Hoy me he sentado a escribir sobre el amor. A una romántica (incomprendida) como yo debería de serle fácil dejar que hablara el corazón en este folio en blanco. Pero no. Miro a mi alrededor, leo, observo, compruebo que parejas que hasta ayer eran casi perfectas se separan, se divorcian, se alejan, se hacen daño, se convierten en extraños y se rompen; bien por producto del hastío, bien por la falta de comunicación, bien por los hijos, bien porque cada uno ha evolucionado hacia caminos totalmente opuestos, bien por egoísmo, bien porque, ¡oh! se cruzó una nueva ilusión, un nuevo amor, o bien por todo ello; así, de golpe, mezclado sin pudor y sin miramientos. Adiós y que te vaya bonito.

Y al mismo tiempo me hablan de Tinder de los matchs esos, de que la gente queda con desconocidos con los que han intercambiado un par de sugerentes conversaciones y unas fotografías, quedan, quedan y vuelven a quedar. ¿Para qué? Pues evidentemente para saber si también ahí estará el amor. Porque no nos engañemos, en estos tiempos de relaciones líquidas, superficiales y meramente sexuales, todos, toditos buscan sentir esas mariposas en el estómago y no sólo un rápido orgasmo. Conozco un  caso en el que y tras romper un matrimonio, dos hijos y 25 años de amor, ella, cada semana se enamoraba de un hombre diferente y quien dice enamorarse dice ir a la desesperada en busca del amor. Y oigan, que yo siendo de respetar me produce cierta pena porque se ha perdido la esencia. La esencia de dejar que sea Cupido, la vida, el corazón y el tiempo el que ponga nombre al amor. No la fugacidad de un deseo trasnochado, desvalido, mediocre y hasta carente de pasión.

El amor. Ya no se escriben cartas de amor y ahí empezó la decadencia. Puedo decir orgullosa que yo sí recibí cartas de amor a los 16 años un verano. Y que por error las cartas acabaron en la lavadora dentro de un bolsillo de mis Levi´s, destrozadas, a trocitos, a pedacitos insignificantes, presagio de la ruptura que me comería meses después cuando este tierno amor me sustituyó por una chica totalmente opuesta a mí.

El amor. Los que hemos vivido la época sin móviles, sin redes sociales y que sólo teníamos bares, música, ilusión y ganas de verle (S) sabemos lo emocionante que era un encuentro real con ese alguien que hacía vibrar tu alma de arriba abajo. Noexistían los “favs” de Twitter, ni de Instagram, ni frívolas redes sociales en las que la mayoría solo da una cara, la que les interesa, de galán, de honesto, de caballero… de mentira. Y que es cierto que puede darse el caso de personas que a través de esas redes se conozcan y se enamoren ¿Por qué no?

Yo ya dije al principio que soy una romántica (ahora también añado tonta incomprendida) pero para que eso ocurra, ambas han de ser sinceras desde el minuto uno y eso surge o no surge. Es decir, no con todo el mundo con el que te relacionas a través de redes sociales te provocará interés o notarás un vínculo especial. No. Lo fácil es, imagino, lo superficial, las risas, lo trivial y si se puede usar para un encuentro sexual, pues mira, allí que se lanzan. Pues vale. Que repito, yo lo respeto, pero lo pienso y digo: – ¿Esto es a lo que se aspira? Pues quizá la época en la que vivo se me hace un tanto extraña porque echo de menos el conocer a las personas, pero mirándolas a los ojos y si es con café de por medio y buena música, pues mejor.

Igual hay muchas personas que fingen no haberse convertido en la sombra de lo que fueron y caminan ya por la vida con el cartel de “Corazón roto. No se acerquen que sólo soy capaz de ofrecerte mi cuerpo, nunca mi alma y por supuesto que jamás mi corazón”. Esas personas que olvidaron que una vez se entregaron al 10000 por 10000 y que hoy se pasean grises por las redes dándoselas de duros e insensibles. Aquellos que tras negarse a sí mismos que el amor es verdad, van de barra en barra de bar, de encuentros y desencuentros, de cuerpos ausentes, besos sin alma, caricias frías, miradas vacías, roces mecánicos. Esos de los que por las redes regalan a diario favoritos compulsivos para intentar llamar la atención de otra novedad de la que también en breve se hartarán… Pero que en la vida real anhelan un amor de verdad.

Me temo que soy demasiado mayor cuando de repente me paro y compruebo que así, rápidamente y en casi un pestañeo, en unos días mi primogénito cumplirá los mismos ingenuos quince años que yo tenía cuando me enamoré por vez primera. Y yo que ya le conté mi desengaño le pregunto casi a diario si se ha enamorado de alguna chica. Y él sonriendo me dice, “Mamá, eres muy pesada. Yo ahora no pienso en chicas”. Y me sonríe pícaro. ¡Ay, qué tierno! Y viéndole pienso que ojalá él sea valiente y crea en el amor; en el de verdad. Que su época es bien distinta a la mía pero que la vida y su esencia siempre van a girar en torno al AMOR (en mayúscula). Y que el amor puede bien resumirse también en instantes, personas… una casa frente al mar de paredes encaladas y ventanas abiertas de par en par, un silencio, un café, mis bailes, una huerta, mi gato, abrazar a mis hijos, un viaje con retorno, perderme allí, un buen libro, cien besos y mejor compañía. Aspiro al AMOR.

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