Fernández Albor: el gallego que quiso sanar la política

La historia de Galicia no se entiende sin sus médicos. Entre recetas y diagnósticos, algunos acabaron interpretando también los males de la política. Gerardo Fernández Albor fue uno de ellos; un galeno que, en la Compostela de la posguerra, no solo auscultó cuerpos enfermos, sino que también acabó escuchando el pulso de una sociedad que empezaba a reclamar autonomía.

La medicina, sin duda, sirvió para modelar el estilo de uno de los gallegos más ilustres. Su forma de gobernar, igual que quien escucha a un paciente: con calma, con la voluntad de diagnóstico, con la certeza de que las dolencias profundas no se curan de un día para otro… Pero la política rara vez concede ese margen, a diferencia de la medicina, ya que exige rapidez, alianzas, toma de decisiones que dividen… Albor lo descubrió demasiado tarde, en un escenario en el que las luchas internas del centroderecha gallego terminaron por desalojarlo.

En su mandato se percibe la doble lectura que acompaña a todo pionero: por un lado, el mérito indiscutible de ser el primero; quien estrena camino, abre la veda, deja huella y asume la incertidumbre de lo novedoso. Por el otro, la evidencia de sus límites: un presidente más contemplativo que audaz, que pilotó la Xunta con más prudencia que ambición. Sin duda, Galicia le debe haber puesto rostro al inicio de la autonomía, a pesar de no deberle transformaciones estructurales.

Fernández Albor no fue un líder de masas, tampoco un orador magnético, pero poseía una virtud que lo hacía destacar: en la serenidad, en el tono pausado, en la convicción de que la política podía hacerse mediante un ejercicio de cuidado colectivo… Pero esa misma virtud terminó convirtiéndose en un defecto, en un contexto repleto de turbulencias: la Galicia de los 80 necesitaba mano firme para articular su autogobierno… y Albor ofreció más escucha que dirección.

Su salida del poder resultó ser abrupta, a raíz de una moción de censura que evidenció su fragilidad política. No había tejido una red de apoyos sólida dentro del partido, pero tampoco fuera. Se marchó de la presidencia con la misma discreción con la que llegó, dejando tras de sí una Xunta en construcción y la sensación de que su mandato había sido más simbólico que efectivo.

En este año 2025 en el que estamos, recordar a Gerardo Fernández Albor es mirar hacia un tiempo en que Galicia aprendía a ser dueña de sí misma. Es cierto que no fue un cirujano brillante de la política, pero sí el primer médico que tuvo la osadía de adentrarse en el quirófano de la autonomía, y en esa misma gesta, más que en sus aciertos o errores, reside la importancia de su nombre en la historia gallega.

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