Por: una ciudadana con el depósito en reserva y el alma en vilo. Es fascinante vivir en esta España de 2026. Si hace diez años nos dicen que pagaríamos el diésel a precio de perfume francés, habríamos quemado las calles. Pero no, aquí estamos, entregando el sueldo en la ventanilla de la gasolinera, con la misma resignación con la que un pagano se sacrificaba ante un volcán. Todo sea por la «resiliencia», esa palabra que nuestro amado Gobierno usa para decirnos: «Te vamos a desplumar, pero hazlo con una sonrisa sostenible».
Lo de la comparativa del barril de crudo es de cuarto de primaria, pero nuestro Ejecutivo debe de haber validado el título en una tómbola. Resulta que, cuando el barril estaba a 100 dólares hace años, la gasolina costaba 1,20 €. Ahora, con el barril al mismo precio, rozamos los 2 euros. ¡Es el milagro de la multiplicación de los márgenes! Debe ser que ahora el petróleo lo transportan en unicornios alimentados con aguacates ecológicos, porque, si no, no se explica.
Nuestro Gobierno, ese faro de luz que nos guía hacia la pobreza energética, nos explica con cara de póker que la culpa es de Irán, del cambio climático o de que Mercurio está retrógrado. Cualquier cosa, menos admitir que se están frotando las manos con la recaudación del IVA. Es curioso: cuanto más pobres somos nosotros, más rico es el Estado. Es una relación tóxica de manual, pero con banderas y ruedas de prensa los martes.
Mención especial merece el nuevo impuesto al CO2 (el famoso ETS2). Esa genialidad europea que nuestro Gobierno ha abrazado con el entusiasmo de un niño con zapatos nuevos. «Es por tu bien, para que dejes de usar ese coche diésel de 2012, que huele a libertad, y te compres un Tesla de 60.000 euros con el dinero que no tienes». Es una lógica impecable: si no puedes pagar el combustible, no contaminas. Plan sin fisuras.
Cuando el crudo baja un 5 %, el precio en el surtidor baja un 0,001 % tres meses después. Pero, si un jeque estornuda en el Golfo Pérsico, el litro sube 10 céntimos antes de que el estornudo llegue a TikTok. Y el Gobierno, mientras tanto, mira hacia otro lado mientras prepara el próximo decreto para prohibir que respiremos demasiado fuerte, no vaya a ser que emitamos partículas nocivas.
En definitiva, gracias, queridos líderes. Gracias por convertir el hecho de ir a ver a la abuela al pueblo en una expedición financiera digna de una ronda de financiación en Silicon Valley. Gracias por hacernos sentir que, cada vez que, manguera en mano, vemos subir los números del contador más rápido que los latidos de nuestro corazón, estamos salvando el planeta. Eso sí, la próxima vez que nos quieran atracar, por favor, que no nos llamen «progresistas». Llámennos «donantes involuntarios de órganos financieros». Duele lo mismo, pero, al menos, es más honesto.
Y qué decir de esa condescendencia institucional con la que nos miran desde sus coches oficiales —esos que, por supuesto, no pagan el diésel de su bolsillo—. Nos dicen que la solución es el transporte público, como si todos viviéramos a dos paradas de metro de nuestro puesto de trabajo y no tuviéramos la manía persecutoria de querer llegar a casa antes de que nuestros hijos se afeiten.
Es una estrategia brillante: asfixiar al currante hasta que el coche sea un artículo de lujo, un símbolo de estatus reservado para la casta que nos dicta los sacrificios desde despachos con el aire acondicionado a 19 grados. Según su lógica verde, si no puedes pagar 100 pavos de depósito, es que eres un negacionista del progreso. No es que seas pobre, es que no tienes «conciencia climática».
En fin, seguiremos viendo cómo las petroleras baten récords de beneficios, mientras el Gobierno nos da palmaditas en la espalda y nos recuerda que somos «líderes en crecimiento». Un crecimiento que, casualmente, solo se refleja en la curva de nuestra tensión arterial cada vez que pasamos por una Repsol o una Cepsa.
Pero no se preocupen, que mañana sacarán una nueva campaña publicitaria de 20 millones de euros para explicarnos que el precio de la gasolina es, en realidad, una herramienta de cohesión social. Porque, en esta España de 2026, lo importante no es llegar a fin de mes, sino saber que, mientras te despluman, lo hacen con una perspectiva transversal, resiliente y, sobre todo, profundamente sostenible para las arcas del Estado. ¡A seguir remando, que el yate de la Moncloa no se llena solo de buenas intenciones!
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