Lo reconozco, no soy para nada el tipo de persona que busque la confrontación. Tampoco de los que les guste ver el mundo arder, sino todo lo contrario: soy un pacificador; una persona que antepone el debate y la palabra por encima de cualquier bala y de cualquier cañón. No parece ser este el objetivo de los líderes mundiales, tampoco de los oligarcas ni de los países que gobiernan en este mundo. Porque no, dadas las circunstancias, no somos dueños de nuestro país ni tampoco de nuestro futuro.

Estamos a manos de gente tan vil y malvada que no tendrán nunca conciencia, reparo ni orgullo en usarnos como peones de ajedrez para estar en el frente, luchando contra otro enemigo que, al igual que nosotros, tampoco osa luchar. Y, sin embargo, mandamos a morir en el frente a gente inocente que nunca empuñaría un arma ni lanzaría una bomba.

Vivimos tiempos convulsos, en un momento de zozobra e incertidumbre. En un ocaso en donde no parece avistarse un horizonte: un futuro incierto, a la par que oscuro y dañino. Parece que nos vemos obligados a tomar una posición de beligerancia y de defensa propia ante lo que nos pueda suceder. Occidente ve cómo su sociedad se tambalea porque así lo decidieron aquellos oligarcas, los cuales cometen los peores crímenes que jamás un ser humano cometería, mientras estos mismos nos dicen qué tenemos que hacer, qué decir, qué pensar y qué hacer con otros países.

Por supuesto, hablo de Israel y de los Estados Unidos. Porque en su momento se decidió apoyarles en contra de la barbarie de Palestina, liderada por Hamás, pero ahora ya no solo no se les puede defender, sino que da la maldita sensación de que buscan más poder a costa de una sociedad que vive su peor momento en la historia de Occidente. Yo aquí sí que apoyo a los iraníes. Al igual que puedo apoyar a cualquiera de las poblaciones de cualquier país dañado por la fuerza militar. De acuerdo, el Ayatolá Jamenei no es un ejemplo a seguir. Usó su régimen para masacrar a su población, que protestaba por sus derechos. Misma población que sufre las consecuencias de fuerzas invasoras como las de Israel y EEUU.

Si bien podemos estar de acuerdo con la administración Trump, lo cierto es que su ataque a Irán no responde a sus intereses, sino a los intereses de Israel, dejando una sensación de una absurda dependencia de Netanyahu. Perdonen mis palabras sobre Israel, pero lo cierto es que no les apoyo. No puedo apoyar a un país que, al igual que EEUU, usan un ejercito y unos misiles, para que les demos la razón, sobre conflictos, que no nos incumbe. Netanyahu me parece tan peligroso como vivir enfrentados por unas ideologías burdas, que lo único que han conseguido es dividirnos a todos.

A pesar de ser una sociedad completamente distinta, podríamos fijarnos en un país como Japón. Japón, cuando se rindió en la Segunda Guerra Mundial, devastada por la fuerza nuclear americana, cuando lanzaron dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945, los japoneses decidieron que lo mejor para su futuro es la desmilitarización, la hermetización de su sociedad y avanzar hacia el futuro, aceptando su pasado, consiguiendo ser un país pacifista e independiente del Orden Mundial. Es una utopía, lo sé. Pero piénsenlo. España, no es tan diferente. Podemos aceptar nuestro pasado, bien para muchos, mal para otros, pero unidos bajo un propósito. Y que al igual que Japón, también podemos convivir en un país moderno, aceptando nuestras costumbres y tradiciones. Sin la necesidad, de enemistarnos con otros países.

Quizás pueda ser este un delirio que salga de mi cabeza, pero si Japón lo consiguió, nosotros también. Aunque para ello debamos cambiar por completo y aceptar nuestros complejos, sentirnos orgullosos de ello, y avanzar hacia adelante, luchando para que ningún oligarca, mande sobre nosotros.

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