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La Fórmula 1 ya no es lo que era

Para quien no lo sepa, soy un gran amante de las carreras automovilísticas. Durante los fines de semana, mis planes se reducen a unas sesiones de entrenamientos libres los viernes, la clasificación durante los sábados y las carreras durante los domingos. Imaginaos, por un momento, que unos amigos me dicen de quedar el sábado o el domingo, y que coincide, además, con un Gran Premio. Es que, literalmente, rechazo cualquier atisbo de quedada con los colegas, porque mi prioridad son las carreras.

Me gusta analizar hasta las temperaturas de los neumáticos o los ritmos de carrera de cualquier piloto. Si hasta incluso me veo todas las retransmisiones a bordo de cada monoplaza, para ver cómo el piloto gestiona las curvas de un circuito, cada recta o cada frenada. Incluso cada adelantamiento. Así que, lo reconozco, soy un adicto a los coches, la velocidad, la gasolina, el sonido de los motores y de las carreras de cualquier competición automovilística que se precie. Pero, sobre todo, soy un gran aficionado a la Fórmula 1.

Yo era ese niño que decidió coger el mando de la televisión para zappear y pararse en un canal, con el fin de ver que lo que estaban emitiendo no era otra cosa que bólidos de colores en un circuito de Italia, y que, además, resultaban ser unos coches que tenían un sonido estremecedor. Y, por si fuera poco, en un coche de color azul y amarillo aparecía un piloto español que le plantaba cara al que, por entonces, era un siete veces campeón del mundo, alemán, y que pilotaba un coche de color rojo.

Más tarde terminaría sabiendo que el piloto español se llamaba Fernando Alonso, que pilotaba un Renault, mientras que el alemán, el kaiser, no era otro que Michael Schumacher, conductor de un Ferrari. ¡Un Renault contra un Ferrari, en un circuito de carreras! Y, desde entonces, acabé enganchándome a este deporte y me dediqué a seguirlo según iba creciendo.

Y, conforme ha ido pasando el tiempo, he logrado adquirir muchos conceptos, como, por ejemplo, parar en boxes para hacer un repostaje y cambiar neumáticos, adelantar por el exterior, cambiar la trazada de pilotaje para defender tu posición, entre miles de cosas más. Pero, claro, con los años, uno observa que la F1, al ser un escaparate de las nuevas tecnologías de la automoción y de cómo van cambiando el reglamento, tanto deportivo como técnico, para adaptarse a los cambios que el futuro iba presentando, fui viendo cómo la F1 ya no es lo que una vez fue.

Para poneros en contexto, tenemos que situarnos en el año 2014. La Fórmula 1 estaba en su mejor momento. Desde 2009 hasta 2013, la F1 logró escalar el colofón en cuanto a espectáculo, entretenimiento y deporte. La F1 se emitía en abierto para toda España, dando el cambio a Antena 3 en 2012, dejando unas audiencias récord, más teniendo en cuenta que dicha temporada, la de 2012, fue la mejor de la historia reciente, y, para más inri, con un Fernando Alonso en pleno estado de forma compitiendo por el campeonato del mundo. Todo esto terminó en 2014.

La Fórmula 1 quiso ir más allá, y la Federación Internacional del Automovilismo —FIA— ideó un reglamento de motores totalmente distinto a lo que nos tenían acostumbrados. La F1 cambió para siempre, dejando los motores atmosféricos V8 de 7 marchas por unos motores híbridos, con dos tipos de motores eléctricos para recargar baterías, y bajando la cilindrada de V8 a V6 con turbo de 8 marchas. Aquellos sonidos de esos motores que dejaban sordos a más de uno acabarían convirtiéndose en sonidos mucho más apagados y menos estridentes.

A partir de ahí, todo lo que conocíamos sobre la F1 cambió radicalmente. Los pilotos ya no se dedicaban a pisar el acelerador a fondo, ni tampoco podían arriesgar en una frenada como hacían en el pasado. Desde ese instante, los pilotos debían gestionar la carga de la batería durante la carrera, gestionar también la gasolina y hasta la temperatura de los frenos. Y lo que es peor: dando un portazo a las luchas cuerpo a cuerpo como en antaño. Si tienes que adelantar, que sea por tener más batería y por tener mejores neumáticos; si no, no adelantas, por muy buen piloto que seas.

Es cierto que la F1, en su búsqueda de la perfección y la adaptación a las nuevas tecnologías, ha ido amoldando dicha normativa implantada desde 2014, pero nada ha logrado mejorarlo. Doce años después, vuelve a haber un nuevo reglamento de motores, pero mucho más exagerado que el anterior. Ahora, el motor de recarga de energía es solo uno, pero más grande, y los motores V6 son más pequeños y con menos potencia. De hecho, si antes tenías que gestionar muchas cosas en carrera, ahora tienes que gestionar el nivel de la batería, hasta el punto de ver cómo los bólidos, en medio de una recta, se van frenando paulatinamente, aunque los pilotos vayan a fondo, lo cual deja una sensación nefasta.

Y yo, como aficionado que soy, creo que la Fórmula 1 tiene un grave problema, y no es otro que la electrificación de sus motores. De acuerdo, la F1 siempre tiene que mirar hacia el futuro y apostar por la mejor tecnología. Pero, para los mandatarios de este deporte, se les ha olvidado que la F1 es por los pilotos y por los aficionados: pilotos que quieren pilotar y competir, no gestionar; pilotos que quieren correr y ganar, no pasarse toda la carrera gestionando una batería.

La Fórmula 1 debe volver a ser la Fórmula 1. Debe volver a aquellos motores que le devuelven al piloto la sensación de riesgo, de velocidad, de heroicidad en cada carrera, de competición. Y, para ello, es necesario abandonar la electrificación, las baterías y los motores híbridos. Al fin y al cabo, la F1 es un campeonato mundial de coches y de pilotos, no de normativas absurdas. Aun con todo esto, seguiré viendo este deporte, porque, para un aficionado empedernido de las carreras, todo lo que sea ver coches dando vueltas a un circuito es algo que no se compara con nada en el mundo.

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Publicado por
Joaquín Caballero

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