
Siempre me he preguntado: ¿cuál sería la guerra en la que me tocaría vivir? Ahora mismo lo sé: la de la estupidez humana en su máximo esplendor. Sin distinción de razas, credo ni sexo, la estupidez ataca por igual a hombres y mujeres, a niños y adultos… y, desgraciadamente, no hay vacuna para ello. Los que de verdad dominan el mundo lo saben bien y, por tanto, se aprovechan.
Esta verdadera lacra de gente carente de luces cuenta con uno de sus máximos exponentes en España, donde no ser inteligente y obedecer se lleva con orgullo patrio y, en caso de no hacerlo y pensar por ti mismo, terminan estigmatizándote, convirtiéndote en una especie de bicho raro y peligroso. Los que llevamos un tiempo en redes nos echamos las manos a la cabeza, no tanto por las leyes liberticidas y estúpidas, sino por la cantidad de gente que las acata sin protestar.
El rebaño se siente seguro en caso de que el perro vigile… e indolente ante un amo que, tarde o temprano, acabará sacrificándolo para alimentarse o simplemente por mero placer. Es como si el mundo aceptara de forma tácita que un grupo de depravados multimillonarios que se aburre jugase al juego de la muerte con nosotros. No, no son mentirosos; ellos nos advierten con antelación de sus maniobras: muertes, guerras, hambrunas, catástrofes naturales o no, pero nosotros no sabemos leer su advertencia porque estamos ocupados mirándonos el ombligo.
Los multimillonarios pertenecientes a las élites son los que crean y deshacen pandemias, vacunan sin ser vacunas y, cuando pasa el tiempo, se ríen de nosotros aceptando que lo hicieron porque no tenían nada mejor que hacer. Y la sociedad, en lugar de señalarlos, se dedica a acatar sus decisiones sin inmutarse, como si con ellos no fuera la cosa. Somos ratas de laboratorio para seres que se creen superiores.
Podría haber habido un resquicio para la esperanza, pero ya no; hemos ido demasiado lejos, traspasando líneas rojas una detrás de otra que solo conducen al abismo. Y aunque haya cientos, miles, advirtiendo del peligro, la masa cerril ha interiorizado que obedecer es mejor que pensar, que callar es mejor que rebelarse, y así la complacencia se vuelve estulticia, dejando al paciente en un coma inducido. Ya estamos en un “sálvese quien pueda o sepa”; no hay retorno. Podemos parar y luchar o unirnos al colectivo suicida mientras cantamos eso de: “No tendrás nada y serás feliz”.






Muchas gente no conoce este tema