España

Felipe VI: neutralidad y cobardía a partes iguales

Últimamente estamos hablando mucho del rey de España y no muy bien. Después de la detención de Maduro y saber que hay decenas de presos políticos, entre ellos, al menos, 14 españoles, nos sorprendía Su Sanchidad con un discurso donde hablaba de “personas retenidas”. Como si volviesen de las vacaciones de Navidad y tuviesen que sufrir un atasco en la A-6 al entrar en Madrid. Fue muy criticado, sobre todo por las derechas de nuestro país.

La sorpresa vino al día siguiente, cuando el Rey de España dio un discurso prácticamente calcado al de nuestro presidente. Ahí las derechas ya no sabían qué decir, porque no se puede criticar a nuestro monarca, pero había dicho lo mismo que Pedro Sánchez… ¡Qué dilema! O se critica a ambos o a ninguno. La mayoría optó por criticar ambos discursos, pero recalcando que el Rey no es responsable de lo que dice. Una vez pasado esto, me vino a la cabeza el mensaje de Navidad del Jefe de Estado de nuestro país y quería compartir con vosotros lo que pensé en ese momento.

El discurso navideño de Felipe VI no es un mensaje: es una siesta parlante. Un anestésico premium para que el país no se mueva mientras todo se pudre con educación. Aparece el rey, se aclara la garganta, pone cara de “esto es muy serio” y suelta una ristra de palabras tan vacías que podrían alquilarse como trasteros: convivencia, diálogo, respeto, futuro. Mucho sustantivo noble y cero cojones. Es un ejercicio de cobardía elegante.

Felipe habla como quien pisa cristales con zapatillas de estar por casa: con cuidado extremo de no cortarse, aunque el suelo esté lleno de sangre. No señala culpables porque señalar incomoda; no exige responsabilidades porque exigir crea enemigos; no manda porque mandar obliga a responder. Neutralidad tan extrema que ya no es neutralidad: es irrelevancia con corona.

El rey se nos presenta como garante de algo que no garantiza nada. Defiende la Constitución como quien enseña un jarrón antiguo: “mirad qué bonito, no lo toquéis”. Mientras la usan de felpudo, él la menciona con voz de sacristía. Ni un nombre propio, ni una advertencia clara, ni un golpe en la mesa. Solo frases pensadas para que nadie se dé por aludido… y todos sigan haciendo lo mismo al día siguiente.

Y ya que el monarca ostenta el pomposo título de jefe supremo de los Ejércitos de España, conviene preguntar para qué sirve exactamente cuando el país se ahoga de verdad. Porque cuando Valencia quedó sepultada bajo el agua, el barro y la incompetencia, el comandante en jefe no comandó absolutamente nada. Ni una orden clara, ni un despliegue inmediato, ni una aparición que no fuera protocolaria y tardía.

El Ejército, que para desfiles y medallas siempre está disponible, llegó tarde y mal mientras el rey observaba desde la distancia, muy digno, muy prudente y muy inútil. Mucho galón, mucho sable simbólico y mucha foto institucional, pero cuando tocaba mandar botas al barro y músculo al terreno, el jefe de todos los ejércitos se esfumó como un cargo decorativo. Rey en el uniforme, figurante en la emergencia.

Felipe VI habla de ejemplaridad desde una institución que sigue oliendo a escándalo rancio, a moqueta vieja y a elefante en la habitación. Pide confianza con la solemnidad de quien jamás ha tenido que ganársela. Y lo hace desde un palacio, con calefacción central y sueldo vitalicio, explicándole a un país ahogado que “hay que esforzarse”. Es como si un bombero pirómano te diera una charla sobre prevención de incendios mientras enciende otro cigarro.

El discurso es tan genérico que podría emitirlo una máquina de frases institucionales. Le metes tres palabras clave, una pausa larga y una mirada al infinito, y listo. No es un rey hablando al pueblo: es un manual de instrucciones para no molestar. Todo envuelto en una solemnidad tan artificial que parece una parodia… pero sin gracia. Y no, no es prudencia. Es miedo. Miedo a incomodar a los poderosos, miedo a quedar retratado, miedo a que la máscara de árbitro se caiga y se vea que debajo solo hay un gestor de silencios. Felipe VI no lidera: administra el mutismo. Está para que nada estalle demasiado fuerte, no para evitar que explote.

Mientras el país se parte en bandos, se empobrece, se cabrea y desconfía, el rey reparte sermones de parvulario: “portaros bien”, “hablad entre vosotros”, “sed buenos”. Como si España fuera una clase de primaria y él el profesor blandito al que nadie respeta. El resultado es el mismo cada año: aplauso tibio, bostezo general y olvido inmediato. Al final, el discurso navideño no sirve para unir, ni para advertir, ni para liderar. Sirve para una sola cosa: recordarnos que la Corona prefiere quedar bien antes que ser útil. Que cuando el país necesita una voz firme, recibe un susurro educado. Y que cuando la historia pide carácter, se le responde con dicción perfecta y manos cruzadas.

Felipe VI no pasará a la historia por lo que dijo, sino por todo lo que no se atrevió a decir. El rey del “sin molestar”, del “no es el momento”, del “yo solo pasaba por aquí”. Mucha corona, mucho atril y muy poca sangre. Porque cuando se apaga la chimenea y se guardan las banderas, queda una verdad incómoda y persistente: España no tiene un rey que lidere cuando truena, sino uno que recita cuando conviene, posa cuando toca y desaparece exactamente cuando hace falta mandar.

Ver comentarios

Entradas recientes

Casi todos somos víctimas y casi todos Adamuz

Como cordobés con trabajo en Madrid, llevo meses circulando en tren por las vías de…

8 horas hace

Julio Iglesias y su abismo del placer

Julio José Iglesias de la Cueva nunca fue un hombre común entre el resto de…

15 horas hace

Mercosur: fotos y brindis en Bruselas, ruina y barro para el campo

El acuerdo con Mercosur es una obra maestra del cinismo moderno. Un tratado tan elegante…

2 días hace

El espíritu de Adamuz

En España hemos empezado 2026 de una forma trágica: el luctuoso suceso ferroviario en Adamuz…

3 días hace

Reseñas falsas y bots: el acoso ideológico de la izquierda radical

Lo que estamos viendo últimamente por tierras gallegas con el BNG y la ultraizquierda en…

4 días hace

Cataluña, privilegios y financiación: cuando la igualdad es la excepción

Hay una forma muy sutil de romper la igualdad sin hacer ruido. No hace falta…

5 días hace