mientras que ella caminaba despacio, sin miedo, sin importarle ir calada hasta los huesos, pequeñas gotas de agua fría le habían dado la libertad.
Aquel momento parecía ser el principio para Fátima, no de una nueva vida, sino de La vida en sí misma. Quería educar a sus hijos, dos niñas y un niño, con la “manera occidental” y se había propuesto no volver a esconder su pelo como si estuviera cometiendo un crimen horrible. Dejó a su esposo, harta de tanto golpe e insulto, y consiguió pequeños trabajos limpiando por horas. La musulmana pudo vivir durante un tiempo bajo una especie de “régimen en semilibertad”, las presiones a las que se vio sometida por miembros de su “comunidad” no dejaban que pudiera disfrutar plenamente de una vida digna. Lo último que supe de ella es que finalmente había tenido que regresar con su esposo.
Hace unos meses una conocida cadena de televisión emitió un reportaje en el que se trataba de normalizar ese asqueroso y misógino vestigio del pasado, pero que aún perdura en nuestros días. Desgraciadamente, en algunos países y que ahora parece que se quiere traer de vuelta a un continente que ya ha superado muchas malas costumbres. Una presentadora muy risueña, cargada de un insoportable paternalismo, entrevistaba a unas mujeres musulmanas que decían llevar “con orgullo” el velo, pañuelo y demás elementos de tortura, al parecer se “sentían libres”. Sí, libres para llevarlo, pero ¿y para quitárselo? Recordé la historia de Fátima y tuve muy claro que no se está ayudando a quién lo necesita realmente.
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Te felicito. Gran artículo.
Muy amable Verónica, de verdad, muchas gracias.